domingo, 22 de abril de 2012

Los azotes desde la perspectiva de un Dominante

Quiero exponer, desde la perspectiva de un Dominante, algunas ideas sobre lo que induce a los hombres a desear intensamente a azotar a una mujer. Por lo tanto, señoras y sumisas, les aportaré mi experiencia.

En primer lugar, diré que azoto para excitar, despertar, castigar, convencer y, substancialmente, para magnificar el placer sexual de mi sumisa o mujer. Descubrí que los azotes eróticos son la forma más increíble del juego previo y el hecho de que también me excite, hace que sea totalmente completo.

Uso una palabra de seguridad. Si ella me dice que pare en cualquier momento, dejo de azotar de inmediato. Se supone que la cosa ha ido demasiado lejos. Al no traspasar sus límites, esto le da a ella la oportunidad de confíar en mí, le da la confianza de someterse a mí sin ningún miedo real o reservas. La confianza es esencia y siempre debe estar presente. Sin embargo, con frecuencia, presiono sus límites. La azoto con más intensidad de lo que ella espera, pero menor de la que pueda soportar.

Cada hombre que azota tiene una intensa atracción por el trasero femenino. Esto es evidente. Es visualmente estimulante, un blanco hermoso, localizado muy cerca de la feminidad de la mujer y, justo, en el centro de varias zonas erógenas, todas las cuales son extremadamente sensibles al tacto. Uso esas zonas para aprovecharlas al máximo. Comprender cómo su cuerpo reacciona a varias estimulaciones y la entrega mental es la clave. A la mujer sumisa, le encanta que su culo sea tocado, acariciado e incluso azotado. Leo el cuerpo de la mujer muy bien y sé cuando y cómo aplicar mi cachete. Experimento y observo sus reacciones.

Los muslos de la mujer son siempre muy sensibles al tacto. Me encanta pasar mis manos y dedos por arriba y por debajo de sus muslos, por el interior y por el exterior, desde sus rodillas hasta sus húmedos y pacientes labios. Los muslos de una mujer son subestimados y se les deberían prestar muchísima atención durante una sesión de azotes. Si sus bragas están subidas todavía, recorro sus muslos arriba y abajo con mis dedos, parándome en sus bragas, pasando mis dedos entre sus piernas. Uso la punta de mis dedos sobre sus muslos, frotando ligeramente la yema de mis dedos contra ellos, luego vuelvo mis dedos otra vez y dejo que mis uñas  recorran su piel sedosa presionando un poco más. Luego me paro en sus bragas, me gusta sentir su humedad a través de ellas, sean de seda o de algodón. Posteriormente, jugueteo con ella, frotando sus nalgas y luego vuelvo a acariciarla más entre sus piernas.

Hay muchas cosas que excitan a una mujer. Los aspectos físicos del spanking erótico van más allá de los cachetes sobre sus nalgas. Cuando le digo a una sumisa que va a ser azotada sobre su culo desnudo, inmediatamente se pone sonrojada, las mariposas de la adrenalina recorren su cuerpo. La imagen mental que pinto para ella, mientras describo lo que sucederá, magnifica dicha sensación. Exagero la intensidad del próximo spanking con frases como “voy a azotar tu culo desnudo hasta  ponerlo de color púrpura o hasta que tenga ampollas.” Esto es una exageración o no  pero la utilizo para incrementar el flujo de la adrenalina. Esto funciona. La adrenalina acelera el pulso, incrementa la alerta, aumenta la conciencia del cuerpo en su totalidad. Esto tiene el efecto adicional de ayudar a la mujer a sentirse bien y húmeda, mientras se está excitando sexualmente.

Existen los factores psicológicos del intercambio de poder, los juegos de rol, y la fantasía añadida a la emoción. Tener un hombre que se haga cargo por sí mismo, electrifica a la mayoría de las mujeres, pero le dan también la responsabilidad al hombre. Como Dominante, me gusta mandar en la situación, especialmente cuando conozco exactamente lo que estoy haciendo. Tener a una mujer sobre mis piernas mientras la azoto, cuando ella se retuerce y retuerce una y otra vez, es muy excitante, especialmente cuando sé que también la excita. Incluso, al ser mandada que se ponga sobre el regazo de un hombre, el ser azotada es el no va más para la mayoría de las mujeres.

Ahora, los azotes empiezan despacio, casi con suavidad. Cachetes ligeros, sincronizados uniformemente, con pausas para masajear la zona, tocando, hablando y, a veces, hasta bromeando. Este es el precalentamiento y sirve para varias cosas. Los cachetes son lo suficientemente agudos para provocar una reacción, incrementar el flujo sanguíneo en las nalgas y producir esa sensación de hormigueo delicioso poniendo todo el fuego ahí abajo. Esto excita, pero también empieza a liberar endorfinas. Esta es la reacción natural del cuerpo a la estimulación, sobre todo a un dolor suave.  Aumenta el flujo sanguíneo en el cuerpo, mayor agudeza mental y una aguda conciencia de lo que está pasando con un efecto mental casi eufórico. Yo uso esto para magnificar las maravillosas sensaciones sexuales en curso.

Por lo general, las endorfinas requieren unos pocos minutos para que hagan efecto. También son de corta duración, mientras el cuerpo se adapta. Para sacar provecho de esto, empiezo los azotes despacio y bastante a la ligera, dando tiempo para que reaccione, masajeando y acariciando, luego azoto un poco más, más fuerte, luego pausadamente, masajeando y jugando un poco más. Estos ciclos de azotes y masajes se incrementan en el tiempo y en intensidad cada vez más para “construir” sobre el estado previo de la excitación. Yo, normalmente, aplico unos veinte buenos cachetes, luego hago una pausa de unos minutos con masajes. Cuando llega el momento apropiado, deslizo mis dedos en el interior de su  sexo humedecido esperando a que esté próxima a orgasmar. Luego más, azotes más fuertes para incrementar la liberación de endorfinas y llevarla un poco más allá casi al mismo borde del orgasmo.

El control del orgasmo es una técnica maravillosa  para, por último, magnificar la intensidad del mismo. Nunca dejo que mi sumisa se corra sin mi permiso. Ella debe contenerse, para aumentar la excitación. Como si estuviera en una ola, la llevo al mismo filo, luego hago que se quede quieta ahí. Le advierto que si se corre sin mi permiso, lo sabré por los gestos y señales que transmite, sus contorsiones y la piel de gallina en sus nalgas rojas y ardientes. La digo que si se corre sin mi permiso, recibirá una oleada inmediata de azotes muy fuertes y prolongados. Frecuentemente, tengo a mi lado una paleta por si llega este caso. Mientras, una amenaza hace que se detenga. Probablemente, le daré uno o dos buenos azotes con la paleta de madera para que ella sepa que la tengo al lado. El incentivo es hacerla esperar hasta el momento adecuado. Luego, como el agua cuando se abren las compuertas, unos orgasmos muy potentes fluyen uno tras otro. Soy el juez de cuándo es el tiempo adecuado, basado en el lenguaje de su cuerpo, su respiración y sus contorneos.

Me gusta azotarla sobre mis muslos desnudos. También puedo azotarla vestido con mis pantalones cortos o mientras ambos estamos desnudos. He descubierto que ella reacciona más rápidamente al sentir mis muslos desnudos bajo su cuerpo. También ella tiene la información inmediata sobre mi estado de excitación. Sin error, sabe cuándo estoy excitado.

Cuando llega el momento adecuado, la mimo a través del orgasmo, normalmente, con múltiples orgasmos, mientras la masturbo vigorosamente. El spanking puede durar desde unos veinte minutos a una hora o incluso más, cuidadosamente orquestado para llevarla a los estadios correctos de excitación. Es como subir unas escaleras, ella puede llegar a un nivel u otro. Cada uno, un poco más alto, más intenso. Los orgasmos pueden ser realmente los más fantásticos de su vida como mujer. Y esto alimenta mi excitación como preparación para una sesión de amor o dominación larga y seria.

Como tratamiento adicional, puedo azotarla ligeramente mientras la llevo a otro orgasmo, dos, tres o…

Así que, mujeres, sumisas o no sumisas, casadas o solteras,  si esto les parece excitante, les sugiero que impriman este artículo y hablen del mismo con su amante, dominante, marido, novio u otra persona especial que esté en vuestras vidas. Usted no podrá conseguir lo que quiere hasta que se lo pida. Este artículo puede ayudarle a visualizar lo que puede funcionar en vuestra pareja. También, me gustaría sugerirles que existen miles de variaciones en la aplicación de los azotes. Prueben diferentes tipos. El juego es la sal de la vida amorosa. Vaya a ello. Solamente se vive una vez.

viernes, 20 de abril de 2012

Una reflexión sobre el dolor


“Estoy harta, Ben Alí…

Como masoquista, se me pregunta con más frecuencia de lo habitual, qué es lo yo recibo del dolor en sí. Me lo han preguntado tantas veces, que mi respuesta se ha hecho rutinaria y hasta agresiva (especialmente para algunas personas) y siempre ha sido tan simple como: “Me encanta la estimulación mental y física y la liberación que el dolor me proporciona.”

En muchos sentidos, no hay nada más que eso. No soy una masoquista de la gratificación sexual posterior, ni tengo la necesidad del sentido de la absolución del castigo por las ofensas pasadas. Definitivamente, no soy una adicta de las endorfinas y sí, el dolor no duele. De hecho, me duele mucho. Es por eso que se llama dolor y por qué tanta gente se pasa la vida entera buscando las maneras de evitarlo.

Por lo tanto, ¿qué es realmente? ¿Estoy loca?

No del todo.

He descubierto mi satisfacción de que el dolor puede proporcionarme un auténtico reto a mi capacidad de auto control como mujer y como ser humano. Esta es una declaración contradictoria por sí misma, puesto que, mientras la lucha continuaba para permanecer en la postura para manipular las sensaciones intensas y abrumadoras que el dolor proporciona, es embriagador y adictivo para mi masoquismo – así que también, es el deseo de tener ese empuje dinámico para resistir completamente desnuda y desarbolada, incluso destruida.

Vista, expuesta, reconocida, manipulada, usada y desechada.

¡Liberada!

La libertad es una señal de entrega. El dolor, no es nada mas que mi catalizador.”

Me dijo ella…

miércoles, 18 de abril de 2012

El sueño


Mientras escribo esto, tú estás desnuda porque me gusta. La cadena que llevas alrededor de tu tobillo, aunque es cierto que cubre muy poco de tu piel, revela muchísimo. La cadena desnuda tu alma, declarando a todo el mundo que eres una sumisa, propiedad de un extraño loco que te mantiene como una mascota.

Las sábanas se adaptan bien contra tu piel desnuda. La sensación que, probablemente, te mantiene despierta más tiempo del que pretendías…tal vez, estés despierta todavía, moviéndote incómodamente, inquieta contra el deseo, saturándote tú misma del placer que tu desnudez ofrece.

Tal vez, intentes acariciarte para dormir, mi gata salvaje, y no con los torpes movimientos de una tibia ama de casa… te violas salvajemente a ti misma, saqueando hasta la última gota de placer de tus cálidas profundidades…en vano, intentas saciarte el hambre que sientes. (No acostumbrabas a estar tan hambrienta… ¿qué ha cambiado en la última semana para convertirte de una gata doméstica en una tigresa?)

Disfrútalo, mi mascota… no quiero que te acostumbres a esa sensación. Por lo tanto, no te lo permitiré con frecuencia. Pero, esta noche quiero que mi gatita ronronee…

Porque me gusta.

sábado, 14 de abril de 2012

Conexión espiritual


Su cuerpo desnudo está en su cama, sobre su vientre. La sábana mostrando su torso y parte de su trasero. Una débil luz de la luna ilumina las elegantes curvas de su espalda.

Llega a tocarla, pasando sus dedos muy suavemente a lo largo de su espalda. Ve que, detrás de su pelo revuelto, se esconde una sonrisa. Su maquillaje y gruesas pestañas siguen intactos. Ella emite un “ummmm…” y luego, tan rápidamente como él se detiene, se interna en su sueño.

Él ya no sabe muy bien qué es un Dominante y qué es una sumisa en esa relación. Siente como que ninguno de ellos dos sea el uno o el otro. Intelectual, sexual, emocional y espiritualmente parece que ella es su igual. Hace unos meses se han confrontado el uno al otro y han descubierto que el dar y el recibir se ha vuelto más recíproco.

Ella estaba hecha para él. El Universo y todos sus infinitos poderes diseñaron el cuerpo y alma de ella para interactuar con el cuerpo y el alma de él. Se abrazaron el uno al otro, su pene enterrado profundamente en la vagina de ella y se convirtieron en un solo cuerpo auto masturbándose, creando emociones y energías de la manera que los cielos y las estrellas habían previsto.

Mientras que antes, él solía solo follarla, follarla y follarla y ella orgasmar, orgasmar y orgasmar. Ahora se trata, por encima de todo, de la conexión más que de otra cosa. Al conectar con ella, intelectual, sexual, emocional y espiritualmente, se inundan ambos en el éxtasis que les empuja hacia adelante.

En el papel dominante, él raramente se correría. Su placer estaba en dominarla, hacer que su corazón se acelerara, mantenerla constantemente en el borde y saturar sus sentidos con una oleada incesante de orgasmos que alteraran su mente.

Y luego, en esa velada particular, ella asumió, a su manera, con él un rol dominante, mientras él estaba incapacitado por su estado de embriaguez. Ella no podía llegar al orgasmo a pesar de los intentos de él mientras la estaba follando.

Sin embargo, después de que ella se quedara dormida, él se encontraba excitado a la vista de su propio cuerpo, yaciendo de costado con sus nalgas apuntando hacia él. Buscó un lubricante y la penetró por la espalda. Ella se despertó al sentirse sorprendida, abrumada por el éxtasis, pero en un estado de sueño, como un sueño húmedo. Él la cogió por la cintura con un brazo y el otro en su hombro, mientras él empujaba con sus caderas.

Le susurró su hombre en su oído. Ella respondió con una profunda bocanada de aire. Él tiró del cuerpo de ella hacia el suyo, continuando con su rítmica embestida, cuando orgasmo tras orgasmo empezaron a desbordarse desde su interior.

La conexión se había consumado, estaban a una el uno con el otro, cuando él terminó el acto con un potente orgasmo suyo.

Después, ella se apartó un poco para dormir. Esta vez yaciendo sobre su propio vientre. Él se volvió hacia ella admirando la tenue y azulada luz de la luna de medianoche que se proyectaba sobre ella.

Era menos de dominación y más de conexión.

martes, 10 de abril de 2012

La historia de O y sin bragas


Me siento fascinado por La historia de O desde que la leí por primera vez, especialmente al principio, cuando O entra en el coche con su amante y la prepara para su llegada a Roissy. Toda la confección de su falda está ahí para que ella se sienta expuesta y prepararla para la prueba en la mansión. La mejor parte de esto es:

“Quítate el liguero y las bragas.” Le dice él.  “Esto es fácil. Todo lo que tienes que hacer es levantar el corchete de atrás y deslizar la hembrilla.”

Ella le entrega el liguero y las bragas, se lo guarda en el bolsillo y le dice:

“No debes sentarte sobre la combinación ni la falda. Levántalas y te sientas con tu piel desnuda directamente sobre el asiento”

El asiento está tapizado con una especie de cuero frío y resbaladizo. Tiene que dar  angustia sentirlo pegado a los muslos y, con seguridad, una sensación muy extraña.

Desde entonces, la idea de hacer que la sumisa se quite sus bragas, se levante la falda y se siente directamente sobre su carne desnuda, ha sido una parte importante de las fantasías de las mujeres. Es un pequeño detalle, uno de esos, tal vez tonto, que hacen que la sumisa se excite.

Tengo la imagen de una pareja. Una mujer y su Dominante que van a un restaurante. Se sientan en un rincón apartado y discreto, uno enfrente del otro a través de la mesa. Él está vestido con un traje negro, muy elegante. Ella, con un vestido bonito, tal vez, azul, quizás de seda. Ella de mediana edad y muy tímida. Ella no puede mirarle a los ojos.

Él la mira a los ojos y ella esquiva la mirada  hacia atrás, se sonroja y baja la vista. La dice en voz baja que se quite las bragas y que se las entregue. Ella empieza a levantarse, pero la dice que tiene que estar sobre la mesa. Es un poco difícil para ella el quitarse discretamente sus bragas, deslizarlas por sus caderas estando sentada, pero, lo intenta. Está especialmente preocupada por la forma de quitárselas por los pies sin que nadie se dé cuenta.

Ella es bastante cuidadosa e intenta obedecerle. Se sonroja cuando siente la excitante sensación de sus bragas deslizándose sobre su piel. Está avergonzada por su reacción. Le entrega sus bragas y las guarda en su bolsillo. Luego, la dice que tire de su falda hacia arriba y que se siente con su piel desnuda directamente sobre la silla. Ella le mira suplicante, pero está decidido y él sonríe. No tiene más opción que obedecerle. La falda es lo bastante larga para que ella sea capaz de organizarlo de tal manera que, obviamente, no esté sentada sobre sus prendas.

Ella se siente avergonzada y violentamente excitada por esto y mientras ellos salen del restaurante y pasean de noche por las calles, ella sabe que le pertenece a él y que su Dominante la ha abrumado de una manera que ni se imaginaba que fuera posible. Por esto, ella le ama y le adora. Por supuesto, él guarda sus bragas en su bolsillo.

Otro lugar donde esto puede suceder es en una sala de cine. Imagínese a la sumisa sentada en la oscuridad de un cine al lado de su Dominante y que este le susurra al oído que se quite las bragas y se las entregue. Es un poco incómodo y hay que intentar hacerlo sin que la persona que está a tu lado se dé cuenta. Le entrega las bragas a su Dominante y le dice que te levantes la falda y se siente sobre el asiento. Ella, ya no puede pensar más en la película. De lo único que tiene que ser consciente es de la sensación de la butaca del cine contra su piel desnuda. La cruda realidad de su persona es el tacto suave y el hecho de que haya obedecido a su Dominante sin rechistar.

Una sumisa me comentó hace poco que todavía conserva la imagen en que siendo muy joven, en sus primeros veinte años, sentada en un autobús. Un asiento doble para ella sola. Vestida con una falda corta de verano, ya que era un día muy caluroso. Sin esperarlo, su Dominante le manda un mensaje con el siguiente texto: “Quítate las bragas ahora mismo y las deja en el asiento.” De una manera resolutiva y sin ninguna torpeza, se sitúa en el asiento junto a la pared de autobús y procede a levantarse discretamente la falda. Desliza sus bragas por sus piernas y la deja en el asiento. Este es duro y, tal vez, incluso esté sucio. Ella sudaba, sus muslos se pegan sobre el asiento. Es una sensación extraña al estar sentada directamente, sin ropa entre su piel y el asiento, mirando alrededor y tratando de averiguar si alguien se ha dado cuenta.

Ella se siente desnuda al salir del autobús y dejando su ropa interior en el asiento. Camina por la calle sabiendo que estaba desnuda por debajo de su falda y piensa que todo el mundo lo sabe. De alguna manera, “la gente puede ver que estoy desnuda, de hecho, desnuda de cintura para abajo interiormente”.

Inesperadamente, se encuentra a su Dominante al final de la calle. Ella no sabe y él dirige hacia un edificio de oficinas. Se introducen en el ascensor. Él lo pone en marcha. Ante la directa mirada de su Dominante, ella se sube la falda y él comprueba su obediencia.

La dice que se introduzca en un edificio de oficinas. Se introducen en el ascensor. Él lo pone en marcha. Ante la directa mirada de su Dominante, ella se sube su falda y él comprueba su obediencia.

“Mi buena sumisa,” le dice con una sonrisa.

sábado, 7 de abril de 2012

Dos minutos


Le impuse una tarea. Pudieras pensar que era relativamente simple. Tenía que masturbarse durante dos minutos y, a los dos minutos en punto, tenía que empezar su orgasmo. Ella pensó para sus adentros: “Sí, puedo hacerlo perfectamente.” Después de todo, en el pasado, lo había conseguido hacer en menos de un minuto.

Ella había estado muy excitada, por dentro y por fuera, durante todo el día. Era fascinante porque cada vez que sus pensamientos vagaban hacia algo remotamente sexual, podía sentir la agitación entre sus muslos. Espasmos agudos, retorsiones de excitación y necesidad. Así fue cómo ella se encontró a si misma más tarde aquella noche, hablando por teléfono conmigo, su dominante, cuya voz le hacía perder cualquier atisbo de autocontrol que hubiera tenido y convertirse en nada más que un ser balbuceante, un pequeño y desordenado culo de follar que sólo podía pensar en gritar su liberación.

La fantasía que, yo le estaba comentando a su oído, estaba fácilmente incendiando su ya húmeda vagina. Cada palabra que le pronunciaba, era equivalente a la insistencia suave de mis dedos acariciando su clítoris y la burla de su carnoso botón  lleno de sangre que respondía con demasiado entusiasmo. Ella se estaba retorciendo en el sofá, medio desnuda, sus piernas abiertas de par en par y su propia exposición sin ningún motivo, vergüenza ni cuidado.

La cuenta atrás de los dos minutos empezó.

Ella se tocaba a sí misma, construyendo furiosamente sobre ese tono febril. Cada parpadeo y maceración de sus dedos contra su ya sensible clítoris la estaba llevando a buscar el límite. Sí, sabía dónde esperar. Ya había estado en ese principio antes y forzada a permanecer, justo tambaleándose, hasta que la orden fuera pronunciada. Ella sabía que iba a llegar, lo sabía, lo tenía a su alcance. Todo lo que ella necesitaba era esa orden…

La orden llegó.

Ella se abandonó en el orgasmo que estaba tan completamente segura de que iba a suceder. No llegó. Se acercó con mucho ahínco, casi “agarrándolo,” y no consiguió nada. La liberación que tan desesperadamente quería, se le escapó en el último segundo.

Ella gritó…y luego, las lágrimas fluyeron. Lágrimas de frustración e innegablemente de enojo, desgarradora necesidad que no se saciaba. Si había fallado, no le permití que empezara de nuevo. No, esta vez, no. Ella, literalmente, sollozaba mientras sus dedos rotos arrancaron y rasgaron la manta cercana a ella, sus rodillas levantadas casi dolorosamente. Todo su interior estaba clamando por liberarse. Ese borde, ese límite encantador y bendito en el que ella se estaba tambaleando, se había esfumado. Era como si se hubiera arrancado bruscamente la piel de su cuello y dejada al lado, siendo solamente capaz de mirar hacia atrás y ver dónde sus pies habían tocado brevemente.

“Sí, soy una puta responsable y necesitada. Admito que mi propia vulnerabilidad es mi sexualidad. En ella, he encontrado a mi propia enemiga. Cualquier dignidad que yo haya podido tener ha sido violada cuando estoy bien y plenamente excitada, puesto que no tengo orgullo, ni modestia ni ego. En estos momentos, no soy nada más que una mujer que es como un animal. Mi mente se lava y lo que se queda es la criatura pura y primaria que sabe que nada existe actualmente que sea más urgente que el placer que fluye y ondula a través de su hambre y su mente. Yo lo bebo. Lo celebro. Llena cada grieta y fisura de mi imaginable vacío. No hay manera posible de ser más completa y no hay ninguna área de desbordamiento. Algo tiene que dar. Una liberación tiene que suceder, mi cuerpo pide que suceda…” Yo la seguía escuchando.

Dos minutos.
La orden llegó. Su cuerpo falló

sábado, 31 de marzo de 2012

La inspección I

“Quédate ahí,” la digo.
Yo la miro durante unos minutos mientras ella permanece de pie ante mi sillón, completamente vestida. Ella no me mira a los ojos. Unas veces me mira, otras, mira hacia otro lado, en otro momento echa su mirada a lo lejos.
“¿No te gusta que te mire, ¿verdad?”
Ella lo niega con la cabeza.
“Sin embargo, creo que hemos acordado que tu cuerpo es de mi propiedad,” digo. “Y si un hombre no puede mirar a lo que es suyo cuando él quiera, ¿qué sentido tiene ser su dueño?”
Ella no dice nada.
“En breve, voy a decirte que te quites algo,” le digo. “Eventualmente, te lo llegarás a quitar todo. No tengo prisa. “
La miro durante otro par de minutos.
“Quítate tus zapatos,” le ordeno.
Me imagino que esto no era lo que ella estaba esperando. Son unos zapatos muy bonitos, tacones de aguja, negros y brillantes. Se quita los zapatos. Sus pies están descalzos. Las uñas de los dedos de sus pies están pintadas de rojo brillante. Le mandé que lo hiciera el día anterior.
“Me gustan tus pies,” le digo. “Me gustaría verlos hacer cosas.”
No le digo cuales. Pues la semana pasada le mostré un vídeo porno de una mujer masturbando a un hombre con su pie, por lo tanto, ella sabe lo que está pasando por mi mente. No estoy seguro de que ella sienta lo mismo que yo con respecto a su pie.
“Muy divertido,” le digo. “Ahora, tu falda.”
Hay otro periodo de silencio. Luego, hablo de nuevo.
“Quítate algo más. Algo que tú creas que me gustaría ver quitado,” le digo.
Ella duda durante un momento, luego se quita su brazalete y lo deja caer en mi regazo. Es un breve momento de desafío. La admiro por ello, pero voy a hacérselo pagar. La trataré inmisericordemente.
“Muy divertido,”  digo. “Ahora tu camisa.”
Ella desabrocha los botones despacio y la deja caer al suelo. No lleva sujetador, solo una camisola a modo de top, de seda color pálido. El contorno de sus pezones se muestra plano a través del tejido.
“Puedo ver tus pezones,” le digo. “Se han puesto muy duros. Me pregunto, ¿por qué es esto? ¿Tienes frío?”
“No,” dice ella en voz baja. Se está sonrojando ligeramente.
“Fuera la falda,” le digo. Es una falda plisada de color negro, cortada justo por encima de la rodilla. Una prenda eminentemente respetable. Pero, si sabes cómo y dónde mirar, siempre hay una puta debajo de ella. Desliza la cremallera, desabrocha el botón de la cintura y la deja caer.
Sus bragas son pequeñitas, no tipo tanga sino con unas estrechas cintas a juego en la parte superior, el triángulo de seda pálida en la parte delantera apenas oculta su sexo.
La mira arriba y abajo. Ella no quiere, por ahora, captar mi mirada.
“Dime,” le pregunto, “¿cuándo te pones ropa interior como esa por la mañana, asumes que antes de que termine el día, un hombre te estará mirando?”
Ella está apoyada ligeramente sobre una pierna, sus brazos caídos a lo largo de sus costados, su cabeza inclinada y girada un poco lejos de mí, como si no fuera capaz de soportar la intensidad de mi control.
“Lo que quiero decir,” continúo, “es que seguramente no estás llevando esas prendas para abrigarte, puesto que su escasez de tejido no tiene ninguna eficacia ante el frío.”
Ella no responde.
“Ni las tiene que usar por razones de modestia,” le digo, “puesto que no la ofrecen.”
Ella sigue sin mirarme.
“De hecho,” digo, “son semi transparentes. Puedo ver tus pezones que sobresalen por debajo y si miro cuidadosamente, puedo ver debajo de tus bragas la leve línea del bello púbico que delimita y transluce tu arbusto íntimo.”
que a ella no le gusta que yo le hable sobre esto. He tenido algún problema al persuadirla de que debería rasurarse de acuerdo con mis exactas especificaciones.
“Además,” prosigo, “si no estoy equivocado, incluso puedo percibir el contorno de los labios de su coño.”
En esto, ella vuelve sus ojos hacia mí, con una mirada silenciosa e implorante, como si dijera, “pare, por favor, usted sabe lo que esto me está haciendo sentir.” Por supuesto, es precisamente porque sé lo que quiero, prosigo.
“Acércate,” le ordeno.
Ella se acerca, de una manera claramente reacia.
“Si yo fuera una mujer,” le digo, “y quisiera que un hombre me follara, la primera cosa que haría es comprar una ropa interior como la tuya.”
Extiendo la mano y lentamente acaricio el pequeño parche de seda entre sus piernas. Ella se estremece.
“Por lo tanto,” debo preguntarte, “¿qué es lo que esperas? ¿Qué yo debería ver lo finas que son tus ropas interiores y llegar a la conclusión de que quieres ser follada y luego actuar en consecuencia?” le pregunto.
“No sé,” dice ella.
Sé que esta clase de inspección e interrogatorio le molesta. Está incómoda, avergonzada por ser el centro de atención. Pero, también sé que esto no es todo. Existe otro efecto, que va mucho más allá con la humillación, la objetificación, la calculada y deliberada afrenta de su modestia.
“En un momento, voy a poner mi mano dentro de esas diminutas bragas, las que ocultan tan poco de lo que hay entre tus piernas. Voy a sentir tu pequeño y querido coño, ese pequeño y dulce punto del que no te gusta que te hable.”
Y, de hecho, no le gusta. La última vez que traté de decirle lo bonito que era su coño, lo mucho que me gustaba mirarlo, ella puso sus manos sobre mis labios para que dejase de hablar.
Deslizo mi mano por la parte delantera de sus bragas. Sé que voy a encontrarlo húmedo. Ella sabe que lo sé. Ella haría cualquier cosa para alejarse, pero su cuerpo la traiciona. Deslizo mi dedo entre los delicados labios rojos y lo introduzco dentro de ella. Ahora se está ruborizando más. Muevo mi dedo un poco, luego lo saco. Se lo enseño para que lo vea.
“Hay una sorpresa,” le digo. “Mi dedo está todo mojado y resbaladizo. ¿Cómo puedes explicar esto?”
Ella lo niega con la cabeza.
“Yo tengo una explicación,” le digo. “Pero, espero que no quieras oírla. ¿Cómo lo diría? Tal vez, ¿no eres tan modesta como te gustaría parecer?
“Eres tú quien me pones de esta manera,” le digo.
“¡Oh¡ no voy a negar de que yo juego por mi parte,” le digo. “Pero, se necesitan dos personas para bailar un tango. Ahora quítate tus bragas y ponte sobre mi regazo. Quiero echarte una buena ojeada.”
Estoy viendo como ella se despoja de la parte superior y de sus bragas. Ella se ha echado sobre mí, boca arriba y pone su brazo sobre sus ojos. Ella no tiene más remedio que someterse a esta inspección, pero no puede soportar el verla. Separo sus muslos y escruto lo que tengo delante de mí.
“Es hermoso,” digo, poniendo una mano sobre su coño. Nunca me canso de mirarlo ni de tocarlo.”

martes, 27 de marzo de 2012

Reflexión sobre su primer azote

Ella estaba todavía muy confusa cuando le subí su falda y su mente estaba en tal estado de agitación que no se daba cuenta de lo que la estaba haciendo. Al doblar su falda hacia arriba, empezó a sentir una sensación de vergüenza con este acto tan íntimo y arrogante.
La confusa sensación de vergüenza y, tal vez, incluso de la humillación añadida cuando le cogí sus bragas y con un movimiento audaz, las arrastré hasta sus rodillas. Sentía que  me movía y, más tarde, ella se dio cuenta que yo estaba sacando un cepillo del pelo de base ancha de una bolsa.
Durante un breve momento, me mantuve quieto. Ella no dijo nada. No hice nada, solo observaba su trasero. Luego, empecé a azotarla. Ella oía el trayecto del cepillo viajar a través del aire y luego sentía su picor sobre ella, ahora, apoyada boca abajo sobre mis piernas y desnuda por detrás. Se quedó sorprendida y abrumada con los primeros azotes y me pareció que hasta su corazón dejó de latir.
Recuerdo cómo yo dejaba caer sin descansar el cepillo de madera sobre sus pobres y expuestas nalgas y cómo su sentido del impacto la mutaba a una sensación de dolor. Ella no gritaba, estaba demasiado abrumada y no se daba cuenta de que se movía y retorcía un poco de una manera instintiva, sin darse cuenta, tal como me comentó después.
Ella se sentía avergonzada, humillada, asustada y abrumada por el tratamiento que estaba recibiendo. Se sentía hasta molesta por la mezquindad de su elección al entregarse a mí para azotar de esta manera la parte más sensible y expuesta de su cuerpo.
Había en su interior una extraña sensación  que, al principio, no podía comprender. Era una  satisfacción rara por el hecho de lo que yo quería hacerle. Ella quería estar cerca de mí, pero esto no era tal como ella había imaginado que sería. El hecho era que al estar parcialmente desnuda, la hacía sentirse molesta y extrañamente excitada. Dando a entender que un poco de excitación estaría bien, pero en su interior, no lo podía admitir.
A los pocos días, ella me escribió esta reflexión sobre su primer azote:
“Esto fue  una fantasía que se hizo  realidad. Quiero decir que no había naves espaciales y cosas por el estilo. De todos modos, se trataba de unos azotes y me parece un poco vergonzoso escribir sobre ello. ¿Por qué diablos debería sentirme excitada por unos azotes? Después de todo, un spanking se supone que duele,  es humillante y generalmente no es agradable. Si alguien te azota, es para castigarte o para que sea significativo para usted. Sé que hay un montón de gente haciéndolo por mutuo placer, y que es absolutamente bonito. Lo que estoy pensando es sobre la idea misma de los azotes. Se supone que es malo para una.”
“Sin embargo, hay algo convincente sobre el tema. Respeto a todas aquellas personas que han hecho de los azotes una parte de sus vidas o, al menos, de su vida sexual. Al mismo tiempo de que somos un montón de gente proclives a vivir fuera nuestras fantasías, pero que encuentran la idea de ser azotada muy emocionante.”

“De acuerdo con mi mentalidad, unos azotes son a la vez humillantes y dolorosos. No pienso en unos cachetes amistosos en las nalgas como un juego previo. En mi mente, bajo mi mentalidad, duelen y me sientan muy mal. Un spanking es algo que es tan dolorosamente insoportable que, en realidad, no se puede hacer frente y algo que te hace sentir abrumada, aparte de que se está realmente asustada antes de que suceda. Todavía me emociono pensando en ello.”

“La idea de esperar a que suceda y luego prepararme para ello es excitante y horrible. Imagine la humillación de que te bajen la ropa interior y desnuden tu cuerpo y lo pongan en posición y que dicha postura le favorezca a alguien para causarte dolor. Luego, tienes que esperar a que empiece. Oyes el sonido del látigo, la mano, el cepillo o cualquier otro implemento que usted vaya a usar, volando a través del aire y luego el sonido del golpe sobre tu piel expuesta y suave. El sonido llegando a tus oídos antes de que tu cuerpo se dé cuenta que ha sido golpeado. Luego, el dolor al rojo vivo.”

“¿Por qué todo esto es tan excitante y tan emocionante? Es extraño. Al menos, es extraño para mi forma de pensar. Pero sin embargo, está ahí. En la vida real, no lo había hecho nunca porque, particularmente, disfruto siendo humillada. No tengo ningún deseo de renunciar a mi persona por castigos dolorosos. Sin embargo, el pensarlo me excita. Me parece difícil de entender y, por supuesto, a pesar de estas consideraciones, estoy deseando verle para que me ordene que me ponga sobre sus rodillas y empiece la sesión.” 


 




jueves, 22 de marzo de 2012

La puta sigilosa del dolor

Ella no sabe exactamente por qué es, pero, algunas veces, necesita que su Dominante le haga daño. A veces, esto sucede. Ella se encuentra a sí misma híper rebelde  e incapaz de centrarse en su Dominante. A menudo, él se da cuenta antes que ella y esta le dice con esa sonrisa socarrona y sabihonda que “es hora de dar unos azotes.” La primera vez que pasó, su Dominante y ella estaban teniendo sexo y le pidió que torturara su coño. Antes de eso, los azotes de su coño eran temibles y el castigo más efectivo.
Esta mañana, él arrascó su espalda y los costados con sus uñas, la mordió, apretó y retorció sus pezones, abofeteó y golpeó sus pechos, clavó sus uñas en la espalda de ella…casi todo lo que pudiera pensarse para provocar la mayor liberación de dolor, pero, sin el ruido del impacto del juego.
“Realmente, es increíble que usted me dé todo lo que necesito, sobre todo cuando no sé lo que es,” le dijo ella.
Su sumisa nunca se ha identificado como una mujer masoquista y, en el inicio de la relación con su Dominante, la posibilidad de aceptar el dolor como un juego y no como  castigo, la aterrorizaba. No era algo que la atrajese hacia él, ni al estilo de vida de la D/s ni, incluso, al sadomasoquismo. Ella nunca se había auto provocado dolor, ni estaba constantemente causándose  dolor por accidente, como tampoco tuvo un momento para pensar: “Oh, me gusta esa sensación. Voy a hacerlo a propósito.” Ella le había pedido a sus parejas anteriores que la tiraran de los pelos. Pero para ella, se trataba solo de la sensación de ser dominada y de hacer algo para alguien, más que por sentir su cabello dolorosamente retorcido.
Esto le había llevado a creer que el contenido, cada vez más masoquista de las sesiones con su Dominante, se debía a algo más que a la propia sensación por sí misma. Existían varias posibilidades.
1ª- Su Dominante era la primera persona en la que había confiado por completo y, por eso, era la única a la que había sido capaz de dejar que le hiciera daño.
Esta era una opción viable. Nunca había confiado en nadie tanto como confiaba en su Dominante, ni nunca había querido agradar a nadie en demasía. El simple acto de confíar lo suficiente en alguien, le permitía sentirse dolorida si la relación D/s era muy potente, lo cual podía explicar el por qué salía ahora con tanto dolor. Porque le estaba ofreciendo a él su cuerpo para su placer, que podía o no podía involucrar el  propio placer de su sumisa.
Sin embargo, esto no explica por qué actualmente había llegado a disfrutar de la sensación de dolor por sí misma y, a su vez, anhelarlo, lo cual la lleva a la segunda posibilidad.
2ª Él era la primera persona  en la que había confiado lo suficiente para mostrarle su lado masoquista. También otra posibilidad. Todos sabemos que no nos gustan las cosas hasta que las probamos y, aunque, ella estaba dispuesta al juego del dolor con su Dominante, no era con la intención de disfrutarlo. Ella estaba abierta y preparada al mismo, junto con su Dominante, en la medida que su masoquismo lo requiriera.
3ª Su Dominante la había entrenado para que le gustase el dolor vinculado con el placer. “Los perros de Pavlov,” claro y simple. Un par de cosas con una recompensa las veces que fueran necesarias y la cosa por sí misma provoca la reacción a la recompensa. Él empezaba acariciándola con sus dedos cuando la azotaba, moviéndose hacia arriba para crear el ambiente entre sus piernas, mientras le torturaba sus pezones y casi cada sesión de dolor después de la primera, consistía en el placer.
4ª A ella le gustaba el dolor porque a su Dominante le gustaba producírselo. Esto no podía ser la única cosa en juego aquí, porque existen otros ejemplos donde su Dominante le hace daño y no le gusta, incluso si existe. También hay casos donde su Dominante no disfruta haciéndole daño hasta que ella le muestra signos de disfrutarlo. Él no es un sádico en el sentido estricto de la palabra (bueno, algunas veces, sí lo es), por lo tanto, hacerle daño, no siempre le da placer.
5ª Una combinación de todo eso, además del desarrollo de un espacio del dolor, que es similar al subespacio, pero diferente. El cual es provocado por una sobrecarga de los receptores sensoriales en el cerebro y resulta ser una mezcla de señales de dolor y placer. Esto es lo más probable, según mi opinión.
En cuanto al dolor inducido a los orgasmos del cuerpo entero de la mujer, la conjetura de cualquier otra persona es tan buena como la mía. No tengo ni idea, ni siquiera de cómo describirlos. Sospecho que forma parte del maravilloso misterio del sadomasoquismo.

viernes, 16 de marzo de 2012

Lamer su coño

“Algunos hombres chupan el clítoris demasiado fuerte y se hace muy incómodo y, por otra parte, otros hombres no lo lamen  con la suavidad suficiente,” me decía ella.
Sin embargo, ella nunca me explicó en qué lugar estoy entre los aficionados al cunnilingus. Parece que la mayoría de las veces que yo lamía su clítoris, sus reacciones sugerían algo entre intenso e insoportable. Me pregunto si era demasiado.
Solo puedo recordar una vez que, después de llevarla al orgasmo con la succión, empujó mi cabeza y me dijo que me detuviera.
Pero, nunca puedo imaginarme si el lamer un coño es un acto de dominación o de sumisión por mi parte. Si yo tomo la iniciativa de separar sus piernas y sumerjo mi boca entre sus labios, ¿estoy forzando mi manera de ser sobre ella? O, en realidad, ¿me estoy sometiendo a ella dándole placer a expensas de mi incapacidad para respirar?
Ella yace sobre su vientre en la cama, solamente un débil rayo de luz rompe las persianas de la ventana, proyectando una sombra oscura de color azul en las curvas de su espalda, arqueada bruscamente hacia arriba y sobre su trasero. Paso el tiempo admirando sus líneas. Toco sus nalgas y me quedo hipnotizado por su piel flexible y su forma suave y hermosa.
Solo quiero extraer su esencia para mi cuerpo, probarla con mi lengua y tirar de su cuerpo para apretarlo contra mi boca, cuando ella se corra.
“Me encanta chupar tu polla”, ella me ha dicho varias veces. “No sé lo que es, pero me encanta chupar tu polla.”
Luego ella presiona contra mi cuerpo y dice:
“Vamos, date la vuelta.” Ella se pone perpendicularmente debajo de mí y se mete mi polla en su boca.
¿Esto es solo lo que ella quiere tener conmigo? ¿Soy yo el que se somete?
Cuando le estoy comiendo su coño, ¿lo estoy haciendo solamente para su placer o lo estoy haciendo para alimentarme yo mismo de su feminidad?

lunes, 12 de marzo de 2012

¿Por qué tan fuerte?

Esta mañana, después de follarme bruscamente a mi sumisa, esta me preguntó: “¿Se siente usted mejor cuando me penetra con fuerza?” Como Dominante elegante, le respondí:
“Por supuesto, me siento mejor. Duele, ¿Verdad?”
Por lo tanto, con su entrega me lleva a otro nivel. Desde el principio, le dije a mi sumisa que sería su mayor fuente de placer y su mayor fuente de dolor. Trato de hacerle valer constantemente esa afirmación.
Esta mañana, yo tenía sus piernas sobre mis hombros y estaba apoyado hacia adelante sobre su cabeza. Sus caderas levantadas y su coño completamente expuesto angularmente, de tal manera que podía penetrarlo en profundidad. Hice que le doliera. Era culpable cuando la cargaba. Mi chica pone una cara con una expresión mixta de dolor y placer, cuando la “golpeo” profundamente. Es una cara que, de verdad, me gusta verla. Al principio, cuando la penetraba incisivamente con sus ojos bien abiertos, ponía cara de sorpresa. Con cada sucesivo golpe, la sorpresa empezaba a desvanecerse, incluso, a través de sus ojos todavía bien abiertos. Cada embestida hacía que sus labios tiemblasen más. La evanescida sorpresa empieza a ser sustituida por una súplica. Me gusta su mirada suplicante. ¿Me está suplicando mi sumisa para que yo vaya más despacio? Mi sospecha es un poco de cada cosa, pero, de cualquiera manera, ella no tiene no tiene ningún control sobre ello. La usaré como yo quiera.
Por lo tanto, me gusta hacerle daño para hacerla sufrir. Me gusta hacerle daño algunas veces, solo para mostrarle lo profundo que puedo penetrarla y lo doloroso que puedo hacerlo. Supongo también que, la parte más oscura de mí la folla ocasionalmente tan fuerte y con tanta profundidad porque quiero aislarla de otros hombres. Creo que, de alguna manera, estoy marcando mi territorio.

jueves, 8 de marzo de 2012

Límites difíciles

Cada pareja de la D/s asume que, tarde o temprano, tendrá que comprender lo que son límites difíciles. Nunca he conocido a una sumisa que no haya trazado en alguna parte una raya en la arena. Y si su dominante es inteligente, escuchará lo que ella tenga que decir y respetará sus límites. Si ella dice que nada de cuchillos ni de control de la respiración, lo cual es bastante claro y obvio, y si él no lo tiene en cuenta, probablemente conducirá la relación a un desastre. Creo que es muy poco probable que una pareja vea esto como un ajuste perfecto entre lo que ella no quiere hacer y lo que él quiera hacer. No es necesario que él (o de hecho, ella) quiera ir mucho más allá o hacerlo más difícil. El caso es que todo el mundo está conectado de una manera diferente y las cosas que hacen algunas personas en momentos determinados, dejan a otras indiferentes.
Por supuesto que las personas razonables están preparadas para adaptarse. Es cuestión de dar y recibir ayuda para que las cosas funcionen. Si hubiese algo que a ella realmente le guste, pero que no controle los pulsos de mi carrera, estaré preparado para encontrar un término medio o, incluso, ir más allá. Por ejemplo, a algunas mujeres les gustan la idea de que le miccionen encima. Esta idea no va conmigo, pero si alguna vez me encontrara con una chica que la idea la excitara, creo que le daría la oportunidad de probarlo.
No creo que esto sea lo mismo que lo de los agradables hombres vainilla que se ofrecen para azotar los culos de sus esposas porque quieren ser complacientes. Esto, de acuerdo con mi experiencia, nunca es algo bueno. Si ella sabe que él no tiene ningún interés sexual en ello, no va a funcionar para ella. Pero, si sabe que no es exactamente su tema, pero que va a funcionar porque va a conseguir placer, al hacerlo le dará y tendrá poder sobre ella y su excitación impulsará a la de él. Luego esto, puede funcionar muy bien para los dos. Dicho esto, repito: respetar los límites tiene que ser uno de los fundamentos de cualquier relación D/s.
Y, sin embargo, muchas sumisas experimentarán una situación en la cual, lo que ellas pensaban que era una línea difícil la que se había fijado, resulta ser a su vez, una especie indeterminada al cambiar los límites de la zona. Tal vez, metida en el subespacio, descubre que lo que previamente parecía inimaginable, ahora resulta que tiene un cierto atractivo. O quizás, con el tiempo y desarrollando la confianza con su dominante, descubre que toda ella consigue excitarse ante la idea de algo que, al principio, solo inducía al pánico. Uno de los grandes placeres de la D/s es precisamente esto: Descubrirse mutuamente las profundidades ocultas, profundizando más y más en la mente del otro y derribando sus tabúes, sus temores secretos y sus fantasías. Y en este proceso puedes descubrir que lo que parecía estar absolutamente más allá del límite, puede ser algo muy importante para explorar.
Lo veo como una parte de la responsabilidad del Amo, tanto respetar sus límites como también presionarlos. Si ella está por sentir su poder sobre ella, si está por conseguir un sentido real de su control sexual sobre ella, él tiene que seguir manteniendo la presión. Bajo mi punto de vista, de no hacerlo, es que quiere dejar a su sumisa demasiado tiempo en su zona de confort. Tanto si la azota o la ata boca arriba o realiza una docena de actos de dominación, ella necesita sentir que se le está demandando un poco más de lo que ella piensa que puede dar.
Aquí tienes que ser cuidadoso. Una mujer muy perceptiva me dijo recientemente que el peor temor que una sumisa puede tener, es el de fallar, de no ser demasiado sumisa, de no ser capaz de darle lo que él quiere. Y el Dominante necesita evitar el ponerla en esa posición. Establecerle tareas imposibles, intentar forzarla a soportar lo que ella simplemente no puede, no es el camino de la felicidad y la armonía. Pero, si solamente la requiere para que ella sepa lo que puede dar, ¿qué forma es esa de ejercer el control? Haga que se someta un poco más. Y luego, otra vez, un poco más. Porque, por último, si es realmente sumisa, ella quiere la excitación de pensar que el suelo puede ser barrido bajo sus pies. Ella necesita sentirse segura, pero no demasiado segura.
El Dominante quiere llevarla a la plenitud sexual. Él quiere para ella mucho más de lo que él quiere para sí mismo (porque su realización está en su regalo. Ella depende de él  y, por lo tanto, es un gran logro para él si este puede dárselo). Y la manera de conseguirlo es no darle justo lo que ella quiere. Deberías intentar hacer que ella quiera lo que tú quieras darle. Luego, ella sabrá que es suficientemente sumisa.

viernes, 2 de marzo de 2012

Caliente y mantecoso

(Una sumisa llamada kyra  – Nick imaginario y amante de la correspondencia epistolar – me rogó  que publicara en mi blog el extracto de una conversación que mantuvimos tomando un café.)
“He tenido un pene en mi culo exactamente una vez. O, tal vez, no. Hay un cierto desacuerdo sobre el tema.”
“Sucedió (o no) hace mucho tiempo. Un señor que conozco y que yo, finalmente, había permitido que nuestra mutua atracción abrumara nuestros esfuerzos para no complicar una amistad realmente buena. Sin embargo, mi auto engañada mente trataba de mantener mi favorita ficción que “todo, pero” no equivalía a todo. Por lo tanto, cuando él (bastante razonable, dadas las circunstancias) trató de penetrar mi vagina, yo desplacé su pene con un “no” muy persuasivo. Lo que siguió, me cogió por sorpresa. Él me dio la vuelta, se puso encima y me penetró por detrás. La cuestión es por cuál orificio me penetró.”
“En ese momento, yo era muy ingenua. Realmente, no me apetecía que él lo hubiera hecho por el agujero esperado. No me dolió mucho. Su miembro, si bien era efectivo, no era demasiado grande. Pero, era seguro que no me apetecía que lo hubiera hecho por donde él suponía que lo haría. Mi hipótesis era que él había fallado el objetivo, mientras que yo no podía imaginarme que realmente quisiera follar mi culo. O, tal vez, él pensaba que esto era una forma legal de respetar mi protesta y, aun así, tener alivio. Fuera lo que fuese, me dio vergüenza decir algo al respecto hasta años más tarde. Pero, cuando se lo planteé, este negó cínicamente que hubiera sucedido. Diciendo que si él hubiera estado allí, seguramente lo habría recordado.”
Cualquiera que fuera el agujero que él hubiera violado, el resultado era incuestionable. Mis regiones inferiores se erotizaban a fondo. Cada vez que yo tenía relaciones sexuales, mi culo me dolía por la acción. No solo mi ano.  Yo quería ser tocada, masajeada, azotada y golpeada con un látigo. Tenía un montón de fantasías con un látigo de nueve colas. Conforme pasaba el tiempo y yo aprendía más sobre lo que podía hacer, soñaba con las violaciones en grupo, incluyendo follar mi culo con ferocidad y brutalidad. Yo hubiera dado cualquier cosa para que mi amante me insertara su dedo en mi culo. El deseo me hacía casi gritar, pero no me atrevía a verbalizarlo por mí misma. Yo creía que estaba lanzando demasiado pistas para responder con entusiasmo a cualquier estimulación en un radio de un kilómetro del punto mágico, pero, obviamente, mis gemidos y retorsiones no eran una señal lo suficientemente clara.
Cuando finalmente, me embarqué en mis aventuras eróticas epistolares, me di cuenta que mis corresponsables estaban entusiasmados con el sexo anal, que yo nunca había visto en mi carne y sangre semen de mis parejas. Esto corroboraba lo que había estado mostrando durante los últimos años en la enorme colección de literatura erótica que yo estaba constantemente acumulando. Reaccioné con temor, anhelo y una inmensa curiosidad, la cual me llevó a plantearme algunas preguntas muy directas.
De alguna manera, mi obsesión por tener mi culo penetrado se la transmití bastante pronto a Carmelo, que me demostró, en gran manera, su profesada lujuria por mí. La naturaleza electrónica de nuestra relación me lo puso un poco más fácil para que yo le preguntara directamente en qué basó su atracción para cogerme de esa manera. Tal como he mencionado antes, no le hablé de este blog para que no alimentara más su hambre permanente hacia mí. Por lo tanto, no quiero incluir y, por respeto a él, una gran parte de lo que me escribió. Es una lástima, puesto que parte de la misma es bastante jugosa. Él me dio una descripción muy detallada del proceso que era, a partes iguales, un manual de instrucciones y un intento de seducción. Pero, al margen de todas las otras razones que yo tenía al rechazar sus peticiones para que le entregara mi culo, estaba el miedo a su polla. Le encantaba decir que tenía mucha grasa. Y eso suena, simplemente, aterrador. Estoy segura que es muy habilidoso en lo que hace, pero no me parece muy atractivo. Larga y delgada hubiera estado bien, pero yo no veía un pene de doble ancho, en un futuro, dentro de  mi culo.
Por supuesto, también le planteé la pregunta a otro amigo, Alfonso, y tuve su permiso para presentarle a usted nuestra discusión. Además, me encanta compartir sus escritos y, solamente, desearía que hubieran más de ellos. Como siempre, sus imágenes y el uso de palabras, combinadas con la auto reflexión y el análisis, me enseñaron un montón de ventajas, tanto emocionales como intelectuales. Sus consejos me ayudaron a  prepararme algo que yacía por delante. Un poco, pero no del todo. La realidad de la sumisión es mucho mayor que cualquier análisis, que cualquier fantasía.
En mi papel de estudiante, siempre curiosa, respondiendo en medio de sus muy probadas cuestiones, le pregunté: “También me pregunto, ¿en qué consiste esa enorme excitación de los hombres por el sexo anal? ¿Es el aura de lo prohibido? ¿Es la estrechez de ese orificio? ¿La textura diferente dentro de ese conducto? ¿Hay una mayor sensación de violación y, tal vez incluso, de una violación con más fuerza de la necesaria para penetrar?”
Usted, Ben Alí, me replicó: “Últimamente, me preguntaste por el sexo anal. Creo que los factores que has preguntado, ciertamente entran en juego – hay una increíble estrechez ahí, y una sensación diferente, cuando al entrar y salir – una parece más ardiente y ligeramente mantecosa - apoderándose desde todos los lados. La viscosidad no es la misma que la del coño. Realmente, es una sensación deliciosa. Pero, también una especie de todas las cosas que hemos estado hablando antes – existe esa sensación de tabú, pero también una especie de sadismo. Pero, el sadismo que tú sabes que el cuerpo puede soportar e incluso disfrutar si se hace correctamente. Esa sensación real de hacer algo a otra persona, es un acto que requiere un grado de fuerza – tienes que apretar muy fuerte, tienes que cogerla más fuerte al principio para que funcione – no es esa sensación de los músculos del hombre trabajando a gusto, que se nota muy bien y, por último, soy normalmente reacio a admitir esto, pues la mayoría de las mujeres que disfrutan del sexo anal, hablan de él en un nivel  mayor que del coito vaginal. Como un creador de un sentimiento de unidad, en parte, porque la mujer siente que está dando más de sí misma y también le llena más. Y esa sensación de ofrecer algo que una mujer, sin duda, disfruta, crea un grado de gloria reflejada. Existe, por supuesto, el placer de dar.”
“Sé que te estás muriendo por preguntar, por qué mi Dominante no ha satisfecho mi curiosidad. Sería muy fácil retrasar su inherente sadismo, pero, de hecho, no hemos llegado a ello todavía. Hay mucho que explorar, a parte de que existe esa máxima del teatro para salir siempre con ganas de más.
Soy una gatita muy codiciosa y siempre quiero más.
Gracias, por leerme y por publicarlo. kyra”