domingo, 18 de agosto de 2013

Disciplina



“Quítate las bragas.”

Ella levanta su falda y las desliza sobre sus tobillos. Sin importar cuántas veces lo ha hecho, es todavía muy tímida.

“Ven y crúzate sobre mis piernas,” dice él. “Boca arriba.”

No está segura si le gusta su tono de voz, pero, de todos modos, lo hace.

“Abre tus piernas todo lo más que puedas.”

Ella lo hace, pero tiene que mirar hacia otro lado. La examina detalladamente. “Tienes un buen coño,” dice él.

No está segura de cómo se siente sobre sí misma, pero se alegra de que le guste.

“Aunque un poco rebelde.”

¿Codiciosa? Ella lo admitiría. Pero, ¿rebelde?

“Últimamente, has tardado demasiado tiempo en correrte,” dice él. Ahora, la está acariciando.

“Sí,” dice ella. “Es verdad. ¿Eso es malo?”

“Te lo he permitido,” le dice a ella. “Pero, tal vez, he sido demasiado indulgente contigo.”

“Señor, es usted quien tiene que decir al respecto,” responde ella obedientemente.

“Necesitas disciplina,” dice él.

“¿Usted cree?” Ella responde. Comenzó como una simple pregunta, pero no estaba segura de que no fuera un toque de provocación. De pronto, la azota de lleno con la palma de la mano contra su vagina. Ella chilla, tanto de sorpresa como por cualquier otra cosa. Instintivamente, cruza sus piernas y pone su mano sobre ellas.

“Abre las piernas,” la ordena él con autoridad. “Y no te atrevas a poner tu mano ahí abajo otra vez.”

Él abofetea su sexo otra vez. No está usando toda su fuerza, pero pica. Él golpea una y otra vez. Su coño empieza a sentir un hormigueo. Sigue azotando un poco más. Empieza a palpitar. Entonces, se levanta, dejándola echada sobre el sofá. Va hacia un cajón, vuelve con un látigo de varias colas. Tiene unas tiras muy finas de goma, tirando a color rosa. Cuando se aplica con mucha fuerza, puede producir un golpe doloroso. Pero, es capaz de producir caricias más suaves y muchas gradaciones entre las mismas.

Él se pone de pie junto a ella. “Abre tus piernas otra vez,” dice.

Ella mira al látigo. “Por favor, Señor.” dice. “Por favor, no más.”

“Estoy esperando,” dice él.

Sabe que es mejor aguantar cuando él habla de esa manera. Despacio, ella abre sus piernas otra vez. Pasea los flecos del flogger por el vientre de ella, sobre los labios vaginales, de un color rosa oscuro debido al spanking sufrido. Ella se estremece. Él levanta el látigo y lo lleva hacia abajo descargándolo con toda su fuerza sobre su coño. A ella se le corta la respiración. La necesidad de cerrar sus piernas para protegerse a sí misma es casi irresistible; ella se esfuerza por mantenerlas abiertas. El látigo aterriza otra vez. Luego, otra vez. Pica. Ella se mete un dedo en su boca, se muerde a sí misma para no gritar.

Por fin, deja el látigo contra la pared. Ahora, el dolor ha parado, su coño está zumbando. ¿La follará él?

“Hoy, no te vas a correr,” dice él, poniendo el látigo aparte. “Y no estás autorizada a tocarte.”

Eso es una crueldad real. Ella quiere y desea enormemente tocarse el coño, cogerlo con su mano y calmarlo suavemente.

“Y deja tu ropa interior fuera,” dice él. “Porque puede ser que necesite disciplinarte de nuevo.”

jueves, 15 de agosto de 2013

Hacer frente a los fracasos de los límites



Me preguntaron el otro día sobre cómo una sumisa debería hacer frente al fracaso. Tras un nuevo interrogatorio, se hizo evidente de que, en este caso, no fue un fracaso en el desempeño de la tarea o la disciplina, la cual se puede manejar con facilidad a través del castigo o el perdón, sino más bien, una falta de capacidad, en este caso, la capacidad de controlar el dolor de ella en las manos de su pareja dominante.

Ella le había pedido que dejara de hacer lo que estaba haciendo, porque se sentía incómoda y le dolía muchísimo como para continuar.

Ahora bien, para la mayoría de nosotros, esto no parece ser un problema. Después de todo, cuando se supera un límite, tiene sentido detenerse. Pero, para la mujer profundamente sumisa, esto no es parar y secar. Después de todo, es su naturaleza la que quiere ser agradable. Esto, en gran medida, incluye el ser capaz de ofrecer a su dominante todos los placeres que él desee. Por lo tanto, no ser capaz de hacerlo, es considerado como un fracaso.

Ella siente que no ha sido lo suficientemente buena como para satisfacer a su pareja. Ningún nivel de castigo va a corregir este estado de ánimo. Ni incluso, su compañero diciéndole que no le importaba, no le ayudará a reequilibrar a su sumisa. En su propia mente, ha decidido que ha sido un fracaso. Por lo tanto, ella es la única que puede perdonarse a sí misma y seguir adelante.

Pero, ¿cómo puede ella hacer esto?

La primera idea que la sugiere es el pensamiento lógico de la justificación.  Es lógico que todas las personas tenemos límites. Tiene sentido que cada una tenga su propio umbral del dolor. Tiene sentido de que hay ciertas cosas que algunas personas no pueden hacer. Por ejemplo, conozco a una chica – una masoquista extrema – que le encanta la idea de ser suturada, ya sea en la boca o en la vagina. Ella tiene fantasías de clavos que se utilizan para inmovilizarla sobre una tabla. ¿Significa esto que otras mujeres deban pensar de ellas mismas como unas fracasadas simplemente porque no puedan controlar estas sensaciones?

No lo creo. Por lo tanto, se puede concluir que una sumisa no es una fracasada simplemente porque no haya superado un límite.

Por desgracia,  no creo que el argumento lógico funcione bien. Para la mujer sumisa, la necesidad de servir circula muy por debajo de su pensamiento lógico. Su necesidad de servir, con frecuencia, va mucho más allá de los límites del pensamiento racional. Así pues, tratar de resolver este dilema a través de la lógica deductiva, probablemente, no lo hará.

Otra opción pudiera ser a través de la auto imposición de un acto de contrición. A pesar de que no han sido castigadas, ellas pueden optar por elegir algún acto de castigo y ofrecérselo a su dominante como una manera de pedirle perdón. Este problema, con esto, es doble. En primer lugar, la pareja dominante puede, en realidad, no comprender lo que está pasando, ya que desde su punto de vista, nada es igual. En segundo lugar, no es el perdón de su pareja dominante lo que necesitan, sino que deben perdonarse a sí mismas.

Mi sugerencia es que deben asegurarse de que se trata realmente de un límite y al haber descubierto que lo es, determinan la forma en que deben tratarlo. Lo que quiero decir es que  ponen a prueba el límite más de una vez, hasta que, de una vez por todas, se aseguran que es real y no algo provocado por el miedo o las circunstancias. Después de todo, el fracaso que puede haber sido causado por la situación actual, no es algo que sea permanente. Tal vez, hay una manera para ellos de poder romper su límite. Después de todo, la gente hace esto siempre en muchas áreas del entrenamiento (por ejemplo, el concepto de “marca personal”). ¿Por qué no se juega también en la D/s?

Sin embargo, independientemente de las muchas veces que lo intentan, no puede ser posible para ellos traspasar los límites. Cuando esto sucede, la única solución que yo puedo ver, es hablarlo con la pareja de uno y tomar la decisión de lo que se puede hacer. En algunos casos, si no es un gran problema para la pareja del dominante, tal vez, simplemente decidan no experimentar en esa zona en particular. Si la pareja del dominante realmente desea explorar esta zona, tal vez se deba asegurar lo que se podría usar en su lugar. Si bien no está totalmente abierta, la comunidad de la D/s tiende a  ser mucho más abierta que el mundo vainilla cuando se trata de la puesta en común de las parejas. O, tal vez, la sumisa puede encontrar una alternativa que sería igual de agradable para su dominante.

La clave es no permitir que el problema se propague internamente. Se deberá iniciar, examinar y tratar. De lo contrario, la sumisa empezará a recibir en un espacio de su cabeza “de que no es suficiente” y ser incapaz de funcionar correctamente bien.

Los dominantes deben estar siempre buscando signos de lo que está pasando. Recuerda, la sumisa requiere mantenimiento.

lunes, 12 de agosto de 2013

Pregunta nº 1

Hace algún tiempo, una amiga me invitó a una tertulia sobre varios aspectos de la D/s. Los organizadores le habían enviado una lista con algunos de los temas que se debatirían y me las  transmitió. Algunos de esos temas me hicieron pensar y estas fueron una especie de reflexiones inspiradas por los temas formulados.

Así, la primera era: “¿Cómo cambiar de una vida vainilla a un rol de la D/s?”

La respuesta más breve es coger la sartén por el mango y cambiar firmemente a la deseada dinámica de la D/s. Esperemos que si usted es un buen conductor o conductora, no haya ningún crujido. Acorte la distancia.

Una respuesta más larga podría ser algo así como esto. En cualquier relación D/s, pueden existir momentos en los cuales no estés particularmente pensando o hablando de sexo o de hacerlo. En realidad, no soy un tipo que esté pensando mucho tiempo sobre ello, pero incluso así, cuando le hablo online no siempre giro directamente alrededor del sexo. Por naturaleza, cada uno de nosotros tenemos vidas reales, con todas sus complicaciones y evoluciones, sus altos y sus bajos. Y, por supuesto, como a cualquier pareja, nos gusta mantenernos informados el uno del otro, intercambiar noticias, chismes y diretes, etc. Por lo tanto, la gente de la D/s somos como la gente normal. ¿Quién lo hubiera pensado?

Pero, llegará el tiempo, cuando las cuestiones surjan, que quieras cambiar, cambiar de marcha. Naturalmente, aquí es el dominante quien tomará la iniciativa. Él (supongamos otra persona) mientras está chateando con ella sobre esto y aquello, sabe que quiere que ella haga algo sexual. (En realidad, algunas veces, nuestras conversaciones llegan a su fin sin haber entrado para nada en el tema sexual. Eso está bien. No me gusta caer en la rutina.) Por lo tanto, él acaba tomándose su tiempo, mentalizándose exactamente sobre lo que quiere hacerle a ella y cuándo va a hacer que ella lo haga.

En algunas relaciones, incluso, aunque ella sea sumisa, podría ser ésta quien tome la iniciativa, ofreciendo pequeñas pistas, una ligera sonrisa, un movimiento de cabeza, una inflexión en la voz, etc., indicando que un giro hacia el tema sexual sería agradable. Las parejas tienen que gestionar su relación para hacer frente a esto. Si el dominante encuentra esto permisible, incluso encantador, muy bien. Algunos dominantes, no. Quieren mantener el control total y cualquier cosa de esta clase está vista como una decisión de la parte inferior a la superior y será rechazada. Personalmente, creo que una relación es precisamente eso, una vía de dos direcciones y no me importa recibir señales de ella. Siempre que yo pueda ignorarlas y si, después de todo, quiero.

Creo que el tema de la pregunta es que, al asumir que eres el dominante, serás el único que tome la iniciativa, ¿existe alguna buena manera de prepararla, de conseguir que ella esté de buen humor para lo que quieras? ¿Deberías darle una o dos pistas sobre lo que va a suceder? O simplemente, ¿debes abordarla de improviso? Mi impresión inicial es que si has conseguido entrenarla adecuadamente, ella no debería tener ninguna duda en su mente de que cuando llegue la ahora, reaccionará sin ningún momento de reflexión. Solamente tienes que chasquear tus dedos y así sucederá.

Y, sin embargo, la reflexión creo que puede ser más compleja de lo pensado. No todas las mujeres son iguales. Recuerdo a una chica que le gustaba ser cogida por sorpresa. Ella estaba allí casualmente hablándome sobre su jardín y su gato y, de repente, le digo que se quite la camiseta. Y ella se paró en mitad de la conversación, con su boca abierta de par en par  y luego, después de una pausa de un segundo para conseguir centrarse, hizo lo que yo le dije, sin decir ni una palabra. Y me dijo que había encontrado esto muy excitante y que se sintió de pronto empujada hacia el subespacio.

Pero, otras mujeres no son de esta manera. Necesitan ser seducidas. Les gustan la coacción y la seducción que las conducen a algo más abiertamente sexual. Hablar sobre el sexo, sobre lo que yo pudiera querer y lo que ellas pudieran hacer, si supieran lo que yo querría, las ponen en un estado de ánimo propicio para hacerlo.

Hay otra manera. Tú le dices de antemano lo que va a suceder y cuándo sucederá con exactitud. “Conéctate esta tarde a las tres en punto, cuando yo te lo diga, y te quitarás la camiseta para mí.” O si usted tiene a la chica a la mano, “voy a azotarte a las seis de la tarde. Estáte de pie en el rincón a esa hora con tu falda levantada.” Algunas mujeres responden a esto con mucha fuerza, tanto es así que, en el tiempo asignado, puedes estar seguro que ellas estarán ya húmedas esperando y con deseo. Pero, y como las mujeres son raras y realmente impredecibles, a algunas, en absoluto, les gusta esto. Piensan que esto hace al sexo mecánico, no espontáneo. Y si eres un dominante detallista, debes intentar el tenerlo en cuenta.

Por lo tanto, la respuesta a estas cuestiones, depende de la clase de sumisa que tengas entre tus manos. Personalmente, puedo hacer un cambio repentino, porque me hace sentirme bien el poder inducir en ella este salto cuántico, empezando desde un principio como una mujer normal hasta convertirla en una putita juguetona, solo en un momento, sin avisarla. Siempre sé cuándo está funcionando porque inmediatamente empieza a llamarme Señor sin habérselo dicho. Ella adopta esa mirada especial en su cara y hay un cambio de tono en su voz y me doy cuenta que hemos cambiado el control del crucero. A partir de aquí, el camino a seguir está claro.

sábado, 10 de agosto de 2013

Dominación contra abusos



Sé que he abordado anteriormente este tema, pero un comentario reciente de una lectora me ha  llevado a volver a examinar este tópico con más profundidad.

Quizás, uno de los aspectos más difíciles de una relación D/s sea el tema de los castigos. He escrito una buena cantidad de artículos sobre el tema de la eficacia de los castigos, pero, me he dado cuenta que para aquellos que realmente nunca han estado expuestos al estilo de vida de la D/s, la siguiente pregunta aún debe presentarse por sí misma: “¿Cómo se puede saber la diferencia entre una relación efectiva D/s y una mujer en una relación abusiva?”

Por supuesto, para aquellos que están en relaciones reales de la D/s, esta pregunta casi nunca aparece.  La D/s es potente, energizante y liberadora. Es algo completamente obvio. Las relaciones abusivas son la antítesis de la D/s. La pareja maltratada se encuentra a sí misma despojada de la autoestima y sentido de su propio valor, sin mencionar el sentirse atrapada y encarcelada en contra de su propia voluntad.

Sin embargo, vista desde el exterior, ¿Cómo podemos distinguirlas? Considera el siguiente escenario:

Un hombre llega a casa al final del día. Cuidadosamente, examina la forma en que la casa ha sido limpiada en su ausencia. Descubre que no ha sido hecha a su gusto. Él llama a su esposa (o pareja) para que vaya al dormitorio, la pone sobre sus rodillas y le da un fuerte y prolongado azote. Las lágrimas empiezan a bajar por su cara, mientras los cachetes de su culo se tornan rosa. Ella empieza a gritar de dolor y promete una y otra vez que nunca más va fallar en sus labores. Finalmente, él cede y ella cae de rodillas dándole las gracias.

Pregunta: ¿Qué clase de relación es esta? ¿Una relación D/s efectiva o abusiva? Basada únicamente en los hechos observables podría ser, ¿sí?

Vamos a dar un paso más allá. Al día siguiente, esta mujer está almorzando con una amiga. En el transcurso de la comida, ella le comenta el incidente del día anterior. Su amiga se sorprende y la dice que debería denunciar a su marido ante la policía por abuso, agresión y maltrato. También le dice que, a su vez, debería dejar a su marido. La mujer azotada protesta, diciéndole a su amiga que ella realmente no lo entiende. Ella continua diciéndole que “se lo ha merecido,” puesto que no hizo bien sus tareas y sabía que tendría consecuencias. También, le dice que, afortunadamente, esto no sucede con frecuencia y que su esposo es un buen hombre, pero muy estricto.

Pregunta: ¿Está más claro en cuanto en qué tipo de relación está ella? Yo sugeriría que no.

El problema se enturbió aún más por el hecho de que estaba discutiendo su situación con una amiga vainilla que no conoce este estilo de vida en la D/s y, por esto, no está cualificada para hacer un juicio de valor (aunque esto no impediría que lo hiciera). Es cierto que, existen profesionales por ahí (a veces llamados “amigos perversos”), que podría estar mejor cualificados para llegar a una conclusión, pero, nunca en este asunto podría ser una decisión difícil.

Mis propios sentimientos es que, al final, es solo la persona misma la que puede determinar si está siendo maltratada o facultada. Ella debe cuestionarse a sí misma con atención: “¿Qué tengo que hacer para salirme de esta relación?”, “¿Por qué estoy con él?”, “¿Obedezco porque le tengo miedo de que pierda su control?”, “Cuando realizo mis tareas y disciplinas, ¿las disfruto o las hago con miedo?”,”¿Somos abiertos y honestos en nuestras comunicaciones con los demás?”, “¿Siento que él es honesto, confiado y responsable?” “¿Estoy avergonzada por hablar con otras personas de nuestra relación o me gustaría pregonarla a los cuatro vientos?”

Es a través de una auto reflexión como se puede llegar a una conclusión.

Por supuesto, sospecho que hay lectores por ahí que dicen que, en algunos casos, a estas mujeres le pueden haber “lavado el cerebro” o “condicionadas” para creer que están facultadas, cuando, en realidad, se trata de un abuso. Es muy difícil debatir el tema con estas personas, puesto que ya han pasado el juicio y lo que están intentando hacer es convencer a otras de su punto de vista. Lo sé, lo he intentado.

A veces, me gustaría que hubiera un sitio fácilmente accesible creado por mujeres para otras mujeres. El sitio sería un foro para quienes estén facultados por la experiencia de la D/s y para aquellas personas que tengan preguntas que hacer. Algo así, como las Webs de disciplina domésticas tan habituales en las sociedades angolosajonas. Pero más centrados en los problemas de relaciones de la D/s.

Sin embargo, al no ser mujer, tendré que dejar tales temas para las demás.

martes, 6 de agosto de 2013

La humillación

Me he estado preguntando, por qué siento como una patada en las espinilla el humillarla. Realmente, no necesito saber la respuesta. Tales escenarios me ofrecen un gran placer y al saber ella que me gusta tanto, también obtiene una gran satisfacción. Funciona a la perfección. Así que ¿por qué trocear la pregunta para buscar la razón? Sin embargo, no puedo resistir la especulación sobre los motivos. Si hay algo que pueda ser conocido, quiero saberlo.

La mejor manera de llegar a una respuesta pudiera ser ensayar un ejemplo típico. Una de las cosas que provoca sentimientos de humillación en ella, es cuando se ve obligada a enfrentarse a su propio puterío, frotarse su nariz contra el hecho de que ella es una mujer caliente impulsada por su necesidad sexual. Ella conseguirá estar muy húmeda durante un episodio sexual de esta naturaleza o, incluso mucho antes, solo con anticipar lo que le va a suceder.

Así que yo podría decirle que se pusiera delante de mí y se levantara la falda y tirara hacia abajo de sus bragas y abriera sus piernas y sacara su pelvis hacia adelante para  yo poder examinarla. La miraría a sus ojos, tal vez, la cogería por sus pelos y le tiraría hacia atrás para que su cara se elevase hacia la mía. A continuación, pondría mi dedo en su coño y lo giraría en su interior. Por supuesto, ella estaría húmeda y le preguntaría el por qué, para conseguir que verbalizara su excitación.

Una vez comprobado que está sexualmente necesitada (parece ser que esa es una forma de estar la mayor parte del tiempo), podría empezar a explorarla. Sacaría mi dedo de su coño y, arrogantemente, lo secaría en su mejilla. Luego la preguntaría si necesita correrse. Pregunta tonta, estando mojada por completo. Ella asentaría o, tal vez, susurraría: “Sí, señor.” Y luego, me sentaría justo enfrente de ella y extendería mi mano con el dedo paralelo al suelo y le diría: “Puta, frota tu clítoris contra mi dedo y vamos a ver lo necesitada que estás.” O, tal vez, le diré que puede correrse, pero sólo si hace todo el trabajo sola por sí misma. Literalmente, no voy mover un dedo. Y ella no puede usar sus manos. Así que se vería un poco desconcertada y frustrada también. Le he dado permiso para que se corra, pero, le he negado los medios para conseguirlo. “Por lo tanto, frótate contra algo,” le diré. “Presiona tu coño contra la esquina de la mesa y córrete por tí misma.”

Tal vez, ella lo pueda hacer, tal vez, no. Pero voy a disfrutar viendo cómo lo intenta. O, tal vez, le diga que me quite los zapatos y calcetines. Luego, ella tiene que tumbarse en el suelo y abrir sus piernas y coger mi pie y ponerlo entre sus piernas. “Folla mi dedo,” la digo.

Sé que ella se siente vulnerable e, incluso, que es degradante. Cuando me pide que ponga mi dedo en su culo, mientras lo hace, es inútil tratar de permanecer en su dignidad. Pero, ha llegado al punto de dejar de preocuparse demasiado sobre si esto es bueno para ella. Ésta consigue un inmenso placer de esto y esta es toda la justificación que ella necesita. ¿Puede ser tan malo para sentirse tan bien? Y supongo que ella confía en mí.

No todos los escenarios de humillación están directamente relacionados sobre forzarla para que admita su necesidad sexual. Algunas veces, se trata de romper tabúes. He hablado con ella sobre el control del esfínter. Quiere huir y esconderse. Pero, sabe que llegará tarde o temprano. Y lo teme, pero se pone húmeda con solo pensarlo.

Tal vez, usted piense que todo esto es bastante burdo, incluso, un poco confuso. Tal vez, pensabas que yo era una pareja más sofisticada. Pero, si, en realidad, quieres humillar a una mujer, ponla cara a cara contigo para decirle lo necesitada y ansiosa que está por el sexo. Tienes que bajarte y hablarle groseramente de vez en cuando. Por lo tanto, la pregunta ahora es, ¿Qué saco de ello al obligarla a hacer estas cosas? (Para disipar toda duda, las hará, si se las digo. Ella se acurrucará en su vergüenza interior, pues se siente muy bien más allá del punto en me puede decir que no.)

Una cosa que, sin duda, siento es una sensación de poder. Siento un subidón de adrenalina sexual al conseguir que ella haga estas cosas. Si quieres, puedes llamarlo sadismo. Es un placer para mí ver lo lejos que puedo presionarla, la cantidad de energía que realmente tengo para hacer que ella haga cosas de las que se avergonzaría. Pero, yo no las disfrutaría, a menos, que yo supiera lo excitado que yo estaba mientras ella las hace. Ella se sonroja, se muere de vergüenza, pero se pone húmeda y muy mojada. No es solo que ella quiera complacerme, sino que ese deseo está siempre muy fuerte y latente en su cuerpo. También la excita el haberse despojado de sus inhibiciones, al verse forzada a enfrentarse a sus bajos deseos. Porque, por mucho que ella diga que hace lo que hace para complacerme, no hay duda de que existe una necesidad básica, un deseo profundo en su interior por el mero placer físico del sexo. Ella es una puta y lo sabe, pero, algunas veces, necesita un empujón antes de que se atreva a admitirlo.

Admito que hay una cierta circularidad en esta descripción. Ella se excita, porque sabe que lo que hace me excita. Me excita porque sé que al hacer ella estas cosas, la excita. Ella quiere saber dónde empieza y si es recíproco, no está demandando la paridad cuando lo que ella quiere es ser sumisa. Yo la tranquilizo. Soy quien toma la iniciativa. Soy el único que dicta el guión. Y si, alguna vez, se trata de hacer una elección entre lo que realmente quiero y lo que ella desea, vamos a hacer lo que yo quiero. Ella lo sabe. Es lo que quiere. ¡Oh, Dios! Aquí vamos de nuevo a…

domingo, 4 de agosto de 2013

Sin prisas

A lo largo de mi vida, he reflexionado mucho sobre la trayectoria de la mujer sumisa y su progreso. Digamos que, con el tiempo, he llegado a conocer bastante bien su naturaleza. La mujer sumisa comprende que el hombre dominante siempre hace algo  por ella y ésta no debería olvidarlo nunca. La mujer sumisa quiere experimentarlo todo. Quiere saber lo que es someterse y vivir sometida a un hombre dominante. Tiene un sentido que, para ella misma, podría ser el camino directo al cielo.

Hay muchas mujeres que piensan que esto existe. Sin embargo, sus circunstancias deben ser muy diferentes. En el caso de algunas mujeres casadas, no tienen que ir mucho más allá de sus maridos puesto que lo tienen a su lado. Ni tampoco tienen que ser azotadas aparte con el cepillo. Esta idea siempre la han tenido muy clara muchas mujeres que han suspirado por la sumisión y no dudaron en hacer todo lo posible para que fuera una realidad para ellas. En una relación construida sobre un amor profundo y duradero, este nuevo componente pudiera ser añadido, no sin cierta dificultad, pero con mucho esfuerzo y amor por parte de ambos. ¿Y cuándo esto no es posible?

Primero, algunas mujeres con naturaleza sumisa deben encontrar un hombre a quien someterse. Algunas parejas, incluso, pueden decidir buscar un hombre para que entrene a su mujer. Me imagino que cada situación en particular tiene una cualidad única y no puedo imaginarme todos los escenarios de todas mis lectoras, aunque, ciertamente, lo intento.

Pero, mi interés hoy no es tanto lo que es diferente entre ellas, sino la conducta que se puede esperar o anticipar, el comportamiento común. En mi blog, he escrito sobre las experiencias de las sumisas, como el dolor que los expertos suelen decir que las espera. Es normal que muchas sumisas latentes digan que se sienten decepcionadas, sin ganas de vivir, sin voluntad de seguir viviendo e, incluso, con su apetito sexual dormido.

Hasta donde yo sé, hay muy pocos estudios hechos sobre los comportamientos previos o esperados de las mujeres que deciden someterse. Para mí, una de las cosas más sorprendentes es que un hombre dominante con experiencia en el mundo laboral, puede hacer más cosas por una mujer con naturaleza sumisa que cualquier cualificado “experto” universitario. Aquellos son “expertos” en la mujer con naturaleza sumisa y he escuchado con suma atención lo que tales hombres dicen y lo que me han contado algunas mujeres sumisas. Ellos han observado a las posibles mujeres ir a través de los movimientos y grados de aprendizaje para aceptar su propia naturaleza y, en mi opinión, ofrecen un servicio especial y único. Libre de cargo y sin garantías, pero con el deseo sincero de ayudar (y a disfrutar).

En mi vida profesional, soy técnico – no psicólogo ni profesiones adláteres – y solemos definir y trazar el progreso o falta del mismo. Si una fuerza es capaz de hacer esto,  la curva de la gráfica estará muy por encima. Creo que no habría picos de bajadas o subidas durante bastante tiempo antes de que la gráfica empezara a despegar, tal como un avión despega de la tierra hacia otras cotas muy altas.

He descrito este símil porque es la manera que ha sido para algunas mujeres que se adentraron en la sumisión con sus parejas. Luego, también esto sería posible que fuera para tí. Las mujeres sumisas no son robots. Las mujeres sumisas son simplemente mujeres con mentes, almas, sentimientos y emociones. Ellas pueden decir que quieren someterse, pero cuando llega el momento y empieza a suceder, pueden encontrarse  las cosas muy difíciles. Pueden que encuentren las palabras usadas demasiado fuertes para ellas. Pueden sentir que sus psiques están en peligro de ser dañadas o que han cometido un error. Pueden estar enojadas y decidir que obedecerán para expresar su enojo. Pueden decirles a sus dominantes que busquen perras atadas en otra parte.

Ellas pueden ser columpios y toboganes desde hace mucho tiempo. Algunos dominantes pueden darse por vencidos. Ella también es muy difícil de trabajar. Quiere a alguien para que le diga lo que tiene que hacer. Pero, ¿qué pasa si mañana ella puede? Mañana, será capaz de hacer lo que la digan. Hoy, sencillamente, no. Por causas ajenas a ella, no está preparada.

El dominante requiere una gran dosis de paciencia con ciertas mujeres. El dominante, por lo general, necesita mucha paciencia, máxime, cuando la sumisa empieza a “andar de su mano” y su evolución personal tiene un cierto ritmo generalmente acelerado que la imposibilita recordar todos los detalles. En estos casos, muchos dominantes reaccionan negativamente ante las expectativas de ellas y puede dar lugar a que éstas pidan un alto en los procedimientos. Después, le vendrán a ella las dudas. En tales casos, el dominante deberá estar capacitado para pasar de lado y deberá reescribir el guión de acuerdo con su experiencia. Esto le puedo ocurrir a cualquier sumisa. Nunca olvidaré una frase que me dijo una sumisa: “Yo no soy mucho más cuando me someto que cuando no me someto, aunque, sin lugar a dudas, la sumisión es lo adecuado para mí.”

El dominante debe tener paciencia con su sumisa, incluso, creer en ella y sentir que tiene que intentarlo casi todo antes de darse por vencido, para que ella sea la vencedora. El dominante no tiene que olvidar que la sumisa necesita la dominación, esa especie de dominación que le ayude a soportar todos los altibajos de su gráfica personal antes de que él empiece a ver la trayectoria ascendente y suave de la que él pueda sentirse orgulloso.

Tal vez, ningún buen dominante sabe instintivamente lo que va a hacer con su sumisa y el tiempo que necesitará. Desde mi propio instinto, la sumisa suele tener respeto por los tiempos. Pero, la paciencia es algo que, algunas veces, es una herramienta necesaria para el dominante. Una norma demasiado rígida corre el riesgo de perder lo que podría haber sido una historia de gran éxito.

jueves, 1 de agosto de 2013

De nuevo, por Internet

Creo que jugar con los pezones es un arte. Yo escribiría la “tortura del pezón,” pero eso no sería una descripción exacta de lo que estoy hablando, porque no es muy doloroso. Parte de esa tortura, ella la disfruta. Bueno, en realidad, todo esto es lo que a ella le gusta disfrutar o que yo le estaría haciendo. Pero, como cualquier sumisa sabe, hay más de un tipo de disfrute.

Mucho de lo que está pasando tiene lugar en su mente. Existe la anticipación antes de que empiece o, tal vez, la aprehensión sea una palabra mejor, porque sabe lo que me gusta hacer y no ignora que, por lo menos, una de las cosas que le voy a hacer, va a ser mala. Quizás, muy mala. Tal vez, incluso, peor que nunca. Así pues, ella está preocupada por esto. Pero, como cualquier sumisa digna, la aprehensión, el miedo que, quizás, esta vez, sea demasiado, más de lo que ella pueda soportar, estará siempre aderezado por la deliciosa emoción de ser usada para el placer de otro, de estar indefensa bajo el control de otra persona. Esto va dolerle, pero, ella quiere que le duela. Y lo que me gusta hacer, es llevarla a un estado mental, donde contra más le duela, ella más lo quiera y desee.

Empezamos poco a poco. Primero, ella tiene que quitarse su top. Miro a su sujetador.  Es muy bonito, blanco, con muchos encajes y costuras. Pero, eventualmente, tiene que quitárselo y me tomo mi tiempo para mirarle sus pechos. Después de todo, se merecen una larga mirada.

Me gusta trabajar en ella, construir la anticipación. “Sabes lo que va a venir, ¿no?” Ella asiente con la cabeza. Y luego, se ofrece para ir a buscar las pinzas de la ropa. ¿Eso es, porque ella es una pequeña puta que no puede esperar a empezar? O, ¿es porque es una mujer buena que quiere cooperar? Tal vez, sea un poco de ambas cosas. Le ordeno que se ponga la primera pinza, justo en el lado del pezón izquierdo. Sin prisa. Le miro a su cara mientras se la pone. Hay un gran placer para mí al contemplarla absorta en su concentración, esperando a poner la pinza en el pezón derecho y su pequeña muesca de dolor cuando aquella se agarra al mismo.

Le pregunto si le duele. Sí. ¿Mucho? Soportable. Es la hora de la segunda pinza en el otro lado del pezón izquierdo. ¿Duele ahora un poco más? Solo un poco. De acuerdo, ¿aceptas hacer lo mismo en el otro pezón? Más que hacer una muesca, es una muesca. Miro durante un buen tiempo a las cuatro pinzas. No digo nada. Solo quiero verla sufrir. Luego, le digo que es la hora de poner más pinzas. “Sabes dónde van a colocarse, verdad?” Ella asiente con la cabeza. De acuerdo, una en la tetilla izquierda.

Esta duele un poco más. Ella hace un ruido, algo así como un suspiro y un gruñido. Una,  en el pezón derecho también. Y ahora, dejo que ella se siente ahí y sienta el dolor. Le digo lo mucho que me gusta, lo mucho que disfruto haciéndole esto. Ella está encantada de saber lo mucho que me excita. Decido apretar la tuerca un poco: coge cada una de las pinzas de tus pezones entre tus dedos pulgar e índice y retuércelas un poco. Ahora, uno poco más. Su rostro se desencaja. Eso duele muchísimo. Mi verga tiene espasmos.

¿Te las quieres quitar? Pregunto. Ella asiente con la cabeza. Pídemelo bien. “Por favor, señor, ¿puedo quitármelas ahora?” Dudo durante un momento, dejando un poco de duda en su mente en cuanto a si lo puedo permitir. Sabe que no es mi estilo el ponérselo fácil. Pero, le digo que se las quite. Ella se sienta y hablamos, cada uno de nosotros mirándonos el uno al otro a través de la pantalla. La conversación no es necesariamente de sexo. Pues, ella está medio desnuda y he estado haciendo algo intensamente sexual con ella, pero suponemos que el sexo sigue en gran medida allí, flotando fuera de la vista. Ella se está preguntando cuándo podría volver a aparecer.

Sin previo aviso, le digo que vuelva a conectar con las pinzas, sólo una de cada pezón. Siempre suele doler más la segunda vez. ¡Buena mujer! digo. De nuevo, hago que se las retuerza. Hay un dolor real en la expresión de su cara, no es fantasía. Le comento que tiene unos pechos muy bonitos (que están ahora de color rojo oscuro debido a los pellizcos). Le hablo de algunas de las cosas que vamos a hacer cuando nos veamos, atarla a una silla, las manos atrás en su espalda, las piernas separadas. Le digo que yo estaré detrás de ella y pellizcaré sus pezones con crueldad. Luego, le pongo las pinzas y, a continuación, las abrazaderas que son mucho peores. Y le digo que le pondré mi mano entre sus piernas y la masturbaré mientras las tiene puestas o, tal vez, use un vibrador, para hacer que se corra mientras sus pezones están cruelmente aplastados, de placer y dolor a la vez.

Ella todavía está vestida con su falda y me está mostrando que sus bragas son blancas, haciendo juego con su sujetador. Pon tu mano en tus bragas y dime si estás húmeda, digo. Sí, parece que está. Bien, qué sorpresa.

Le digo que se quite otra vez las pinzas. Duele más quitarlas que dejarlas puestas. Pero si se las dejas mucho tiempo, el dolor al quitarlas sería insoportable. Chateamos un poco más. Ella está yendo al subespacio profundo, tiene esa mirada de ensueño en su cara. Y el dolor es llegar a ella, es trabajar en el cerebro de ella. Las endorfinas se están cociendo a fuego lento. El placer y el dolor no son fáciles de distinguirlos. Hablamos durante un buen tiempo. Luego, le digo que coja un poco de hielo. Ella está sentada ahí y se pone hielo en sus pezones. Están tan calientes por la circulación de la sangre, que el hielo se derrite rápidamente. Todo delante de ella.

Cuando le ponga la próxima vez las pinzas, le dolerán más porque sus pezones estarán fríos, digo yo. Ella asiente con la cabeza. Ahora, allí no hay resistencia. “He conseguido que comas en la palma de mi mano, ¿no?” Ella asiente con la cabeza. Le hablo amablemente sobre lo buena mujer que es, la mejor, y cuánto placer me da al hacerle daño. Le digo que puedo sentir mi poder. “Díme esto, quiero oír que lo dices: “Soy tu putilla y haré cualquier cosa que me digas, cualquier cosa.” Ella repite mis palabras sin rechistar. Digo que es tentador aprovechar esto y ser realmente cruel, porque ella es así de sumisa, me siento responsable de ella. Quiero que ella se sienta segura.

Un poco más de hielo, a continuación, las pinzas van de nuevo. Es cruel esta vez. Los pezones son tan sensibles. Pero, a ella le encanta hacer cualquier cosa que me agrade. Hay más retorsiones de las pinzas, un pequeño gemido. Ella me mira. No es fácil saber si sus ojos me están pidiendo ayuda o si este es el éxtasis de la mirada de la santa martirizada que puedes encontrar en cualquier cuadro del Greco.

Se quita las pinzas otra vez. Se está haciendo tarde y es su hora de irse a la cama. Debo dejar que se vaya. Pero, tengo la sensación de que no está dispuesta. Ella ha llegado a un momento donde el placer de soportar el dolor es tan grande que quiere más y más. Se está convirtiendo en una adicción. Es un buen trabajo del que no consigo mucha ventaja. No se sabe a lo que podría dar lugar. Me contento con una aplicación más todavía de las pinzas. Dios, como duelen esta vez. El dolor produce una expresión de felicidad en su cara. Esto es realizarse.

Finalmente, me libero de ella. Le digo lo que tiene que hacer antes de irse a la cama, para ayudarla a dormirse. Sí, señor. Nos besamos el uno al otro a través de cientos de kilómetros. Nunca hemos estado tan cerca.