jueves, 26 de junio de 2014

Orgasmos

Entré en un foro y el tema era sobre los orgasmos femeninos.

Puesto que no soy mujer, no soy la persona más adecuada para describirlos. No obstante, hice un esfuerzo mental para desdoblar mi mente y dar mi opinión. Y escribí:

“Para mí, los orgasmos en la mujer son un viaje y un destino. Es como hacerla flotar en un éter delicioso, llevarla abajo y arriba y, por sus alrededores y, luego, inducirla hasta una intensidad indescriptible y hacerla gritar y rugir del placer que sale del éter y, de nuevo, volverla al mundo. Por lo general, en una sesión bien llevada, hay un orgasmo que es súper intenso y un montón de otros, más pequeños.

Para una gran mayoría de mujeres, los orgasmos clitoriales son los mejores. Si el hombre es inteligente con la lengua y con la adicción de los dedos, en el momento justo, es uno de los mejores activos que un buen Dominante puede aportarle a una mujer. Al menos, el toque de un Dominante siempre hace el camino más largo.

Me llevó un buen tiempo – años – en darme cuenta que muchas mujeres no experimentan ese tipo de intensidad y algunas, nunca se corren. No estoy muy seguro, pero sospecho que hay razones por las que esto funciona para algunas. Todas las mujeres son únicas, pero pienso que, sólo pudiera ser verdad con algunas.

No obstante, creo que las sumisas tienen la ventaja de ser bendecidas y afinadas en este aspecto por sus Dominantes.”

Silencio. Las respuestas llegaron a los cuatro minutos. No tuve la culpa.

martes, 24 de junio de 2014

Sentir ahora

“Necesito sentir sus azotes, acusar el dolor que inflige en mi cuerpo, provocando hematomas en mi piel, pero dejando que mi alma vuele libremente.

 

Necesito llorar de angustia, sólo para que me golpee de nuevo. Necesito llevar su dolor, su sufrimiento. Necesito su violencia. Brutal. Inquebrantable. Dura. Forzada.

 

Necesito sentir en cada centímetro de ser físico que soy suya, que existo bajo su voluntad y para su único deseo.

 

Azóteme y llevaré sus marcas con orgullo. Las llevaré sabiendo que son un producto de su furor, de su energía y de su alma. Y, luego, déjeme…

 

Enciérreme. Frío y temblores y sola, para bailar en el filo del dolor que me ha dado. Para hacerme reflexionar, para saber que soy de su propiedad, su objeto y su sumisa y para saber cuál es realmente mi sitio.

 

El único consuelo que necesitaré, es saber que usted es mi Amo y que tiene todo el derecho sobre su masoquista.”


…me escribió ella.

sábado, 21 de junio de 2014

Variedades de dolor

No es ningún secreto el hecho de que me gusta hacer daño a las mujeres sumisas. Me excita verlas retorcerse y encogerse, oírlas jadear y gemir. La mayor parte de todo lo que me excita, es sentir lo húmedas que se ponen entre las piernas, para saber cuánto las excita el dolor.

Con los años, me he convertido en un gran estudioso del dolor, explorando sus diferentes modalidades. Por supuesto, aquí no sólo estoy hablando del dolor erótico. Oír a un niño gritar o ver a un animal enfermo es insoportable para mí. Pero ver a una mujer guapa retorciéndose entre sus ataduras, ver esa mirada en sus ojos, todavía medio asustada, y desearlo a pesar de sí misma, eso es puro placer. Y siempre es fascinante ver exactamente cómo responde cada mujer. Ellas varían mucho, tanto en lo que pueden recibir, como con qué tipo de dolor se sienten más excitadas.

Para mí, sólo hay unos pocos tipos específicos de dolor en los que estoy interesado infligir. Sé que hay algunos dominantes que golpean y patean a sus sumisas y a estas parecen gustarle o dicen que les gusta. Pero, eso no me atrae. No busco causar daños graves y ese tipo de avasallamiento no tiene la forma correcta de la atracción estética.

Lo que me gusta provocar, es un dolor que esté muy centrado, corto y agudo, un dolor picante y que se aplica en una parte erógena del cuerpo. Por lo tanto, disfruto mucho de las bofetadas en la cara, aunque tienen que ser aplicadas con control y necesitas monitorizarlas o controlar sus respuestas con sumo cuidado. No todas las mujeres responden bien a esto. Lo mismo pasa con los tirones de los pelos. Con un giro repentino y bien ponderado de los cabellos, se pueden conseguir excelentes resultados. Algunas mujeres van directamente al subespacio.

El pinzamiento de los pezones es uno de mis tipos favoritos. El tipo de pinzas adecuadas pueden generar un dolor blanco y ardiente, como las agujas penetrando la carne. En especial, me inclino por las pinzas mariposas japonesas, con sus dulces trocitos de goma cubriendo los dientes, que aprietan más y más contra más se tira ingeniosamente de las pinzas. Como he dicho antes, las mujeres varían mucho en su tolerancia. He conocido a un par de ellas que, una vez que se empieza con las pinzas, parecen ponerse excesivamente ávidas de dolor, queriendo más y más. Le quitas las pinzas y, está claro, que ellas quieren volver a tenerlas de nuevo, incluso si una sumisa se supone que no pide lo que quiere. No hace mucho tiempo, hice que una chica se masturbara con sus pezones pinzados. Observar su cara, mientras disfrutaba de esa combinación especial de dolor y placer, fue una experiencia maravillosa para mí.

Y luego, por supuesto, son las zurras. Una vez más, yo prefiero los implementos que imparten escozor o picor más que los del dolor sordo. No me gustan las paletas (recuerdo un episodio absurdo con una paleta de pingpong, un instrumento muy ineficaz). Me gusta usar mis manos. Es una sensación muy especial recibir uno mismo un poco de picor. Una vez que da un escalofrío extra adicional, es como si yo estuviera preparado para sufrir un poco con el fin de que ella sufra más. ¡Cuán noble es este auto-sacrificio por una buena causa!

Me encantan el strap o tira de cuero y el tawse, que no solamente hacen un hermoso “crack,” ya que atacan a la piel, sino que deja una buena raya, bien definida en el trasero, calentándolo ya que imparte un encantador rubor rosado en  sus nalgas. Me gusta usar también mi cinturón, aunque, a veces, algunas se pongan nerviosas como resultado de un par de azotes mal cronometrados por mi parte. Esto hace que me sienta mortificado por mi torpeza. Es saludable darse cuenta de que hay una línea muy fina entre el dolor que excita y el dolor que aliena. Es muy fácil golpear a una mujer de una manera errónea, con el ángulo equivocado o en un lugar que no produce el efecto deseado de excitación. Es por eso que siempre, es una mala decisión para el dominante dejarse llevar y empezar arremetiendo en la zona no adecuada. La concentración es esencial.

No puedo terminar este post sobre el dolor sin mencionar la cane. No hay duda de que la cane puede hacer más daño que cualquier otro tipo de implemento y la mayoría de las sumisas la temen, aunque, con frecuencia, en la medida que la gente tiene miedo de las películas de terror que, siendo capaces de mirarlas, todavía se sienten demasiado fascinadas al alejarse. El tipo correcto de cane puede producir un dolor muy profundo y puede hacer las mejores marcas de todos los implementos. Verdugones paralelos, justo en el mismo centro del trasero, un testimonio apropiado de la habilidad del spanker y el espíritu de la mujer, la sumisa o la spankee.

miércoles, 18 de junio de 2014

La ruptura de una relación

Con los años, he escuchado muchos relatos e historias de mujeres, jóvenes y no tan jóvenes, que resultaron heridas en sus relaciones D/s debido a una ruptura de la relación.

Muchas de estas mujeres hablan de una inmensa sensación de vacío, a veces, sentida durante meses e incluso años, después de que la relación terminara.

Ahora, hablamos con frecuencia de la profundidad de la emoción y el compromiso que estas relaciones requieren y, está claro, que esto hace que cualquier ruptura, ya sea amistosa o no, es sumamente dolorosa y difícil. Sí, mucho más dolorosa que una ruptura típicamente vainilla.

Pero, hay más. En este tipo de relación, una sumisa invierte enormes cantidades de tiempo y energía en agradar a su dominante. Éste ha sido toda su vida, hasta el punto que le hubiera parecido como una obsesión por un extraño. Es, en gran medida, inherente a la unión en la D/s. Ella acepta la dirección, la orientación, permite otra regla o normas en su vida y, mientras tanto, felizmente satisface sus necesidades más profundas.

De este modo, al abrirse enteramente a su dominante, es inevitable que ella se haga dependiente de su orientación y, por lo tanto, vulnerable. No sólo de una manera romántica y sexual, sino también en su vida diaria, en las actividades cotidianas, en cada cosa que ella haga. Todo lo que ella hace, lleva la marca de su dominante. Así es el camino de la conexión en una relación D/s.

Por lo tanto, cuando esta conexión falla, cuando este vínculo se rompe e, independientemente de la causa, la sumisa pierde mucho más que su dominante, amante o pareja. Además de la angustia y el potencial sentimiento de traición, ella pierde el foco central de toda su vida, la dirección y la voz que guiaba cada cosa que hacía. Y sí, no nos engañemos, incluso una relación de sólo unas pocas semanas o meses puede tener un efecto tan devastador.

Es un vacío, un sentido de estar perdida que es casi imposible de comprender. Y pocas sumisas en esta situación tienen a alguien disponible que quiera comprender lo inmensa que es esta pérdida. Por supuesto, la única persona sobre la que ella ha confiado en todo, se ha ido. Lo cual exacerba el problema. Esto lleva tiempo, no hay una solución rápida y, por supuesto, ni tampoco una receta para la reinserción social de esta.

Las sumisas que pasan a menudo por estas situaciones, se describen a sí mismas como mercancías dañadas. “Nadie me querrá más” o “Yo no era una buenas sumisa.” Un agujero dejado atrás no se puede arreglar y, además no es fácil arreglarlo. (Correr hacia otra relación, aceptar el collar más cercano que se ofrezca, a menudo, de una manera muy tentadora, no es la forma de solucionar el problema. Es, en términos generales, una receta para el desastre).

Lo que se necesita, es una manera de llenar el agujero. Y empieza mucho como una recuperación después de cualquier otro desengaño. Pero, debido a la dinámica de la D/s, el mayor obstáculo y, al mismo tiempo, la cosa más importante para una sumisa es hacerse cargo de nuevo de su propia vida. La naturaleza abarcadora de una relación D/s y la dependencia inherente en la orientación de otro, puede que esto sea sumamente difícil.

Por supuesto, un oído comprensivo y una mano de apoyo pueden hacer la diferencia, algunas veces, una gran diferencia. Pero lo que se necesita es que la sumisa encuentre en el interior de ella misma que la misma fuerza que tuvo para arrodillarse, la use para ponerse de pie de nuevo. No hay un dominante con un cinturón cerca, por lo tanto, ella puede necesitar que le den una patada por detrás.

Es muy posible que algunas grietas se nieguen a desaparecer. Las marcas permanentes se quedarán atrás, aprende de ellas, son parte de una magnífica obra de arte en tu hacer. Úsalas como componentes básicos que son. Parte de la belleza más grande se encuentra en la aceptación y celebración de los defectos y la imperfección de la vida.

No estoy seguro de por qué, de pronto, fui contactado por varias personas que pasaban por este tipo de problema e inquietud. Aprecio que la gente confíe en mí con sus historias. Extender la mano y reconocer el dolor es el primer paso. Encontrar la fuerza para hacerlo sin la presencia y guía de otro dominante en tu vida, es lo próximo. Y a continuación, centrar toda esa magnífica fortaleza de seguir adelante. Esto es difícil, pero la fuerza requerida ya está ahí. Úsala, construye sobre ella y sigue adelante con tus hermosas grietas y todo lo que conlleva.



sábado, 14 de junio de 2014

Por favor, hágame daño

Sus ojos se mueven para encontrar su mirada, una súplica silenciosa escudriñando en la tímida desesperación. No se necesitan palabras.

“Por favor, hágame daño”

Tira de ella hacia él y la sostiene en sus brazos. Ella siente que exhala. Apoya su cabeza sobre su pecho y su cuerpo se relaja. Sus dedos se enredan ligeramente en su cabello, levantando su cabeza para mirarle a sus ojos. Ve la familiar sombra oscura al acecho, justo debajo de la superficie, mientras empieza lentamente con su mirada. Ve su hambre, su necesidad visceral, nubes de una tormenta perfecta. Ella busca consuelo desesperadamente, con seguridad, alguna medida de misericordia. No ve nada de eso en él y todo ello, al mismo tiempo, sus ojos parpadeando.

“Por favor, hágame daño”

Gira su cara con una ligera inclinación y la sonrisa de él es su única advertencia. Ella cierra sus ojos y siente que su mano aprieta con más fuera su larga melena. El picor de su otra mano contra su mejilla la hace jadear. Por un momento, él acaricia su cara suavemente y repite las bofetadas una y otra vez. Una, en una mejilla y otra, en la otra, aguantando su cabeza con su mano opuesta en cada bofetada. Sus rodillas se doblan ligeramente y su cuerpo tiembla. Ella abre sus ojos para permitir que sus lágrimas caigan y las besa a distancia, saboreando cada una como un regalo inapreciable.

“Por favor, hágame daño”

La pone de rodillas y la mira fijamente a sus ojos húmedos y enrojecidos. La observa cómo se eleva a través de las nubes oscuras de su tormenta perfecta y le sonríe antes de envolver su cuello con su mano. Ve su miedo, la anticipación y cómo el deseo puro la consume. Gime profundamente, mientras él acerca sus labios hacia los de ella. inhalando cada respiro que se escapa de los esfuerzos meticulosos de su mano, apretando más y más fuerte. La mira de cerca mientras las manos de ella se agarran a su brazo, su instinto de respirar luchando contra su necesidad de escaparse. Los ojos de ella se abren abogando por la fuerza y él se la da. Su propia necesidad conquista el instinto de ella e inhala su último aliento, mientras se desliza en la calidez de la oscuridad.

Los simples segundos pasan ante sus ojos abiertos y él está ahí y la sostiene. La mira a sus ojos vidriosos, una sonrisa hambrienta en sus labios y ella respirando febrilmente.

“Por favor, hágame daño”

La pone de pie y, en primer lugar, empuja su cara contra la pared. Con una mano en su pelo y con la otra, agarrando su cadera, presiona su cuerpo contra el de ella y le susurra en su oído. Ella nota el hambre en su voz y siente el calor que irradia su carne. No se mueve mientras él se aleja de ella.

“¡Por favor!”

Oye el silbido de la fusta detrás de ella. Se queda ahí, quieta, apoyando su frente contra sus manos sobre la fría superficie de la pared, esperando…

“A que usted me haga daño.”

martes, 10 de junio de 2014

¿Qué es?

De vez en cuando, se me pregunta si puedo explicar el atractivo de la dominación sexual. Una lectora me dijo que, a pesar del gran esfuerzo que hizo para describirle a su marido todo lo que trata la D/s, no consiguió que lo entendiera. Bueno, no estoy seguro de que yo pueda traducir en palabras cuál es el secreto para traer a casa a un escéptico. Puedo tratar de explicar lo que pasa por mi cabeza, pero mientras él no pueda captarlo intelectualmente, es probable que todavía no llegue a significarle nada. ¿Cómo le explicaría usted a un hombre gay el atractivo sexual de los cuerpos de las mujeres? Cualquier cosa que usted le diga, no va a permitirle compartir su placer. O incluso, hacer que lo desee.

Pero bueno, vamos a intentarlo. El rumor, la oleada de emoción viene del ejercicio del poder. Procede de la sensación de saber que cuando usted dice “ven aquí,” ella vendrá. No discutirá, no preguntará por qué o qué voy a hacer. Ella sólo sabe por el tono de voz y la expresión de que estoy en el modo de Dominante. Y esto me da un cierto poder sobre ella. No es un poder que yo pueda ejercer sobre cualquier mujer. Ella tiene que ser receptiva, tiene que ser sumisa por naturaleza. Y, por supuesto, me tiene que responder personalmente. Ella tiene que gustarme, encontrarme atractivo, interesante, sexy, cualquier cosa. Y, especialmente, Dominante.

La sensación de excitación tan especial que experimento al ejercer mi poder viene, creo, del conocimiento de que esto es una clase diferente de interacción sexual de lo que se considera normal o vainilla. No tengo que preguntar si le gusta lo que estoy haciendo, no tengo que persuadirla, convencerla o sobornarla para me deje hacer lo que yo quiera. No tengo que hacer algunas cosas que ella quiere a cambio. Todo lo que ha sido puesto en suspenso, aparcado, si quieres. No es que no me importa lo que le gusta o no me haya tomado la molestia de averiguarlo. En realidad, tengo un conocimiento muy profundo de lo que exactamente le gusta, en particular, incluyendo todas esas cosas que ella no está segura de que le gusten o solamente le gusta cuando está en el subespacio o avergonzada de gustarle porque son morbosas o peligrosas o lo que sea. Pero, la cuestión es si a ella le gusta dejarme hacer lo que yo quiero, lo cual ya ha sido establecido. Ella ya dio el consentimiento de antemano. Tengo carta blanca. Sí, por supuesto, hay límites. Siempre existen límites.

Pero, eso deja mucho espacio para trabajar.

Por lo tanto, cuando digo, “ven aquí,” sabe que voy a hacer con ella lo que yo quiera. Y sé que sabe, que lo sabe, aunque pudiera resistirlo no le hará nada bueno. Pero, la excitación depende de algo más que esto. Tiene que haber una conexión, el circuito tiene que ser cerrado. Tengo que saber que ella se excita con esto. El verdadero placer para mí viene, al saber que ella quiere entregarse. No hay placer alguno en azotar a una mujer que lo odia. Eso no es dominación, eso es abuso. La excitación para mí procede de saber que ella no puede valerse por sí misma, quiere esto, lo necesita, pero, al mismo tiempo, me necesita para hacer que lo haga. Entonces, le demostraré lo mucho que ella lo quiere y lo necesita, incluso, más de lo que está preparada a admitir.

¿Y cuáles son esas cosas que quiero hacer? Esencialmente, quiero imponerme físicamente, azotándola, atormentando sus pezones o lo que sea o psicológicamente, forzándola a hacer cosas que ella instintivamente siente que son vergonzosas, como hacer que se exponga para mí o para otros hombres, someterla a instrucciones humillantes (arrodillarse, pedir o arrastrarse) o simplemente, dejar que sea usada para mi placer. Para mí, la esencia de la dominación sexual es conseguir que una mujer haga cosas que las chicas normalmente se resisten a hacerlas. Es algo que ella no puede esperar a hacerlo, entonces, es casi dominación. En realidad, una mujer puede disfrutar de los azotes, pero creo que para que sea un acto de la D/s, hay que azotarla un poco más fuerte de lo que ella está preparada. Hacerla que jadee o chille o grite.

El placer está en conseguir entrar en su cabeza, de sentir sus respuestas, casi literalmente, en la punta de tus dedos, sintiendo su deseo de ser controlada, para ser usada, a pesar de sí misma, y explorar esto hasta sus límites.

Bueno, no estoy seguro que esto clarifique la mente de alguien que no lo entiende. ¿Qué más puedo decir? Tal vez, al final, sea algo que no puedes explicar, sólo la experiencia. Creo que sabes cuándo lo sientes. No puedes confundirlo con cualquier otra cosa. Y una vez que lo has sentido, el sexo vainilla es bueno, muy bueno y está bien, si es de tu gusto. Pero para mí, me gusta un sabor más complejo y más fuerte.

viernes, 6 de junio de 2014

La evolución de un sádico

Creo que siempre ha sido un parte de mí. Un poco de una parte oculta mía. Algo que me negaba a reconocer. Cuando miro hacia atrás, honestamente, puedo decir que he disfrutado al infligir dolor, físico o mental, durante la mayor parte de mi vida. Sin embargo, me han llamado sádico y me he sentido ofendido.

En mis inicios como dominante, tuve una relación con una chica y ambos éramos muy morbosos.  Pero, hubo momentos durante el sexo en  que me gustaba profundizar más y ella jadeaba o gritaba. Yo le preguntaba si estaba de acuerdo. “Es un buen dolor,” me replicaba. Y me metía más profundamente en ella y con más fuerza hasta que me pedía que me detuviese. Hubo los cachetes ocasionales en su culo y los pellizcos en sus pezones, mordiscos y arañazos, pero nada más allá de eso. La típica pareja vainilla pensando que estaban haciendo cosas pervertidas de vez en cuando. Pero, yo disfrutaba mucho más del sexo cuando le infligía un “buen dolor.”

Este tema corrió a través de la mayoría de mis relaciones. La perversión suave y el dolor provocado por la habilidad para jugar a las palmaditas en su cuello uterino. Cada vez que yo tenía una pareja la disfrutaba con ese dolor e intentaba provocarlo intensamente. No solamente para ella, sino porque era mejor para mí. Por supuesto, en ese entonces, me negué a creer que me gustaba mucho. Era “erróneo” hacer daño a alguien. Yo solamente lo hacía porque le gustaba a ella.

 

Una noche, yo estaba con una mujer y me pidió de plano que la hiciera daño. Diseñé la única experiencia práctica que yo había tenido de causar algún dolor real arañándole su espalda. Dejé marcas a lo largo de la misma, de su trasero, muslos y brazos. Fue excitante. Mientras arañaba su piel, me convertía en más agresivo. Una vez más, me convencí que sólo lo estaba haciendo por ella. Aunque todas las señales físicas indicaran lo contrario.

 

Incluso en este caso, si lees algunos de mis primeros escritos, yo proclamaba que no era sádico. No sentía ningún placer al hacer daño a alguien. Esto lo hacía para ella, pero no conseguía nada de la experiencia, aparte de estudiar sus reacciones. Lo cual es parcialmente verdad. Me encantan las reacciones. ¡Oh cómo me encantan las reacciones!

 

Una noche, después de azotar a esa chica con mi cinturón, me eché una copa de champán y, en broma, le dije: “Yo podría ser un poco más sádico.”

 

“¿Sólo un poco?” Exclamó ella.

 

Su respuesta sacudió algo en mí. Por primera vez, asumí que me gustaba mucho hacerle daño a ella, no es que la lastimara, puesto que ella lo disfrutaba.

 

Desde esa noche, he estado explorando este lado de mi personalidad, permitiéndome dar el placer que yo encontraba en sus jadeos, gemidos y gritos. Al darme cuenta que el sexo es mejor para mí cuando ella trata de rasgar la cama, agarrándose a las sábanas con fuerza para alejarse de mí, y yo tenía que arrastrarla de nuevo hacia mí, diciéndole: “No te estoy follando todavía.” Me reí cuando ella se levantó y trató de coger cualquier cosa con la que la estaba azotando y golpeando. Disfruté del miedo en sus ojos y de su nerviosismo en su “sí, Señor,” cuando mi voz disminuyó y se calmó, mientras yo gruñía en voz baja lo que la iba a hacer esa noche.

 

Me encantaba hacerle daño, me encantaba asustarla, me encantaba follarla en su mente y en su cuerpo. Me encantaba, no solo porque ella quería que le hiciera esas cosas, sino porque yo disfrutaba haciéndole esas cosas.

lunes, 2 de junio de 2014

Bajando

Beso su coño. Rodeo su clítoris con mi lengua. Me tomo mi tiempo, porque lo estoy disfrutando muchísimo. Y también, porque ella, previamente, me dijo que era muy improbable que se llegara a correr de esta manera y, por lo tanto, no hay ninguna razón para apresurar los acontecimientos. No es como si yo estuviera manteniendo su espera.

Creo que no es raro que, incluso, las mujeres altamente sexuales como ella, a veces, les resulte difícil llegar al clímax sólo con el sexo oral. Creo saber cómo funciona esto. Ellas lo disfrutan, se excitan mientras se lo hacen,  piensan que, quizás, conseguirán orgasmar esta vez, pero entonces, se toman un tiempo y empiezan a preocuparse de si el chico se está cansando. Un sobresaliente para él por mantener la marcha, pero, ¿no le está empezando a doler su mandíbula? Una vez que ella empieza a pensar de esa manera, no hay posibilidad de que llegue a correrse. Ella lo perdió. Perdió el momento y ya no goza de sus propias sensaciones, se está preocupando de él. Esto es una parte de lo que hace que, mujeres muy atractivas, se preocupen de cosas como éstas cuando,  en vez de ser un poco más egoístas, les pudieran haber servido para ser una mujer con experiencia. Pero, ellas son de esta manera. Son como son. No siempre, pero sí a menudo.

Después, cuando encontramos una manera diferente para que ellas orgasmen, lo hablamos un poco. (Esta es una de las cosas que tanto me gusta hablar con ella, que está articulada y abierta y siempre preparada para decir lo que ella siente de las cosas, especialmente, las sexuales. Me dirá lo que le gusta o lo que siente por lo que le hago. Creo que este tipo de comentarios no tiene precio).

De todos modos, ella dijo, y por supuesto, estaba encantado, que se sentía muy bien cuando yo estaba bajando por su cuerpo y que, tal vez, ella podría eventualmente ser capaz de correrse, después de todo, de esa manera. Sólo necesitaba relajarse y coger mi palabra, de que no debía preocuparse por el tiempo que se estaba tomando. Le aseguré que yo era mucho más que feliz siguiendo adelante, que era un placer y no una tarea.


Pero, en realidad, es tan agradable jugar con ella haciéndola esperar un rato. Incluso, tengo sentimientos contradictorios acerca de sus orgasmos. Voy a tener que ser cruel y burlarme de ella para hacerla esperar un poco más. Porque una vez que ella haya llegado al clímax, todo habrá terminado y es muy bueno hacer, lo que creo que me gustaría, para que se corra y siga.

viernes, 30 de mayo de 2014

El poder de las palabras

Las manos.
Mis manos alrededor de su cuello, su lugar favorito para lo que sea. Ellas aprietan y le duele. Es el tipo de dolor que su corazón sufre una y otra vez. Y luego, vuelvo a empezar.

Las palabras.
Las palabras que susurro en su oído. Palabras que desgarran su alma. Palabras que desgarran las paredes que ha tardado tanto en construir alrededor de sí misma. Todo está abierto, ella está abierta y quiere que se detengan, pero tiene que seguir escuchando. ¿Cómo puede, la cosa que más le gusta, ser la única cosa que la impide escapar de este torrente de palabras?

Se quema.
Se quema con el fuego interior. Está enojada y herida y quiere que esto pare, pero mi voz es hipnótica y mis manos tienen el control sobre ella. Teniéndolas ahí, con esa misma fuerza detrás de ellas, está satisfecha y es una mujer fuerte en un momento de debilidad. Un momento de lujuria, deseo y sexo, mezclados con las palabras que rasgan su interior.

Grita.
Porque no quiere oír las palabras. Quiere que se detengan, pero que se queden las manos. Quiere esa sensación reconfortante que la rodea en la nada, mientras trata de reconstruir los muros que la protegen a su alrededor. No quiere ser vista, no quiere que nadie la vea así. No puede permitir que la vean de esta manera, porque si la ven, entonces, es que yo la tengo. Y no puede dejar que yo coja esas partes de ella y las mantenga, ¿qué pasaría si no se las devuelvo? ¿Qué pasaría si la dejo, desaparecida, queriendo y necesitando, pero nunca teniendo?

Rompe.
Rompe en la nada las paredes finales, que se hacen añicos. Siente mi cuerpo fuertemente presionado contra el de ella y el calor de mis manos que nunca aflojan su control. Todo está fuera, todo está a la luz, veo las partes de ella que han pasado tanto tiempo escondidas, pero ya no está enfadada conmigo. Mis palabras se transforman en las palabras que ella necesita oír, pero la cortan aún más profundamente.

Llora.
Llora porque es vista. Es amada y querida y necesitada. Es amiga, es valiente y, sobre todo, es digna. Llora porque la pongo en la oscuridad, la presiono alrededor y le hago daño con mis palabras, sólo para traerla de vuelta a la luz. A una luz diferente a la que vió antes. Ésta es más intensa y caliente y hecha de las cosas que, a menudo, estaba ciega para verlas. Le duele el corazón al oír estas cosas, el que yo vea estas cosas en ella. Le  duele su corazón al ser presionado tan violentamente en la oscuridad, que no tiene más remedio, que enfrentarse a las cosas que más teme, porque vienen a la luz después de haberlas sentido.

Le  duele.
Le duele su corazón, su alma, su cuerpo y su mente. Le duele cada fibra de su ser, pero siente consuelo con este tormento. Existe un consuelo enfermizo en las palabras que estaban llenas de malicia y, de una mayor comodidad, en las palabras que ahora le hablan directamente. Mis manos se sueltan y ella se siente libre. Golpea sus puños contra mi pecho. Le duele y me hace daño. Me duele dejar a alguien en esta profundidad, sin importarme lo que mucho que lo necesita. Esto no detiene al dolor.  No le impide tener miedo, hasta que la deje ir…

Se deja ir.
Se deja ir, respira profundamente e intenta dejar de llorar. Se deja llevar por el miedo, el odio y la ira. Se deja llevar por todo lo que se construye dentro de ella. Se deja ir y convertirse en limpia de nuevo. Ella mira a la cara de esta persona que la sostiene. Mira a los ojos sonrientes de alguien que ve casi todo de nuevo por primera vez. Mis manos secan los restos de las últimas lágrimas que permanecían en sus mejillas. Manos que ya no la tienen confinada, sino que se aferran a las suyas.

Ella camina.
Ella se aleja, no más rota, necesitada o queriendo. Se aleja toda, no más dolor o daño. Se aleja…

Sí, porque no había manera de que pudiera resistirlo más.

lunes, 26 de mayo de 2014

¿Piensas que puedes ser Dominante?

Veo que mucha gente en este estilo de vida se ha aprovechado y han hecho mucho daño. No sólo físicamente, sino también, emocional. Los moratones se desvanecen y los verdugones desaparecerán, pero las cicatrices en el corazón son para siempre. Esas cicatrices se mantendrán y perseguirán a las sumisas durante el resto de sus vidas y, algunas veces, perjudicará a futuras relaciones.

Antes de asumir la responsabilidad  de esta enorme tarea, por favor, sopesa los pros y los contras. Pregúntate a tí mismo, si quieres esa responsabilidad que viene adjunta con el “título” de dominante. De verdad, ¿quieres tener a alguien, mantener a alguien en la palma de tu mano? ¿Quieres ser responsable de la persona que está al otro lado de la barra? ¿Eres emocionalmente capaz de realizar todas las tareas que se pueden requerir a un Dominante? Asegúrate de que puedes hacer lo que prometes o dices que puedes hacer, antes de empezar una relación.

Probablemente no, es posible que usted sólo quiera sexo morboso y disfrutar diciendo a sus amistades lo que hace. ¿Cree que porque usted tenga el título de Dominante, todas sus acciones estarán justificadas? No lo estarán. Exigir no significa dominar. Esto solo hace que usted sea un idiota.

No estoy diciendo que esto sea verdad en todos los casos, pero me parece que una inmensa mayoría de las personas no saben lo que significa ser un Dominante real. La palabra ha sido prostituida, parece haber perdido su sentido para algunas personas.

Los dominantes auténticos tienen corazón y sentimientos. Tienen lágrimas que derramar, lo mismo que todo el mundo. Esto no los hace débiles, de ninguna manera. Sin dudarlo, ellos abrirán su corazón para darlo todo para ellas. Se asegurarán de que sus sumisas sean siempre su máxima prioridad. Ellos no siempre reciben lo que dan, pero hacen lo que se necesita para nutrir a su sumisa y ayudarlas a crecer en algo hermoso. Abrirán sus puertas a su corazón y mente para mostrarle la mejor manera de evolucionar. Se tomarán su tiempo para conocer lo que  hace que la sumisa sea lo que es. Se meterán, de forma segura, bajo su ala para mantenerla a salvo de cualquier daño.

Las dinámicas de la D/s no son para tomárselas a la ligera. Las sumisas auténticas requieren mucho de sus dominantes y depositan toda su confianza y todo lo que tienen en él. Se entregan de forma abierta, aunque sea peligroso para ellas, pero esta entrega las libera. Le dan el poder a su dominante, incluso, para destruirlas emocionalmente, pero siempre confiando en él para que no lo haga.

Por lo tanto, posible o futuro dominante, asegúrate de que eres capaz de esto antes de salir hacia un viaje en el que podrías herir a una posible sumisa. Heridas que podrían destrozar su alma de sumisa y dejarla marcada para siempre.

Reflexiona antes de dar ese paso tan importante.

jueves, 22 de mayo de 2014

La palabra justa

De antemano, él le dijo exactamente a ella lo que quería hacer, hasta el último detalle. Ella le escuchó con atención, su corazón latía con fuerza. Ella temía que se le ruborizara la cara y que él pudiera percibir el efecto irresistible que sus palabras estaban teniendo. Pero entonces, a estas alturas, él lo sabía con seguridad. Después de todo, este fue el primer punto. Como había conseguido conocerla, y estaba convencido de sus pensamientos interiores más y más, incluso, de los que ella estaba avergonzada, ya tenía una idea más clara de qué era esa excitación, a pesar de ella misma. Él no pretendía saberlo todo; y sin embargo, no es así y, tal vez, nunca lo haría. Pero, ahora sabía lo suficiente por haber ganado un poder bastante aterrador para ella, miedo a que él pudiera obligarla a hacer cosas que, tal vez, nunca haría, cosas que ella temía, cosas que estaban en el límite y eran hasta un poco peligrosas.

Ella le dijo al principio, cuando estaban iniciándose en el intercambio de las listas de cosas que harían y no le gustaban, de que a ella no le importaba la humillación, no quería decretar ninguno de esos tipos de escenarios. Y luego, poco a poco, mientras que él hilvanaba cosas al margen de ella, ésta se vio obligada a admitir que se trataba de una farsa que, de hecho, la humillación la excitaba más allá de su poder para controlarse a sí misma. Ella admitió que era lo que más la excitaba.

“¿Es lo que quieres?” ella preguntó. “En realidad, ¿qué quieres?”

“Sí,” dijo él. “Es lo que, de verdad, quiero.”

“Muy bien,” dijo ella. Ésta lo quiso entender como si estuviera haciéndolo por su bien, justo para agradarle. Pero, ella podía ser honesta consigo misma, a pesar de que no era del todo honesta con él. Quería que él también lo fuera. Cuando pensaba sobre ello, sus rodillas temblaban y había una humedad testigo en sus bragas. Su cuerpo no mentía.

Y ahora, ella estaba a su merced. Al pasar por el pequeño escenario que él planeaba, ella quiso decir, “no, por favor, no puedo hacerlo, no puedo. Pues, sabía que no serviría de nada, ni ahora ni después, de que él hubiese descubierto la verdad. Por lo tanto, ella escuchó en silencio hasta el final, cuando él la preguntó lo que pensaba.

En los días previos, antes de la fecha que él había establecido para el evento, ella pensaba, una y otra vez, sobre lo que él la había dicho. Algunas veces, deseaba que no fuera a suceder. Otras, incluso pensaba en suplicárselo, “por favor, no creo que pueda seguir adelante con esto, por favor, no me lo haga.” Pero, ella pensaba que si dijese eso, se sentiría defraudada. Porque él sabía lo que ella era. Sabía lo que le podría hacer que hiciera y la razón por la que podría ser obligada a hacerlo.  No era sólo que él tuviera poder sobre ella (¡y qué poder tenía!). No, la razón por la que él podía obligarla a hacerlo, era porque  sabía que ella había pensado mucho sobre esas cosas, había pensado mucho antes de que, incluso, se hubieran reunidos. Ella no había cambiado. Ahora, la única diferencia que iba a haber, es que sus pensamientos se iban a hacer realidad.

Aún así, cuando la dijo que había encontrado un hombre para hacer lo que él quisiera, ella casi entró en pánico. Lo miró suplicante, medio esperando que dijera, “¿estás de acuerdo con esto? Porque si no, lo suspenderemos.” Pero, él no dijo eso. En lugar de ello, dijo: “Es lo que hemos estado buscando. Él será el adecuado. Le he explicado exactamente lo que puede y no puede hacer.” Ella pensó en pedirle que pasara de esto otra vez, de lo que puede y no puede hacer. ¿Había cambiado algo? ¿Lo que le había dicho al hombre, era lo mismo que le había dicho a ella? Pues entonces, pensó que era mejor no saber los detalles. “Sólo me obsesionaré con esto. Mejor que me ponga en sus manos. En sus manos. Me someteré, me dejaré llevar. Lo que tenga que ser, que sea. De esa manera, yo no soy responsable. De esa manera, no podrá culparme de que sea una puta.”

Es curioso, cómo la palabra llegó a ocupar un lugar central en el proceso. Al anochecer, conocieron al hombre en un bar. No había mucha gente. Buscaron un rincón tranquilo. La conversación divagó durante un rato. Entonces, el hombre le hizo una pregunta directa: “¿Es una buena chica?” “Me temo que no, no,” fue la respuesta. Y su compañero se volvió hacia ella y dijo, en ese tono que ella conocía tan bien, y la convirtió en gelatina:

“Muéstrale al caballero lo que tienes escrito en tu cuerpo.” Y allí mismo, no había la más mínima posibilidad de que pudiera ser evitado, ella tuvo que levantar su falda, mirando rápidamente por los alrededores para ver que no la miraban y luego, se bajó ligeramente las bragas y allí estaba escrita esta palabra en rojo sobre su vientre: “Zorra.”

domingo, 18 de mayo de 2014

La verdad de este blog

Cuando empecé por primera vez este blog, sentí una tremenda sensación de liberación. Yo había pasado los años anteriores sin darme cuenta de mi sexualidad, viviendo una mentira. Bueno, tal vez eso sea demasiado melodramático y el melodrama no es el género habitual de un andaluz de clase media. Digamos que una parte de mí, una parte que cada vez estaba asumiendo más y más una importancia primordial, se había mantenido en las sombras.

Uno o dos amigos íntimos sabían la verdad de lo que yo era, lo que yo quería y lo que hacía al respecto. Pero, muy pocos. Creo que alguien que esté leyendo este blog, es probable que sepa cuán imposible es admitir abiertamente las preferencias sexuales de uno si son morbosas. La gente no entiende. No quieren entenderlo. En absoluto, prefieren no tener que pensar sobre este tipo de cosas. Y sospecho que ellos no se frotarán la nariz contra esto si no lo desean. Pero es sólo, saber lo importante que son estas cosas y no ser capaz de decírselo a nadie.

Todavía pienso que tener un blog es una liberación. Aquí, puedo decir cosas que no puedo decir en ningún otro lugar, en un espacio público. Esto ayuda a compensar el hecho de que, a pesar de que estoy en una situación mucho más libre de lo que solía estar, todavía no he “salido del armario,” por así decirlo. Un montón de gente que me conoce, no sabe lo que siento. Pero, al menos, tengo una salida en el blog. Es que no tengo ninguna idea ingenua para decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad.

Así que, cuando empecé este blog, yo pensaba: “Esto era maravilloso.” Nadie sabe quién soy y puedo decir exactamente lo que pienso y cómo siento. Puedo decir todo sobre las cosas que hago y las cosas que quiero hacer con total franqueza. No quiero ser furtivo, no más rodeos (una metáfora interesante, dado el contexto de la D/s, pero no vamos a desviarnos). Puedo hablar a la gente sobre mis gustos por los azotes y otros deseos extraños, incluso puedo decirle a la gente con detalle las cosas que he hecho. Por supuesto, los nombres tienen que ser protegidos. Pero, bajo el manto del anonimato, todo puede ser revelado.

Qué poco sabía yo. Puedo ser extremadamente ingenuo. No pasó mucho tiempo para darme cuenta, por ejemplo, que esconder u ocultar los nombres no garantizaba el anonimato. Yo estaba ya dejando pistas (no voy a decir las que eran) sobre mi identidad. Es un mundo pequeño y una vez que dejas escapar un par de cosas sobre lo que haces para ganarte la vida, las personas inteligentes empiezan a sumar dos y dos juntos. Una o dos lectoras consiguieron contactar conmigo por email y las permití conocer mi primer nombre. En un instante, una chica muy inteligente localizó mi identidad. Eso fue un chequeo a mi realidad, aunque como se vio después, era totalmente fiable.

Pero, pasar desapercibido, no eran tan fácil como yo pensaba. Tan pronto como lo descubrí, de hecho, yo no podía decir sólo lo que me gustaba. No podía ser del todo franco sobre lo que hacía y lo que pensaba, porque siempre involucraba a alguien más. Y yo sabía que tenía que respetar el deseo de los demás por su vida privada. Es mi blog y decido lo que se escribe aquí. Pero, esto no significa que yo solamente pueda pensar sobre mí mismo. La gente varía en la medida en que están dispuestas a hacerlo público.


A algunas mujeres, no les importan que yo haga revelaciones ocasionales acerca de hasta donde llegué con ellas, siempre y cuando no manifieste su identidad. Pues, no tengo ningún derecho a decir cosas que ellas preferirían mantener ocultas. Todo el mundo tiene que mantener sus apariencias para protegerse, proteger a su familia o para lo que sea. Y a algunas personas, simplemente, no les importan exponer los detalles íntimos sobre su vida sexual, como si nadie pudiera decir que eran ellos. He intentado respetar eso, aunque mis propios instintos sean lo más abiertos posibles.

miércoles, 14 de mayo de 2014

No es un orgasmo lo que necesito

Hay algo más que fornicar. No pido la fusta para que me fastidies. No le presento el cinturón con los dientes, para que me azote y me corra. Recibir un azote no es el medio para orgasmar.

Estoy aquí para que ponga mi piel en llamas. Quiero sentir cómo la anchura de la paleta de madera dora una marca en mi muslo. Azotarme con el flogger no es algo con lo que sueñe, porque me gusta el sexo. Quiero sentarme con los ojos vendados, mientras se mueve para hacer lo que le plazca, al hacer que mi mente se arremoline de posibilidades.

Quiero que se burle de mí con el dulce pincel de la punta de sus dedos, mientras asalta mis nalgas con la palma de su mano. Mi coño es la última parte de mi cuerpo en la que estoy pensando. Correrme no es mi prioridad. Al coger el cinturón de mis hombros, siento que muerde con fuerza en mi clavícula. Su mano acariciando los verdugones hinchados de mi piel, sus dedos amoratando mis caderas.

Si yo quisiera sexo, me pondría debajo y le permitiría que pusieras tu verga dentro de mí, movería mis caderas y me correría. Necesito algo más que un orgasmo. Necesito tener un dueño, ser poseída. Sentirme dominada. Mi cerebro necesita perder el control. Mi mente necesita ser seducida y castigada, tanto como mi cuerpo.

Si mi orgasmo es lo que usted quiere, provóquelo y cójalo. Provóqueme. Úseme. Soy suya y también me puede usar de la manera que quiera y necesite. Todo lo que digo, es que esto no es sexo. Instrúyame. Disciplíneme. Ámeme. Poséame. Dígame que le pertenezco.

Los orgasmos son fáciles. Se necesitan unos minutos y los últimos segundos. Estoy pidiendo más. Se lo ruego. Domíneme, por favor…

Le decía ella a su Dominante…

viernes, 9 de mayo de 2014

Sueño de una masoquista

Arrodillada ante él, mientras le venda los ojos, las cuerdas mordiendo su piel más y más fuerte. Levantando sus pechos pequeños y sacándolos hacia adelante con la presión de la cuerda que los rodean. Respira profundamente y empieza a hundirse en la parte favorita de su mente.

Ella se siente pequeña y segura, los ojos cerrados bajo la venda y se sonríe para sus adentros, mientras se hunde más y más. Le acaricia sus pechos con la cuerda. Él es suave y metódico con sus movimientos. Se burla de ella mientras trabaja. Sus brazos empiezan a dolerle de tener las manos sobre su cabeza por lo que le parece mucho tiempo. Le recuerda que debe mantener sus manos en esa posición, mientras ella se mueve un poco para dejar que descansen sobre sí misma. Queman y se pregunta cuánto tiempo tiene que tenerlas en esa posición. Ella quiere hacerlo bien, no quiere fallar tan pronto. Está decidida, pero se siente agotada porque tarda mucho tiempo en decirla que las baje para ponerse a cuatro patas.

Al levantar su falda, él frota sus nalgas y luego, las azota. El flujo y reflujo empieza y ella está volando. Se inicia muy rápido y ella está asombrada. Cuando la azota, ella vuelve a la realidad. Luego, vuelve a iniciar el vuelo dentro de sí misma, mientras le permite recuperar su aliento, sólo para volver a azotarla.

Ella está en una silla y le ata sus manos a la misma. Sólo está sentada, respirando con fuerza, sintiendo las ataduras rudas  de las cuerdas alrededor de sus pechos, mientras inhala profundamente. La cuerda muerde sus brazos. Se asegura de que tenga la clave en mi mano. Es su señal de seguridad. Todo lo que tiene que hacer es dejarla caer. Siente la  respiración de él sobre ella, mientras le susurra cerca. Su voz la reconforta y quiere ir más lejos, confía en él, no quiere que esto termine nunca.

Siguen tantas sensaciones. Él la hace gemir, gritar y sollozar. Le encanta oírla en el dolor. La cálida quemadura seguida por la mordida de una cane, sus tiernos pezones palpitando en el dolor. Ella no sabe cuánto tiempo más podrá seguir adelante, no quiere que termine. Pero, el dolor es tan intenso. Una vez más, él retira las pinzas y ella grita de dolor. Luego, vuelve a hacerla llorar de nuevo. Le susurra otra vez, le está haciendo el bien y se complace. Ella puede ir más lejos, pero no quiere cosas que detengan el ritmo, quiere seguir más allá.

Otra vez, de rodillas. Siente que entra en su boca y lo quiere todo. Es cuidadoso y considerado, pero ella quiere probar su piel y no el látex que lo rodea. Quiere agradarle adecuadamente y después de un rato, él se detiene. Ella se congracia con su semen caliente sobre sus pechos y boca. Mueve su lengua a través de la apertura de la mordaza y lo saborea. Se siente satisfecha porque ha terminado. Por el momento, no ha concluido de hacerla daño.

De nuevo, a cuatro patas, y su mente vuela, aún más profundamente que antes. Elevándose mucho más. Quiere más, está más codiciosa. Ha esperado tanto tiempo este momento con él y ahora que está allí, no quiere que termine. De vuelta al mundo, con un golpe fuerte, incapaz de recobrar la respiración mientras sigue aumentando la sucesión de azotes de forma rápida. Le duele y le quema, mientras su cuerpo empieza a fallarle. Esta vez, su determinación no es de rivalidad. Ella resiste mucho más de lo que pensaba, pero no puede aguantar más.

La dice que se siente sobre las rodillas de él, le pregunta si quiere que pare. Si él es feliz, ella, también. Le desata las cuerdas, siendo tan gentil y metódico, rozando sus pechos blandos. Así que ella se levanta. Está en el cielo, aunque, y no es comparable, con lo que tuvo que soportar antes.

Hablan sobre la sesión y luego, acerca de las cosas normales. Ella está volviendo al mundo real, pero no del todo. Quiere volver. La dice que ha sido suave con ella. La próxima vez, la sesión será más larga y mucho peor. Aunque, lo desea, el pensarlo la excita de nuevo. La lleva a casa y ella quiere abrazarle, mostrarle algún tipo de afecto para testimoniarle su agradecimiento por la sesión. Ella no sabe si está bien o no, así que lo deja.

Al día siguiente, ella está dolorida. Aparecen los moratones en diferentes lugares de su cuerpo, sólo al moverse, la devuelve a esos maravillosos momentos.

Han pasado dos días y ella todavía sigue volando…

martes, 6 de mayo de 2014

Amor y sexo

Hace algún tiempo, yo estaba viendo una película, una historia de ciencia ficción más bien insulsa, titulada “No me dejes ir,” realizada por un par de actrices inglesas del tipo que los americanos, con frecuencia, las dotan y yo sólo las encuentro anémicas. De todos modos, en un momento dado, alguien dice: “En efecto, las mujeres son siempre desagradables a los hombres que más les gustan.” Y yo pensé, ¿siempre? Hummm. Tal vez, a veces, ocurre. Y luego, pensé en una novela que acabo de terminar, una que me dió mucho placer. Se llama “Las travesuras de la niña mala,” escrita por Vargas Llosa, quien recientemente ganó el premio Nobel de Literatura.

No dejes que esto te desanime. Es una historia convincente de una obsesión erótica de un traductor e intérprete peruano que vive en Paris. Siendo muy joven, se enamora de una chica que es también de Perú. Durante décadas, ella le atormenta. De vez en cuando, le permite hacer el amor con ella, viviendo con él de vez en cuando e, incluso, hasta el punto de casarse con él. Pero, en cada encuentro, que es solo una cuestión de tiempo antes de que ella lo deje, se va con otro hombre con mejores perspectivas: un propietario inglés de caballos de carreras, incluso un gánster japonés (cuyo fetiche es verla follar con otro hombre). Cada vez que el héroe jura olvidarla, cada vez la coge para que vuelva.

¿Por qué? Algunas veces, supongo, no hacemos lo que es bueno para nosotros. Recogemos lo que nos excita, no lo que nos hará más feliz. Si hay una cosa que he aprendido y me ha costado mucho aprenderla, es esta: el amor y el sexo no son la misma cosa. La excitación sexual y la satisfacción emocional no siempre van de la mano. De acuerdo, sé que eso es obvio. Tal vez, las mujeres instintivamente lo saben mejor que los hombres. El problema es que hay un mito de cómo se supone que tiene que ser: el que pierde su corazón es el que calienta sus lomos. O viceversa.

Espero que, aquí, todos seamos adultos. Deberíamos ser capaces de distinguir una cosa de la otra. Pero, actualmente, no es tan simple. Porque si usted encuentra a una mujer que, de verdad, le ama sexualmente, que le lleva a una dimensión diferente, que le abre expectativas sexuales que nunca ha sabido que existieran, ¿es de extrañar que se sienta emocionalmente vinculado? El gran sexo se desbloquea emocionalmente. Usted puede conseguir llevarlo lejos, tal vez, a un lugar en el que siempre ha deseado estar, pero tal vez, a un lugar donde no debería ir. El amante de la Niña Mala nunca se siente y se pregunta a sí mismo, si él hubiera sido más feliz sin saber de ella. Ciertamente, él es consciente de que su vida hubiera sido mucho más pacífica y, tal vez, esto es lo que mucha gente quiere. Pero, no todo el mundo.

Usted podría preguntarse qué tiene que ver esto con la D/s. No mucho, excepto que yo tiendo a pensar que las relaciones sexuales D/s son más intensas y, por lo tanto, tienen más probabilidades de generar una especie de movimientos sísmicos que haga, que un edificio aparentemente sólido, se venga abajo:

“Un estremecimiento se engendra allí, en el lomo. La pared destruida, el techo y la torre, en llamas. Y Agamenón, muerto,” parafraseó el literato.

Por aquel entonces, también vi otra película francesa, titulada: “Dejando,” protagonizada por Kristin Scott Thomas como una ama de casa casada, de clase media, aparentemente feliz, que empieza una tempestuosa relación con un albañil que viene a trabajar a su casa. Él es totalmente inadecuado, expresidiario y sin dinero; su pasión destroza sus vidas y termina en desastre. No sé, si se puede decir que valió la pena para ellos. Pero, la forma en que la película lo describe, no hay manera de evitarlo. Algunas veces, no se está en el control de hacia dónde van las cosas.

Una y otra vez, me he preguntado si el calor blanco de una relación D/s  está siempre destinado, y a tiempo, para quemarse por sí mismo. Sin embargo, ¿podría dejar brasas de afecto que aún brillen y podría mantener el calor para siempre? A mí, todavía no me ha sucedido, no todavía de esa manera.

viernes, 2 de mayo de 2014

"Córrete para mí"

Me encantan estas palabras, tres palabras sencillas que envían escalofríos a mi espalda. “Córrete para mí,” mi mano alrededor de tu garganta, cuidando de no apretar tus delicados huesos, pero lo suficientemente fuerte para recordarte que me perteneces.

“Córrete para mí,” un  beso profundo y, echando para atrás tu cabeza, mientras te llevo mi deseo por tí. “Córrete para mí,” tu respiración acelera el ritmo de tu corazón. Lo siento a través de tu cuello, lo siento mientras te beso, como el aliento cálido de tu nariz aplastada contra mi mejilla.

“Córrete para mí,” tus caderas empiezan a moverse. No puedes pararlas, me quieren dentro de tí, eres mi juguete y tu cuerpo sabe quién es su dueño. “Córrete para mí,” los gemidos y quejidos empiezan a escaparse de tu garganta. Tus caderas se mueven más rápidas, más caóticamente, mientras tu cuerpo pierde su lucha contra la lujuria que te domina.

“Córrete para mí,”, sé lo que quieres, estás fláccida entre mis manos, un gemido, tu cadera empujando la bola del deseo, y tu necesidad. Eres tan hermosa como tan increíblemente caliente. No es de extrañar que yo te haga esto muy a menudo. Me encanta ver cómo te pierdes en el mundo del placer sin nada más que un beso y una caricia.

“Córrete para mí,” sé que tus bragas se están humedeciendo, me encanta tu humedad y lo preparada que te pones para mí. Me encanta saber que estás sufriendo por mí. “Córrete para mí,”  porque sé que estás preparada y es hora que te lo recuerde.

“Córrete para mí,” digo las palabras en voz alta y, a continuación, te las susurro en voz baja en tu oído y tu cuerpo se desmorona.

“Córrete para mí,” tu respiración se acelera, un gemido de éxtasis suave comienza muy dentro de ti, amenazando con rasgar tu boca, mientras luchas por mantenerte quieta. Tus caderas tiemblan y se estremecen, los espasmos incontrolables de tu cuerpo.

“Córrete para mí,” siento el orgasmo vibrando incontrolablemente a través de tu cuerpo, el éxtasis borrando durante un tiempo todo tu pensamiento racional. Siento tus rodillas doblarse y te apoyo en mis brazos, mientras te derrumbas en mí. Tus manos hacia arriba y se aferran a mi espalda, tirándome hacia tí. Es increíble verte. La manera en que, obedientemente, haces lo que te digo. La forma en que te entregas a mí.

“Córrete para mí,” el orgasmo continúa su camino hacia éxtasis. Observo que empiezas a venirte abajo, pero no he terminado contigo. Me gusta ver cómo te corres de esta manera y quiero verte más. “No pares de  correrte para mí.” Te digo y tu cuerpo se enroca en otro cataclismo de sensaciones. Este parece más intenso que el anterior. Los quejidos y gemidos se intensifican y me siento increíblemente excitado.

Me encanta el poder, la sensación del  control y la increíble intimidad de todo este acto. Me encantan esas tres palabras. Me encanta que me obedezcas.

Tal vez, deberías abrigarte.