viernes, 8 de marzo de 2013

Esto te va a doler


“Esto te va a doler,” dice él.

“Lo sé.” Ella se queda mirando a las dos pinzas para la ropa que él tiene en la mano.

“Es una rutina de dolor bastante habitual. Nada de lujo.”

“Todo muy bien para usted que lo dice.”

Él sonríe. “De todos modos, no negaré que el dolor es dolor, rutinario o no.”

“Como usted dice, me va a doler,” comenta ella.

“Sí. Pero, es necesario.”

“¿Necesario?” Pregunta ella.

“Bueno,” dice él. “Necesito hacerlo y tú necesitas haberlo sufrido.”

¿Alguna vez piensa usted que es raro hacer este tipo de cosa?”

“No, solo extraño. Francamente, perverso.”

Ella sonríe y dice: “Me gusta esto.  Es pervertido. Suena más importante de esta manera. Más dignificado.”

“¿Piensa usted así? Me parece una cosa pervertida.”

“Eso es porque usted tiene una mente pervertida,” dice ella.

“De cualquier manera,” – dice él – “sigo con la idea de hacerlo. Quítate el sujetador.”

“¿Me va hacer usted mucho daño?”

“Si usted me lo permite,” dice él. “Y espero que usted me lo permita.”

“No sé cómo puedo pararle,” dice ella, quitándose el sujetador. Sus pezones estaban rígidos por la aprehensión.

miércoles, 27 de febrero de 2013

Más sobre la vergüenza


He recibido algunos comentarios sobre mi anterior artículo, titulado “La vergüenza” que, creo, merece la pena volver al tema. En particular, dos puntos captaron el interés de mis lectores que parecen haber llegado al tema desde dos direcciones diametralmente opuestas. Por un parte, yo (o quizás, debería decir “él”, el personaje de la historia) era castigado casualmente al ofrecer una mujer sumisa a otro hombre, de tal manera que parecía desconsiderado, incluso sin corazón (estoy parafraseando, pues creo que este era el peso de la carga). Por otra parte, se agrava la ofensa por su disposición a entregarla a un hombre que, incluso no era un miembro integrado plenamente en el estilo de vida de la D/s y, por lo tanto, alguien que no la trataría con el respeto que ella se merece.

Pero, otro lectora reconocía que nada de esto tenía que ver con la vergüenza. Ella (supongo que es ella) afirmaba que la vergüenza es una emoción negativa que resulta del acto que comete una persona sabiendo que es indigno de sí misma. Mientras que la mujer de mi historia, que está siendo usada como sumisa, quiere ser exactamente eso. Ella se está comportando justo como su dominante quiere. ¿Dónde está la vergüenza en esto?

Estoy intentando dejar claro en este escrito que la esencia de este pequeño episodio es la humillación que la mujer experimenta al ser tratada solo como un objeto o un juguete. Nadie le consulta sobre lo que ella quiere. Nadie le pregunta cómo se está sintiendo. Cuando ella aparece para protestar, es inmediatamente silenciada. Tiene claro que su dominante hará exactamente lo que a él le plazca y que la parte que le agrada a él, es demostrar a otro hombre, un hombre con el que ella no tiene ninguna implicación emocional, de que puede disponer de ella como le plazca. Y que esto, puede involucrar el tener que ser penetrada por el culo por este otro hombre, un acto que para este hombre no será una experiencia profunda o significativa pero, sí, algo casualmente disfrutado. Una emoción barata, si lo desea.

Puedo comprender por qué algunos lectores encuentran esto impactante. Lo que hace diferente la explotación de un ser humano por otra persona, es que el intercambio de poder permite todo tipo de actos abusivos ante los ojos de la gente vainilla, de hecho, se basa en el mutuo respeto, incluso con amor. Entonces, ¿cómo se puede tratar a alguien, al parecer, de una manera, tan irrespetuosa, entregándolo a otro sin pensarlo dos veces?

Sin embargo, yo no hubiera escrito ese artículo de la manera que lo hice, a menos que,  hubiera sabido por un hecho real de que algunas mujeres son positivamente, incluso violentamente, excitadas por el tipo de tema que estaba intentando describir. Su sumisión, a veces, las lleva a desear la humillación, para ser tratadas como suciedad, si le gusta, si eso es lo que le da placer a su dominante. Ellas no quieren ser respetadas. Por supuesto que, realmente, al final, les gustan pero no al margen de la angustia de sus más oscuras fantasías. Ellas quieren ser tratadas como putas poco comunes, cuyos propios deseos no son tenidos en cuenta para nada. Ser entregada a un hombre que no comprende la naturaleza de su sumisión hace que la experiencia sea aún más humillante para ellas, porque no pueden auto consolarse ellas mismas con el pensamiento de que el otro hombre que las está follando respeta sus razones por ser usadas de esta manera. En cuanto concierne a Juan, ella puede ser solamente una pequeña vagabunda barata. Al menos, existe una posibilidad real de que es lo que ella piensa, y esto es, por lo tanto, doblemente humillante.

Aquí, se está jugando peligrosamente. Sé por propia experiencia que la mujer camina por el filo de un cuchillo con sus fantasías más profundas, entre la participación de una manera realmente emocionante y, a la vez, sintiendo, en algún momento, que ella es de una moralidad barata y vagabunda poco convencional. El dominante necesita trabajar duro para reforzar los sentimientos positivos de ella sobre esta experiencia. Pero, si funciona, ello puede ser sumamente excitante, tanto para el dominante y como para su sumisa.

Pero, lo que el lector se pregunta es ¿por qué ella debe sentir vergüenza de todo esto? ¿No es justo divertirse haciendo lo que el dominante quiere hacer? ¿Por qué ella debe avergonzarse de esto? Creo que esto es, más bien, perder de vista el norte. Mi creencia es que, por muy profundamente que una mujer esté en el estilo de vida de la D/s, por mucho que ella ame a su dominante para hacer con ella como a él le plazca, - ella nunca puede despojarse de la sensación de ser usada como una puta poco común -, es algo bastante humillante y, realmente, lo quiere y al ser consciente de que él sabe que ella lo quiere, es más humillante todavía. Si esto fuera así, no sería tan excitante. Si está a disposición de todo y cada uno está desprovisto de culpa y vergüenza, la mujer no conseguirá que la sacudida del deseo sexual provenga de tener todas las opciones y la dignidad despojada. Cuando entrego una mujer a otro hombre, quiero que ella se sienta humillada, usada e incluso abusada y sé que esto es lo que ella anhela. Estas son las palabras que las mujeres han empleado cuando me hablan de tales cosas. Yo no he puesto las palabras en sus bocas.

domingo, 24 de febrero de 2013

Amordazada


Él está sentado en un sillón. Ella permanece de pie ante él, llevando una camiseta blanca usada por donde destacan sus pezones grandes y duros, desnuda por debajo de la cintura.

“Voy a ponerte sobre mis rodillas,” dice él. “Lo necesitas.”

“Sí, señor,” contesta ella. Es verdad. Ella ha estado últimamente de mal humor, discutiendo con él por asuntos triviales. Ha habido un poco de malas caras, aunque siempre a espaldas de él e, incluso, metafóricamente, algún pataleo por parte de ella.

“Necesitas un buen y sonoro azote con la mano.”

Sí, ella necesita sentir la presión de su peso bajo su regazo, su culo, desnudo y tenso, el hormigueo en su piel. Ella necesita sentir la mano de él sobre trasero, “educándola.”

Y entonces, dice a ella: “Cuando te  haya calentado, voy a azotarte fuerte, muy fuerte. Primero con la palmeta de madera y luego, con la caña. Voy a dejarte mi marca.”

En el ambiente, existe esa mezcla familiar de la emoción, el miedo y el deseo. Va a ser malo. Pero, su coño se cerrará y apretará con fuerza.

Antes de empezar, él la dice: “Tráeme el paquete que viste en el cajón superior del aparador.  

Ella va hacia el cajón del aparador. Dentro hay una caja. Está todavía en su envoltorio de celofán. Vuelve y se lo entrega.

“No tenemos que hacer mucho ruido,” dice él, mientras desenvuelve el paquete, “voy a tener que amordazarte.”

Las mordazas siempre tienen el mismo efecto. Es como, con el poder de la palabra quitada, todas las partes activas de su carácter se eliminaran también. Ella está totalmente pasiva, parece despersonalizada. Y, profundamente sumisa. Ella tiene ya la mordaza en su boca, algo así como una bola redonda de goma roja que llena su boca y está  abrochada por detrás de su cabeza. En otros momentos, él también lo intentó con una mordaza similar a las que se les ponen a los caballos, atada a una especie de herradura. “El único problema con una mordaza,” dijo él, “es que no puedes chupar mi polla mientras la tienes puesta.” Actualmente, pensaba ella, se puede con más o menos maña. Ella ha visto esos aparatos de metal que usan los dentistas para mantener la boca abierta. Pero, no le impediría hablar, gritar o gemir de la forma que se consigue con una mordaza.

“La mejor mordaza de todas es una enorme polla dura,” dijo él una vez. Esto es innegable. Pero esto no es lo que está en la caja, pensó ella.

O, ¿es? Él abre la caja y aparece un artilugio como una máscara por la parte más baja de su cara. En el interior de la máscara  hay un grueso dildo de goma negra en cuclillas con la forma de un pene. La máscara tiene una correa a cada lado.

“Arrodíllate,” le dice a ella.

Él presiona el consolador en su boca. Lo siente enorme. Abrocha las hebillas por detrás de su cabeza. En todos los sentidos, ella está muda e inclina su cabeza.

“Ahora, sobre mis rodillas,” dice él.

Él la empuja hacia abajo. Se toma su tiempo para prepararla, con una mano acariciando su nuca mientras murmura palabras de ánimo, la otra mano, acariciando su trasero, amasándolo, acariciándolo. Ella flotando en alguna parte del espacio.

Sin avisar, le azota la nalga derecha de su culo. Ella gime por detrás de la mordaza y se retuerce un poco. Él la coge por los pelos para ponerla en su sitio y su mano baja con dureza contra su otra nalga. ¿Cómo es este Amo que siempre se las ingenia para que los azotes sean más difíciles de lo que ella espera? Tal vez, piensa ella, es porque recuerda lo bien que le sientan cuando se termina, no lo mucho que duele al principio. Él establece un ritmo lento, izquierda, derecha, izquierda, derecha. Su culo está picando. Ella está gimiendo un poco, al menos, ella piensa que es ella, pero no grita mucho. Su culo empieza a brillar. Ella no tiene ni idea de cuánto tiempo ha pasado, ni cuantos azotes ha recibido cuando él se detiene, acariciando ahora su ardor trasero con una mano porque seguramente le está picando muchísimo.

“Ahora que he conseguido calentarte, voy a ir en serio,” dice él. “¿Estás preparada para ello?”

Cualquiera que sea el ruido que ella haga con su boca amordazada, no es inteligible.

“Voy a tener que considerarlo como un sí,” le dice a ella. 

miércoles, 20 de febrero de 2013

Usted no puede castigar físicamente a una masoquista, ¿verdad?


“No, yo no he hecho nada malo porque, realmente, soy buena…sobre todo…” (Es probable que él no estuviera de acuerdo), le decía ella.

Él usa el castigo en su relación con ella y no se confunde ni lo solapa con los azotes ni con el castigo de la sesión. Si ha de ser castigada, eso significa que le ha desobedecido o desagradado de tal manera que ella no podría haberlo hecho mejor. No le gusta ser castigada y este es su problema…no es algo que ella quiera o que se porte mal o adrede para conseguirlo.

Ella no suele ser castigada muy a menudo y, ciertamente,  no tanto como antes, porque le gusta hacer tal como él la dice. A ella, le gusta complacerle, pero su boca incontrolada hace que se meta en problemas. Tiene la perniciosa costumbre de no pensar antes lo que habla y suele ser poco respetuosa. Lo cual hace que, definitivamente, se gane más castigos, bien porque sea muy gruñona o porque algo no ha ido como a ella le gustaría.

Ella recuerda que el primer castigo físico que recibió, fue uno que no olvidará jamás. Su Amo le dijo que serían unos pocos azotes con la fusta y que no debería preocuparse mucho y, menos, cuando le anticipó que solo serían seis.

“En serio, serán como unas palmaditas cariñosas dadas por mí sobre tu culo…” le dijo.

La fusta era el implemento de castigo preferido por ella y luchaba contra algunos inconvenientes, como el no podía recibir unos azotes muy largos y fuertes con ella. Por lo cual, posiblemente, no tendría que preocuparse mucho. Incluso, ella era un poco arrogante al respecto.

La diferencia fue inmediata y notable antes de que, incluso, hubiera levantado la fusta. Para empezar, el comportamiento de él – ella fue la primera en decir que podría ser cruel y duro – ni siquiera estaba decidido ni tampoco, centrado. Desde luego, no estaba juguetón, pero tampoco estaba, como ella solía decir, con un talante sádico.

Entonces, presintió que esto iba a ser algo diferente, el pánico se apoderó de ella cuando, después de atarla a las patas de la mesa, fue derecho a por la fusta. Siempre, antes de azotarla, siempre le había dado un calentamiento previo, tanto si era con la mano, la paleta, el cinturón o la fusta. Siempre se aseguraba de que ella su trasero lo suficientemente caliente para azotarla muy fuerte con la fusta. Los azotes los iba construyendo siempre gradualmente, aumentando la dureza poco a poco. Ella recuerda que le preguntó por el precalentamiento y le replicó:

“Esto es un castigo, no vas a recibir solo uno. Por lo tanto, deberás contar cada golpe.”

Y, como el primer azote llegaría con toda su fuerza…ella detestó contarlo  y la hizo besar la fusta antes de que empezara…esto era nuevo en él.

“¡Maldita sea! Sin sufrir ningún daño o dolor, todo sería un eufemismo,” pensaba ella.

Estaba muy segura de que no iba a sobrevivir a otros cinco golpes. Es más, ni siquiera estaba segura de cómo iba a tener aliento para gritar: “Uno…dos…”

Cuando los azotes hubieron terminados, le preguntó si ella quería más (una especie de petulancia por parte de él). Ella era consciente que lo comentaba con referencia a su anterior y arrogante actitud y al hecho de que en la mayoría de los azotes, por lo general,
cuando le gustaban y hacia una pausa más larga entre golpe y golpe, ella solía pedir algunos más. Ya que, a veces, cuando él se detenía, ella pedía algunos más. Esta vez, no, no estaba pidiendo ninguno más.

Ella reconoce que es una mujer masoquista. El dolor, en un ambiente controlado, la excita y le puede proporcionar una intensa gratificación sexual. Estos azotes con la fusta la excitaron pero, bajo ninguna circunstancia, eran agradables, a pesar de que su cuerpo respondía de una manera diferente. Todavía sigue temiendo a los azotes con la fusta sin precalentamiento para que el castigo sea eficaz para ella. Sin embargo, lo más importante era el aspecto mental. Él le trazó una línea muy clara entre el dolor como juego erótico y el dolor como castigo.

domingo, 17 de febrero de 2013

Diez minutos de ficción: La violación


Por motivos que no vienen al caso, me he llevado bastantes días sin escribir. Así que hoy domingo por la mañana, me despierto con las últimas cuatro líneas de una historia en mi cabeza. No sabía si debería levantarme para escribirlas o perderlas. Así que,  me he levantado a las siete y media de la mañana, encendí mi portátil y las escribí. Desayuné y luego me puse a escribir el resto de esta historia.

La violación se desarrolla en una serie de actos, como un drama muy conocido, cuyo final es predecible y, aun así, mantiene la atención con la repetición de cada nueva violación

En el primer acto, ella es abducida. Su realidad es eliminada y reemplazada por una de su propia invención. En este nuevo lugar, no hay nada más que comodidades, nada que no sea familiar. No hay seguridad.

En el segundo acto, ella es secuestrada. Las cuerdas, usadas para obligarla. Las esposas, para mantenerla como rehén. Ella está inclinada y conformada en una posición que le agrada, pero la aterroriza. Ella está abierta, con las piernas separadas, expuesta y vulnerable. Ella no tiene fuerza para resistir, se siente impotente. Él hará lo que quiera.

En el tercer acto, él comienza con sus placeres. La atormenta y se burla de ella. Le coloca el antifaz, robándole su visión. No puede predecir donde el látigo puede caer, donde la cera puede gotear, donde el cuchillo puede cortar. La tensión de su cuerpo es como la cuerda tensa de un instrumento. Él juega con ella y esta grita y sus gritos son música para sus oídos.

En el cuarto acto, el uso de su cuerpo, penetrando sus agujeros y lamiendo y comiendo sus intimidades. Algunas veces, embistiéndole el mismo, otras veces, dedicándole su tiempo, él se deleita en su placer y, al final, en su dolor. Ahora, sus gritos ondulan, insaciables, hasta que logra su propia liberación. Este es siempre el punto culminante.

En el quinto y último acto, ella se siente libre, situada en su antigua realidad, una realidad que cambió para siempre.

El diálogo de esta obra es mínimo. Órdenes simples y duras. Sin embargo, incrustadas en un hilo común que teje su camino a través de los actos. Solo dos palabras, que ella repite una y otra vez. A veces, quejándose, otras gritando. Las palabras son: “Por favor.”

El resto del mundo escucha esto y piensa que es un motivo para la misericordia, un deseo de libertad, un escape del tormento.

Él las oye y sabe lo que, realmente, son y significan, una solicitud de permiso, un oscuro deseo de más.

El resto del mundo le llama violador, sádico y cosas peores.

Ella, simplemente, le llama, “Señor.”

sábado, 16 de febrero de 2013

Taponada


Cuando ella sale del cuarto de baño, él está sentado en un sillón. En la mesa que está a al lado de él, hay un plug grande y negro y un tubo de lubricante. Ella siente una prisa repentina por volver al cuarto de baño y cerrar la puerta.

“Ven aquí,” le dice.

Cuando él habla en ese tono, sus piernas se vuelven gelatina. El vuelo se hace imposible. Ella se dirige tambaleándose hacia él, temblándole las rodillas.

“Bájate las bragas,” le ordena. Es otra de esas órdenes, dichas con un tono de total autoridad, que ella encuentra totalmente convincente. Es como si ella estuviese hipnotizada o drogada.  Se levanta la falda y se baja las bragas saliendo de ellas lo más elegantemente que puede. No sabiendo lo que hacer con ellas, las mantiene fuera. Él las coge y las huele delicadamente. Por nada del mundo, le gusta que él haga eso. Luego, él se las guarda en el bolsillo.

“Ahora, ponte sobre mis rodillas,” le ordena a ella.

Ella se pone boca abajo sobre su regazo, sus pies tocando justamente el suelo, sus manos agarrándose a las patas de la silla para apoyarse. Él levanta la falda para exponer su culo, que frota durante un momento.  Su turbación interior, la hirviente masa de humillación, el miedo y la excitación se suavizan con el tacto de su mano. Luego, ella escucha el leve ruido del lubricante que se lo echa sobre su dedo. Con su mano libre, él separa las nalgas de su trasero. Ella está muy contenta porque su rostro no está a la vista de él y no puede ver el rubor de su cara. Siente la frialdad del lubricante en su pequeño y apretado agujero. Le introduce su dedo, luego lo saca y pone más lubricante. Gradualmente, su culo se mancha y se pone más resbaladizo y, a pesar de su vergüenza, ella puede sentir ahora que está siendo dilatado.

Ella siente el plug presionando suavemente contra su ano. Lo contrae en el sentido de la presión, tal como él le ha enseñado. Pero, ella sabe que es un ajuste muy apretado. Piensa que es una cosa enorme y su esfínter es muy estrecho y pequeño. “Por favor, tenga cuidado,” le insinúa ella.

Muy despacio, él introduce el plug dentro de ella, dilatando su ano, el dolor es casi insoportable. Ciertamente, ella piensa que no puede más. Entonces, de pronto, se desliza hasta el fondo y ella se siente llena, casi a rebosar, le parece. Ahora que está taponada por completo, la sensación es muy buena. Estar abierta, ser lo que él quiere que ella sea, consciente de su culo taponado para él, justo de la manera que él quiere y desea. Ella hará cualquier cosa por él.

“Ahora, quiero que gatees por la habitación, parándote de vez en cuando para mover tu culo taponado ante mí,” le dice.

“Oh, Dios, cualquier cosa menos eso,” piensa ella en su interior. Pero, ¿qué opción tiene ella ahora? Obedientemente, ella se pone en marcha para gatear, sintiendo los ojos de él sobre su culo, su culo penetrado y su culo taponado.

viernes, 1 de febrero de 2013

La vergüenza


Una de las cosas que me encanta de la D/s, es observar los impulsos contradictorios en la mente de la sumisa. Nada me da más placer que presionarla contra los límites de lo que ella piensa que hará, mientras que avivo su deseo, persuadiéndola de que lo impensable no está, después de todo, tan lejos de esa posibilidad. Me gusta conocer que ella quiere salir corriendo y esconderse y, sin embargo, es incapaz de resistir.

Sin embargo, las mujeres sumisas altamente sexuadas, con frecuencia, suelen ser muy tímidas. Un límite importante para muchas de ellas es la presencia de un tercero. Las cosas que pudieran permitirse en privado, son casi imposibles si un hombre está presente. Y, sin embargo, tapadas bajo la timidez y la vergüenza, existe a menudo una pequeña puta que alardea de sí misma si se le ordena que lo haga, si ella siente que la autoridad del dominante es lo suficientemente fuerte y si él puede despertarle su deseo de complacer. He tratado de trabajar sobre esto en los siguientes escenarios.

Él la desnuda y la inclina sobre el apoya brazos del sofá.

“No te atrevas a moverte, a menos que yo te lo diga,” dice él. “¿Comprendes?”

“Sí, señor.”

Ella se pregunta qué es lo que va a ser esta vez. ¿Dolor, placer o humillación? O ¿las tres cosas?

Él separa las nalgas de su trasero, luego la lubrica y, con cuidado, inserta su plug. Ella se siente dilatada, abierta y bastante llena. Él la deja en esa posición y se va a la habitación contigua. Le oye hablando por teléfono, pero no puede entender lo que habla. El tiempo pasa. A ella le gustaría poner la mano entre sus piernas para sentir lo húmeda que está. Pero, no se atreve a arriesgarse.

Él vuelve a la habitación. “Juan va a venir a tomarse una copa rápida con nosotros,” dice.

¿Qué?” pregunta ella. “No.”

“¿He dicho que podías hablar?”

Ella se calla.

“Recuerda, no te muevas.”

Ella está al borde de un ataque de pánico. Juan no solo sabe qué clase de relación existe entre ellos, sino que también la han discutido con él una o dos veces, pero,  nunca los vió en acción. “Yo no estoy preparada para esto, piensa ella.” Pero, sabe que su protesta caería en oídos sordos.

Suena el timbre de la puerta. Él va a abrirla. Ella piensa en subir corriendo al dormitorio y cerrar la puerta con llave. Pero, no se atreve. Él vuelve a la habitación con Juan. Ella tiene su cabeza enterrada entre los cojines, se está ruborizando de vergüenza. Dos hombres hablando de temas intrascendentes, sentados en el otro lado de la habitación. Ella está siendo aparentemente ignorada. “Esto me conviene,” piensa ella.

Ella oye como escancian las bebidas. La conversación fluye. Luego, hay una pausa.

“Ven y echa un vistazo a la chica,” dice él.

Ella oye como los dos hombres se acercan.

“La estoy entrenando,” le dice a Juan. “Por el momento, tiene su culo bien apretado. Es muy agradable para mí, pero sería mejor para ella, si estuviera un poco más relajado. El problema es que el plug lo dilata, ¿cuánto tiempo dura el efecto? No estoy seguro si es permanente.”

Ella siente que él ha cogido el plug y lo gira despacio en el interior de su ano. Si a ella le hubieran preguntado, hace unas semanas, si hubiera podido soportar este tipo de objetificación, dos hombres discutiendo las dimensiones de su ano de esta forma, ella hubiera resoplado de incredulidad.

Poco a poco, él le saca el plug. Extraña lo mucho que ella lo echa de menos cuando lo ha sacado.

“Ya estás viendo cuánto ha sido dilatado,” dice él. “Introduce tu dedo y comprueba lo dilatada que está.”

Ella piensa, “¿puede una morirse de vergüenza?” Ella siente un dedo y, luego, lo que pudieran parecer dos o tres presionando en el interior de su ano.

“Sí,” dice Juan. “Ya lo veo.”

“Me consta que no estás en este mundo de la D/s,” dice él, “pero te gusta follarte a las mujeres por el culo, ¿verdad?”

“Por supuesto, “ Juan se ríe. “¿Quién no?”

“Tal vez, cuando yo haya acabado el entrenamiento, te dejaré que lo hagas y me podrás decir cómo está ella,” dice él.

“Eso me gustaría,” dice Juan, “pero me tengo que ir ahora.”

Le muestra a Juan la puerta. Ella permanece inclinada sobre el sofá mientras oye que vuelve. “¿Qué será lo próximo?” piensa ella. No puede ser tan malo como la última media hora. Y no puede negar que nunca ha estado más mojada que en estos momentos.

viernes, 25 de enero de 2013

Orgasmando


“¿Cuándo te corriste por última vez?”

Ella no esperaba esta pregunta. La tuvo que pensar. “Ayer por la mañana, mientras estábamos en la cama.”

Ella lo recuerda. Se ponen juntos. Ella sostiene su pene duro en una mano mientras que la otra la pone entre sus propias piernas. Después de que ella se hubo corrido, él la folló. A ella le encanta de esta manera. Se pone tan sensible después de orgasmar.

“Quiero que te corras de nuevo,” dice él.

“¿Ahora?”

“Sí.”

Como usted quiera, Señor,” dice ella. Esta no estaba pensando en esto, pero, ahora, al comentarlo, está teniendo su efecto.

“Quítate tus bragas,” dice él.

¿Cómo se las ingenia él hacerlo? ¿Cómo es tan fácil para él, ponerla en ese lugar donde ella se debate entre la humillación de estar expuesta (con el placer de la culpabilidad) y su deseo de agradarle?

Ella levanta su falda y, por debajo, tira de sus bragas hasta sus tobillos.

“Túmbate y levanta tu falda para que yo pueda ver,” le dice.

Ella es tan tímida y, sin embargo, sabe lo intenso que es su deseo de mirar, de verla de la manera tan íntima. Ella se sube la falda hasta la cintura.

“Ábrete,” dice él.

Poco a poco, ella separa sus muslos.

“Ahora, pon tus manos ahí y vamos a trabajar,” dice él.

Él empieza a hablarle, describiendo las cosas que quiere hacer. Algunas de estas cosas involucran a otros hombres. Ella está excitada, sin embargo, piensa que pudiera sentirse paralizada por el miedo si la obligara a hacer tales cosas.

“¿Quieres ver mi polla?, pregunta él.

“Sí,” contesta ella.

Él se baja la cremallera y la saca. Esta gruesa y desliza la piel de su prepucio hacia tras.

Ella se queda mirando al glande de color rosa púrpura. A ella le gustaría metérsela en su boca, pero está demasiado concentrada ahora en su sumisión, no puede tomar ninguna iniciativa, solo responder.

“Cuando te hayas corrido, voy a follarte,” le dice. “Pero no tan rápido y fuerte como ayer. Va a ser largo y despacio. Voy a tomarme mi tiempo y cuando eyacule, no va a ser a borbotones. Va a salir de mí hacia tí como un río.

“Oh, Dios,” dice ella, y se corre: “Ahhhhhh…”

domingo, 20 de enero de 2013

¿Muy sexualizadas?


Más de una vez, he oído decir que las mujeres sumisas tienen un deseo sexual muy alto. Mi propia experiencia no ha sido lo suficientemente amplia como para tener una muestra científicamente válida, (estoy intentando “conseguirla,” pero no hay que ser demasiado codicioso), pero hablando anecdóticamente, me gustaría confirmar la observación. Las mujeres que he conocido, todas han sido notablemente muy libidinosas. Al menos, me han parecido así. Y debo añadir que, muy gratamente, ha sido así.

Estoy interesado en saber por qué esto debe ser así. ¿Por qué las mujeres sumisas quieren más sexo en comparación con una mujer normal? ¿Es que las mujeres sumisas son más conscientes de su sexo, de modo que se permiten, de alguna manera, aprovechar la fuente del deseo? O, ¿es que muchas mujeres son altamente sexuadas por naturaleza y se encuentran a sí mismas canalizando su deseo en las fantasías de la sumisión?

Vamos a considerar esta última posibilidad. ¿Por qué se tiene que dar el caso de que muchas mujeres que tienen una gran necesidad de sexo buscan el someterse? No lo creo,  porque las mujeres en su conjunto son “naturalmente” sumisas, el sexo más débil que instintivamente reconoce la “superioridad” del hombre. Al menos, no me parece que haya sido así con las mujeres que he conocido, ninguna de las cuales, creo, compararía las nociones de la sumisión de la mujer, tal como se reflejan en el “mundo real.”

Ni tampoco creo que las mujeres altamente sexualizadas decidan convertirse en sumisa para atraer a los hombres de una manera fácil. Es verdad, que anunciar al sexo masculino que harás cualquier cosa que ellos quieran, captarían su atención. Pero, gran parte de ellos no será del tipo de que a cualquier chica le vaya a dar la bienvenida. Las mujeres ya saben qué clase de criaturas están al acecho en el banco de trabajo y, dudo, que ellas quieran animarles a que salgan a la luz del día. En cualquier caso, no me parece que puedas tomar una decisión consciente para convertirte en sumisa, simplemente como una estrategia, para potenciar tus perspectivas de citas. Es algo mucho más profundo que eso.

Mi conjetura es que para algunas mujeres, cuyas mentes se extravían con bastante frecuencia hacia temas sexuales, les vaya un poco como esto. En nuestra civilización, las niñas son educadas para desconfiar del sexo. No quiero decir que sea el caso de que necesariamente se las enseñe de que sea malo, aunque es evidente que algunas lo sean. Es algo que es bastante peligroso y puede muy fácilmente irse de las manos y, por lo tanto, hay que mantener un estricto control sobre los pensamientos y actos sexuales. Pero, estas chicas quieren muchísimo sexo, más de lo que la gente dice que deben. Los impulsos en sus cerebros (y más abajo) son, a menudo, deseos sucios y oscuros (por lo menos, el condicionamiento social les dice que ellas son así). Dudan en dar rienda suelta a sus impulsos y, sin embargo, los necesitan para disfrutar.

Si una mujer de este tipo puede encontrar a un dominante para someterla, la responsabilidad de controlar su sexualidad pasa a él. Ella no debe decidir más si debe hacer esta “perversidad” que secretamente tanto disfruta. El dominante no solamente debe darle permiso para entregarse a sí misma, sino que positivamente, también le ordena a realizar actos y a tomar parte en fantasías que ella ya habría reconocido previamente que le interesaban. Si una puede recuperar durante un momento, la parte psicológica y el superego de su personalidad, que normalmente controla y regula su conducta sexual, se transfiere fuera de ella y llega a formar parte de la persona del dominante. La identidad, que está en gran parte suprimida, puede ahora descontrolarse, si el dominante la sanciona, y lo hará, siempre y cuando se ajuste a sus propias necesidades. Todos los dominantes ansían una puta, ¿no desean  una puta a su entera disposición?

De acuerdo, sé que los libros de Freud son euros. Y no creo que esto sea toda la historia. Lo que no se tiene en cuenta es el hecho de que las mujeres sumisas tienen un intenso deseo de agradar. Mi descripción del mecanismo del deseo de sumisión hace que parezca como una gran egoísta, una estrategia diseñada para gratificar los propios deseos de la sumisa. Pero, un gran parte de su placer procede de complacer los deseos de él, en vez de los suyos. Pero, de alguna manera, ¿necesita ella todavía el “permiso” del hombre para someterse a él?

Por supuesto, que se puede argumentar a partir de falsos supuestos. Quizás, la proporción de mujeres altamente sexuadas sea más grande (o incluso mayor) en el mundo vainilla. Así es como mi vida se organiza, las que no lo son, son las que me encuentro.

domingo, 13 de enero de 2013

Mujeres casadas y con niños



El otro día, una mujer casada me hizo algunas preguntas sobre cómo la D/s podría expresarse en el día a día, dentro de su matrimonio, sin exponerse demasiado, sin transmitir, de una manera ostensible, su condición de sumisa, debido al hecho de que tiene hijos pequeños.

He aquí algunas de las sugerencias que le dije:

Esperar a tener permiso de tu Dominante para empezar a comer.

Permitir que tu marido te preceda para entrar o incluso abrirle la puerta.

Llevar una prenda de vestir simbólica o un accesorio, como una pulsera de cuero en tu muñeca, tobillo o cuello. También podrías considerar el llevar un pequeño plug.

No le llames por su nombre, sino más bien “marido” o “padre.”

Siempre camina a su derecha o izquierda, según le convenga.

Esperar a que Él se siente primero.

Siempre que sea posible (por ejemplo, en la sala de estar), siéntese en el suelo cerca de su pie, mejor que en una silla.

Nunca discutas con él en presencia de los niños.

Y como nota de advertencia, mantén siempre el cajón de los juguetes cerrado con llave. La última cosa que no necesitarías hacer es, intentar explicar a los niños por qué papá le pone a mamá las esposas y la azota hasta hacerla gritar.

sábado, 12 de enero de 2013

Ser su perfección


El otro día, una hermosa sumisa que conozco, me escribió. Me decía que ella estaba caminando por un estado de constante excitación y no sabía qué hacer al respecto. Decía que había hablado con su marido sobre su condición, pero que él no parecía demasiado dispuesto a pasar su tiempo involucrado por completo en el sexo.

¿Qué podía hacer ella para satisfacer su necesidad?

He aquí mi respuesta:

“Mi sugerencia es que, más que enfocar toda tu energía, incluyendo la energía sexual, sobre tus propias necesidades y excitaciones, enfócala en agradar a tu dominante. Si él está demasiado cansado del sexo, tal vez existan otras cosas que puedas hacer para aliviar su cansancio. Tal vez, él necesite estar algún tiempo a solas, quizás le gustase tener una bebida preparada cuando llegara a su casa o, tal vez, exista una tarea que puedas asumir por ti misma.

Utiliza tu exceso de energía para ayudarle a recuperar la suya.                                         

Te enseñaré una lección muy importante: Sé su equilibrio. Sé su perfección.

Una vez que comprendas esta lección y puedas vivirla, te convertirás en una sumisa bien desarrollada y una esclava bien entrenada.

Creo que esta es una de las lecciones más importantes que una sumisa pueda aprender, pero no es un tema fácil. Aunque la norma de estar complaciendo sea remarcada durante las primeras etapas del entrenamiento, es fácil perder el enfoque.

Además, la sumisa debe comprender lo que significa ser el “equilibrio” del dominante. Solamente con una comprensión detallada del mismo, ella puede esperar a llegar ser su perfección.”

miércoles, 9 de enero de 2013

Mirar


Siempre he sabido que me gusta mirar a la gente cuando hace el amor. Pero, no fue hasta hace relativamente muy poco tiempo, cuando tuve la oportunidad de verlo en muchas ocasiones. Algunas personas pudieran decir que soy un voyeur. Pero, no creo que, de verdad, yo encaje en esa descripción. Lo que yo entiendo por voyeur, es a alguien que furtivamente observa a los demás. En otras palabras, alguien que curiosea a los demás, ¿estoy equivocado? De ahí, la falta de un equivalente femenino. Yo nunca he oído hablar de una mujer voyeur, ¿verdad? Muchas de las llamadas “perversiones” sexuales parecen ser mucho más comunes entre los hombres que entre las mujeres. No digo que las mujeres tengan algunas. Quiero decir, ¿qué es la sumisión, sino una perversión sexual ante los ojos del mundo vainilla? Pero, las mujeres no parecen seguir desviaciones muy perversas. O, tal vez, yo haya llevado una vida muy protegida.

Esto es un tema para otro artículo en el blog (la perversión o no perversión de las mujeres, no mi vida protegida). Vamos a volver al tema de “mirar.” Creo que un voyeur es alguien que siente placer viendo a otras personas teniendo sexo sin saber que él les está observando. Sólo puedo sospechar sobre las motivaciones de las personas que hacen eso. Los psicoanalistas dirán que hay algo inherentemente sádico y controlador sobre el acto de ver, que es una especie de acto agresivo. Bueno, tal vez, sea pasivo/agresivo. Puede ser que el voyeur sienta que su secreta posición le da poder, que él sabe algo que ellos no saben. Pero, al mismo tiempo, es seguramente una admisión de impotencia, que él puede ver sin la posibilidad de participar. El resultado final del voyeurismo es una masturbación solitaria, ¿no? (No quiero decir que la masturbación esté necesariamente conectada con la impotencia.  En realidad, no, pero, pienso que está en este contexto).

Yo no siento este mismo impulso. No quiero esconderme detrás de una cortina. Creo que este tipo de observación es abusivo, puesto que se está realizando un acto sexual sin el consentimiento de otras personas involucradas. El voyeur puede defenderse alegando que es un crimen sin víctimas. Pero, creo que, de que los que están siendo espiados no lo sepan, no exime a quien lo perpetra.

Lo que me atrae, es ver a la gente que sabe que estoy ahí. Me gusta ver lo que la gente normalmente esconde de los demás. Me gusta ver sus actos más íntimos. Me gusta lo que ellos están dispuestos a dejarme ver, invitarme a su privacidad.  Por supuesto, nunca  conseguirás penetrar en lo más recóndito de lo que hacen. Y tu presencia, inevitablemente tiene un efecto sobre su comportamiento. Pueden hacer cosas que, de otra manera, nunca harían o no harían cosas que, de otro modo, sí harían. Existe un problema en la antropología social del llamado observador participante, el tema es que el mero hecho de observar es inevitablemente, en algún sentido, una intervención, un acto de participación y la gente va a actuar de manera diferente si saben que tú estás ahí. (Existe también una cuestión interesante sobre la observación en la mecánica cuántica, pero, no vamos a ir ahí). Y, aun cuando sus actos no puedan ser modificados, el cómo se sientan cuando ellos lo están haciendo, debe ser, sin duda, diferente. De todos modos, lo que estás viendo es bastante real.

Estoy asumiendo que, todos los involucrados están contentos con lo que está pasando. De lo contrario, no estaría muy feliz conmigo mismo. Si ellos lo son, creo que, inevitablement, un elemento exhibicionista entra en ello. Las parejas que tienen relaciones sexuales están involucradas en una actuación, aunque en realidad no empiecen a hacer gala de ella. Ellos hacen lo que hacen, en parte, para que yo pueda verlo. Me interesa y me gustaría hablar mucho más sobre esto, sobre lo que pasa por sus cabezas cuando lo realizan para otra persona. Pero, no soy alguien a quien le guste mirar, me gusta saber.

viernes, 4 de enero de 2013

La revisión


Ella sale de la ducha, envuelta en una gran toalla blanca. Él está sentado en el sofá leyendo el periódico. Pone la prensa en el suelo y se queda mirándola.

“Ven aquí,” le dice.

Ella tiene una mirada muy intrigante en sus ojos. Él la tiene en los de ella, pero no sabe bien cómo. ¿Va a ensuciarla otra vez ahora que acaba de ducharse? Ella está de pie delante de él, muy cerca, pero sin tocarle. Hay silencio. Ella piensa que debe mirarle a los ojos, pero es difícil cuando la mira de esta manera.

“Tira la toalla,” dice él.

Ella vacila, se siente incómoda justo antes de que la deje deslizarse hacia el suelo y se quede desnuda.

“¿Te has afeitado el coño?, pregunta.

Ella se sonroja y mira hacia otro lado. ¿Por qué tiene que ser tan directo? ¿Debe usar él esa palabra? Tímidamente, ella duda.

“Acércate más,” dice él “Quiero sentir que está suave.”

Ella decide acercarse más, sonrojándose aún más.

“Separa tus piernas,” le ordena.

Ella abre sus piernas un poco más y esquiva la mirada cuando él pone su mano entre sus piernas. Acaricia su sexo pasando sus dedos por los labios, luego sobre su monte de Venus. Parece que está bastante suave.

“¿Estás húmeda?” pregunta él. “Espero que no juegues contigo misma en la ducha.”

Ella lo niega con la cabeza. De hecho, pensaba tocarse brevemente. Pero, sospecha que él pudiera estar fuera esperándola y cualquier cosa que hubiera hecho, no quería que su conciencia se sintiera culpable.

Él introduce un dedo dentro de ella.

“Uuuummm,” dice él, como si no estuviese del todo seguro de la verdad de su negación.

“Si no estuvieses húmeda ya, creo que estarías poniéndote. ¿No lo crees?”

Ella no tenía una respuesta adecuada para para contestarle en este momento.

Él saca el dedo de su vagina. “Date la vuelta,” le dice.

Ella está de espalda a él. Al menos, ahora que él no puede ver su cara para disfrutar de su rubor, observar su vergüenza.

“Inclínate,” dice.

Ella lo hace tal como se lo ordena.

“Separa las nalgas de tu trasero,” le dice. “Quiero ver si estás limpia.”

Ella desea que la tierra se abra. Le gustaría salir corriendo por la puerta y esconderse.

Él se inclina hacia adelante para observar  la parte inferior de su trasero. De repente, tira de ella hacia él y le lame el agujero de su ano. Ella tropieza y casi se cae, pero él la tiene cogida por la cadera con sus manos y evita que se caiga. Ella siente que la está presionando con un dedo humedecido alrededor de su ano.

“Échate sobre mi regazo,” le dice. “Quiero hacerte un examen minucioso.”

Ella está echada  sobre él, boca abajo. Separa las nalgas de su trasero, luego lame su dedo nuevamente y lo presiona contra su culo.

Está todavía muy apretado, ¿no es así? Tal vez, demasiado, será muy placentero follarlo.”

Empuja su dedo más adentro. Ella gime, en parte porque le duele un poco, pero, sobre todo, porque no puede imaginarse nada más humillante con lo que él la está haciendo.

Él saca el dedo. “Ve a buscar el lubricante y el plug,” le dice.

Ella se levanta y va al cuarto de baño. Regresa con lo que le ha pedido y se los entrega sin mirarle a la cara. Él acaricia sus piernas, indicándole que debería echarse de nuevo sobre su regazo.

Poco a poco y con cuidado, extiende el lubricante con su dedo por el ano de ella. A pesar de su turbación, ella empieza a relajarse un poco. Pero luego, empieza a hablarle de nuevo. Es como si estuviera intentando deliberadamente avergonzarla. Ella quiere esconderse dentro de su mente, pero él se lo impide.

“Vamos a tener que aumentar el programa de entrenamiento,” dice él. “Más horas con el plug insertado. Quizás, toda la noche.”

Él empieza a introducirle el dildo, poco a poco.  Es el más grande que a ella le han metido en su vida. Él está todavía sorprendido de que ella pueda tenerlo introducido todo, nunca hubiera pensado que ello fuera posible cuando lo vio por primera vez.

“Además, creo que, en su momento, será un plug mucho mayor,” dice él.

¿Más grande? Dios mío, ¿qué piensa él que es ella? ¿Una contorsionista? ¿Una mujer elástica y sorprendente?

“¿Sientes que está dilatándose?” pregunta él.

Ella tiene que contestarle ahora. No le apetece, pero no puede ignorarle.

“Sí, señor,” dice ella. “Muchísimo…”

“Y cuando te maldigo, ¿cómo te sienta? ¿Te sientes cómoda?”

Ella se está sonrojando nuevamente. No encuentra una palabra para responderle.

“No, cuando usted está amable, señor,” dice ella. Esta se pregunta, ¿hay algún reproche implícito en lo que ella ha dicho? Pero, sobre todo, él es muy amable y solo, rara vez, se deja llevar por el frenesí de la lujuria.

“Quiero conseguir que tu culo esté preparado para que lo usen otros hombres,” dice él. “Quizás, ellos puedan tener sus pollas más grandes que la mía. Necesitas estar debidamente bien preparada.”

Ella siente un brote de pánico en su interior. Él nunca le ha hablado antes de esta manera. ¿Lo dice en serio? Seguramente, no. Ella decide interpretarlo como una broma.

“¿Incluso más grande que la suya, Señor?”

“Muy divertido,” dice él. Este le propina un buen cachete en su nalga. Ella grita.

Él pone sus dedos en el plug y lo gira un poco. Ella gruñe ahora, principalmente, por el placer. La hace sentirse bien, sin importarle lo tímida que es.

“Por supuesto,” dice él, “serán cuidadosamente seleccionados. Solamente aquellos que merezcan la pena, les serán permitidos tener el privilegio de sodomizar tu delicado y pequeño culo. Solamente, los verdaderos conocedores de los anos de chicas jóvenes y guapas, hombres que sean expertos en provocar tales placeres y saber cómo se saborean.”

Él está acariciando sus nalgas. Son suaves y muy sexy al mismo tiempo. El plug está ahora bien encajado en su ano. Se siente relajada, abierta, disponible, de la manera que a él le gusta sentirla, sumisa. Sus palabras la siguen ruborizando, pero ahora, la hacen sentirse un poco puta.

“¿Te agradaría recibir las pollas de esos hombres en tu adorable y pequeño culo?” pregunta él. “¿Primero, una polla, y luego, tal vez otra?”

No, piensa ella. No es real. Es solo su fantasía.

“Si ese es su deseo, Señor,” contesta ella.

Pero, ¿y si lo dice en serio?