sábado, 15 de marzo de 2014

El encuentro

Él la envió un mensaje justo después del mediodía del sábado y decía que su esposa quería conocerla y si estaba interesada en cenar con ellos el jueves por la noche. “Por supuesto,” pensó ella. Hablaron sobre el tipo de comida y luego organizaron los detalles de la hora y el lugar.

Unos minutos después…:”Quiero tu coño afeitado antes de la cena. ¿Puedes ser una buena chica y hacerlo por nosotros?” Su respuesta de “Sí, señor” fue instintiva a lo que percibía como una orden. A pesar de que él había expresado la última parte como una pregunta, no había la menor duda en su mente sobre la intención. No escuchó “puedes hacerlo,” sino “muéstrame que lo puedes hacer” y a ella, le encantaba hacerlo.

Unas pocas horas antes de la cita, él le envió un mensaje un nuevo mensaje.

“En una primera cita, ¿es más adecuado llevar un flogger o una cane para los azotes de cumpleaños?”

De hecho, ella se echó a reír. Era increíblemente divertido y sarcástico y le gusta que la hiciera reír.

Ella contestó: “Puesto que nunca me han usado, puedo declinar el contestar con el argumento de que, en absoluto, tengo ni idea de lo que decir.”

“Suena como si fuera un estudio científico.”

“Vaya tranquilo conmigo,” ella escribió medio en broma.

“La miseria forja el carácter.” escribió con una sonrisa en su cara, añadida al final con un emoticón.

¡Diablos! Pensó, “¿qué estoy haciendo yo?” mientras conducía hacia el lugar del encuentro. Su estómago revoloteaba con la ansiedad y la anticipación.

Cuando llegó, ellos estaban ya sentados. Le dijo al maître que estaba esperando a una pareja y empezó a mirar por el salón y vio que él se estaba dirigiendo hacia ella. Le extendió la mano y la abrazó mientras se saludaban y juntos, caminaron hacia la mesa donde conoció a su bella esposa.

Ella no era solamente hermosa, sino que también tenía una personalidad encantadora y tal como lo hablaron durante la cena, se dio cuenta de lo cómoda que se sentía con los dos. Tal vez, cómoda no sea la palabra correcta, teniendo en cuenta que lo pasaba mal al mirarle a los ojos y se las apañaron para que ella se sonrojara el ochenta por ciento del tiempo que estuvieron en el restaurante.

Al no ser capaz de sostener su mirada, él la dirigió directamente a ella para indagar si ya la había situado en la jerarquía social de las cosas en su mente. En cuanto a la mujer de él, ella sintió una afinidad inmediata. En resumidas cuentas, esta era una mujer que quería ser amiga.

Cuando la cena se terminó y salieron del restaurante, se despidieron el uno del otro, intercambiaron todas las cortesías habituales, así que, “encantada de conocerte” y así sucesivamente y cogieron sus respectivos coches para alejarse. Cada uno por su lado.

Sólo más tarde, ella se dió cuenta de que él no había comprobado si había cumplido con su orden de afeitarse el pubis antes de la cena. Pero esto no importaba. Ella lo sabía. Si él hubiera alargado la mano por debajo de su vestido para comprobarlo, se lo hubiera encontrado exactamente de la misma manera que lo había ordenado.

miércoles, 12 de marzo de 2014

Recuerdo

Me gusta la ropa interior de las mujeres. La lencería, los volantes, los encajes, los lacitos, el satín y la seda y, cómo no, la licra y el algodón. Inmencionables. ¿Ropa íntima? Así es como la llaman en los grandes almacenes, un término de pasión-muerte, si alguna vez lo hubo. En cuanto a mí, me encanta la palabra “bragas.” Así es como las llama un vendedor amigo mío de unos grandes almacenes, uno de mis favoritos dispensadores de tales prendas.

Esto es llamar a las cosas por su nombre. Sé que para los oídos de los americanos la palabra tiene diferentes connotaciones, pero para los españoles es una palabra que recuerda a lo que sucede en el dormitorio y a lo que pueda suceder allí. Es un término un poco obsceno, no es totalmente educado. Supongo que si quieres ser neutral y no levantar expectativas de malicia, puedes llamarlas panties, como hacen los americanos. Pero, yo nunca lo haría.

Ella me envió un par de bragas. Le pregunté por ellas. Fui muy específico: un par que la hubieran hecho sentirse realmente sexy y que las hubiera llevado puestas durante todo el día. Yo sabía que las humedecería y las mancharía. Le dije que se las quitara al final del día, cuando se hubiera sentido impregnada de su olor. Que las pusiera en una bolsa de plástico para preservar el olor y que me las enviara. Las pondría frente a mí mientras escribo. La etiqueta en la parte posterior de las bragas dice: “Juego de pasión.” Ya lo creo. Son de color negro. Fabricadas de una gasa tan especial que no me importaría buscarle un nombre para ellas.

En mí diccionario de sinónimos, hay más de doscientos nombres para tipos de tejidos. (¿Percoline? ¿Jaconet? ¿Miedo Salvaje? Sus bragas están fabricadas con el mejor “Miedo Salvaje.” Hummm). Tal vez, se trate de gasa, “material fino, semi transparente.” Sin duda, son eso.

Cuando las envuelvo alrededor de mi mano, no se esconden demasiado. Incluso puedo ver mis huellas dactilares. En realidad, no son del todo transparente, solo un poco más de cuatro quintas partes. Por supuesto, están reforzadas en la zona del escudete, pero es solo una pequeña franja de cinco centímetros de opacidad que solamente sirve para hacer que la transparencia sea, en otro lugar, mucho más patente. Alrededor de la parte frontal, en la cintura, hay un volante y más adornos por las piernas que por la parte trasera, lo que me pareció encantador. El efecto general es de frivolidad y provocación. Estas bragas están hechas para ser vistas. Vistas por un hombre. Absolutamente, no hay ningún punto contrario a ellos. No las mantendrán calientes o decentes.

En el interior del escudete, hay algunas manchas leves, la evidencia de un ser vivo, la chica que respiraba estaba en ellas, una mujer que se humedeció. Espero que pensando en mí. Sé que ella se va a sonrojar cuando lea esto, pues me envió sus bragas manchadas y perfumadas con sus secreciones. Pero, era exactamente lo que yo quería.

Supongo que tengo un fetiche con las bragas. No me importa admitirlo. Es un pasatiempo inofensivo. Yo no voy robando por ahí la ropa interior de las mujeres o intentando observar las bragas de una mujer cuando no he sido invitado a ello. Soy bastante civilizado. Pero siempre es una gran ventaja para mí, si una mujer entiende realmente de estas cosas. Si se da cuenta del efecto tan maravilloso que la ropa interior femenina tiene para mí.

Cómo me deleito con la seda y el satín, en rosa, negro, rojo y púrpura. Desde el principio, shy tiene un montón de puntos coincidentes conmigo, porque el sujetador y las bragas hacen juego (excepto ahora que ella solo lleva un sostén de gasa negra, pues no usa bragas…). A veces, me gustan las blancas de algodón, cuando ella se comporta como una mujer buena y la mantequilla nunca se le derretiría en su boca.

Al pensar sobre ello un poco más y, por qué me gusta tanto, una de las razones pudiera ser porque cuando una mujer se agacha hasta sus bragas, normalmente solo hay un camino a seguir. Pues, mientras ella todavía las lleva, tú tienes el placer de la anticipación. Con esperanzas, una mujer en bragas es una mujer que irá desnuda pronto.

Yo no diría que es mejor viajar con suerte que llegar. Yo siempre quiero conseguir que, al final, se las quite. Pues hay un placer especial al saber que existe otro escenario donde ir, que es el placer que tienes ahora, no hay un placer mayor que cuando ella se las quita. Cuando yo era niño, siempre me comía las costras primero para poder guardar hasta el final la parte blanda del pan y untar la mitad con mermelada. Es un hábito que todavía conservo.

sábado, 8 de marzo de 2014

Anatomía de un orgasmo en solitario

Una sacudida.

Una, una sacudida solitaria y ella sabe que está en camino. Sabe lo que está a punto de empezar a suceder y la tensión se apodera de cada poro de su piel, de cada folículo de su vello, de cada nervio, poco a poco, como la niebla descendente.

Un ligero movimiento. Sus ojos cerrados experimentan durante un segundo, un segundo más largo de lo normal, una sensación de pesadez en respuesta a los cambios de su cuerpo.

La respiración profunda, contenida…contenida para aumentar la tensión, contenida para concentrarse, contenida para ayudarla a controlarse a sí misma…tal vez…

Su propia estimulación directa y constante por los lados de su clítoris, tan fácil hacerlo para ella y, por lo tanto, tan gratificante. Y claro, como mujer actual, tiene juguetes eróticos, con montones de cosas que hacer y maneras de ayudarse, pero algunas veces, quiere que su cuerpo se conduzca por sí mismo.

Su mano libre se pasea. No está desnuda – nunca desnuda para esto -, porque tampoco es inaccesible. Se muerde el dedo. Probablemente, puede parecer ridículo, pero le encanta cómo lo siente. Su mano se detiene en su pezón, mientras lo aguanta ligeramente hacia abajo. Siente que sus nervios empiezan a arder, respondiendo lentamente, reaccionando, anticipando…

Al acariciar su pezón de una forma rápida, parpadea, rígido, la fricción. Eso conecta. ¡Dios, le gustan sus tetas! ¿Lo ha mencionado antes? Las toca y siente que están conectadas directamente con su vagina. No tiene la menor duda de ello.

Siente cómo sus nervios se van calentando. Cualquier cámara de detección del calor vería una bola de luz sentándose encima de su pubis, que viene de un lugar fabuloso, muy adentro, de donde viven los orgasmos.

Un tópico. Pero, cierto. Ahí es donde moran los que son realmente buenos.

No existe tal cosa como un mal orgasmo, ella lo da por asentado y, por consiguiente, tampoco para ella. Pero, los olvidadizos, los que se liberan rápidamente, los estornudos de la entrepierna que viven fuera de su coño y que hacen cosquillas por el camino recorrido, le gustan, pero salen como cuando se echa agua en una hoguera, duran un segundo y se van al siguiente.

Personalmente, le gusta hacer estallar el fuego. Una vez que las grandes llamas se apagan, las brasas brillan y, algunas veces, se rehacen y brillan de nuevo, cuando menos te lo esperas y, vaya, si esas llamas lamen alto.

El resplandor quema intensamente durante unos pocos segundos, mientras todas las sensaciones salen hacia los músculos. Creo que ha tenido muchos de estos y casi que ella podría dibujar un mapa de su viaje. Y se siente muy mal al navegar bajo cualquier otra circunstancia.

Ese resplandor es el mismo borde, el punto de inflexión, el final. Lo poco que sigue es el éxtasis. Esa estimulación casi quema por dentro, el espasmo de los músculos y, para ella,  todo su cuerpo se convulsiona de sacudidas. Gime. Un sonido extraño y gutural que no reconoce como que sea de su cuerpo. El intenso placer viaja en ondas e instintivamente quiere acurrucarse como en una pelota, protegerse, proteger a ese sentimiento.

Sus párpados se sienten pesados, tal como ella siente toda la humedad que se difunde a través de su coño, llevando ese tórrido resplandor con ella. A veces, se siente energizada por ella, a menudo, quiere más y no es suficiente. Algunas veces, con mucha frecuencia, lo siente en el borde de ese placer durante un tiempo bastante largo.

A veces, los orgasmos se arrastran hacia arriba cuando no los espera. Aquellos son especiales, no pueden ser evitados y son como cambiar de los fuegos artificiales a bolas de cañón, como un método de celebración.

Pero entonces, lo sutil es sobrevalorado.

miércoles, 5 de marzo de 2014

¿Ella siempre siente vergüenza?

Cuando una mujer se arrodilla para chupar su polla, cuando se echa sobre su regazo y le levanta la falda para recibir unos azotes, cuando se baja sus bragas y le muestra a él su coño porque se lo ha ordenado, eso es sumisión. Ella hace estas cosas, no porque ella quiera (ella puede decir no), sino porque ha acordado, de antemano, que hará tales cosas si así él lo requiere. Está en su contrato de sumisión, escruto o tácito, (tanto si está escrito como si no lo está).

Me parece que este tipo de actos siempre conllevan algún tipo de vergüenza. Después de todo, ella es una mujer adulta, una persona libre e independiente, probablemente, con firmes puntos de vista sobre la igualdad de las mujeres (tal vez, ella diga, igual pero diferente, pero, sin duda, no inferior). Y, sin embargo, ella hace cosas que a un observador externo, por ejemplo, a un observador vainilla, les pueden parecer inherentemente humillantes. No sólo eso, pues la humillación forma parte del atractivo para ella, si ésta quiere complacerle. Pero, ella siente un torrente, una oleada de sangre hacia su vagina, cuando él la ordena que realice tales actos. La sensación que ella siente, que no  sólo le está ofreciendo un servicio, sino que, al hacerlo, la está despojando de su dignidad, es un poderoso afrodisíaco.

Al menos, eso es lo que he encontrado en las sumisas que he conocido. Pero, de vez en cuando, los lectores se han preguntado si tales sentimientos de humillación son una condición necesaria o invariable o un acompañamiento de la sumisión. Shy me dijo, ¿por qué una sumisa solo da ese servicio a su dominante, algo dado libre y generosamente aceptado? Si aparte de ser humillante, ¿no es inherentemente algo humillante? (No es que ella esté ofreciendo una sumisión libre de humillación. Sino, por suerte, todo lo contrario).

Me pregunto, ¿de qué tipo de servicio estamos hablando? ¿Traerle una taza de café? Supongo que muchas mujeres vainillas lo hacen para su hombre. Este no lo toma como una señal de que ella esté pervertida. Pero, ¿podría una mujer permitir que un hombre haga exactamente lo que quiera con ella sexualmente, con un espíritu de entrega, de amar, pero no necesariamente sintiendo esta sensación extra de vergüenza?

Supongo que mi respuesta es que no. De verdad, no lo sé, porque no creo que yo haya tenido eso alguna vez. Cuando estaba con mujeres vainillas, siempre parecía como si el sexo involucrara algún tipo de negociación. Nunca lo fue: “Soy feliz porque hagas cualquier cosa que te guste. Toma lo que quieras.” Bastante razonable. Dado el tipo de acuerdo que era, usted necesitaba saber lo que ella quería. Usted no podía arar a cuenta. Tenía que ser, dar y recibir. De hecho, era mejor de esa manera. En una relación vainilla, tú no quieres que ella piense que eres egoísta o insensible. Quieres que ella sea una compañera total, de lo contrario, te sentirías como un talón.

En la D/s es diferente. Ella ya le ha dicho. Lo que hace por ella es usarla. Cuanto más tomas exactamente lo que deseas, más contenta está ella, porque sabe que está dando lo que te agrada y esto es lo que la da más satisfacción.

Se me ocurre que, puede haber una razón, por la que creo que las mujeres sumisas siempre quieren ese zumbido extra que las hacen sentirse humilladas (y algunas de ellas quieren mucho de esto. Ellas van tan lejos, como decir que anhelan ser ultrajadas y degradadas – siempre con respeto, por supuesto). Tal vez, esta sea la razón del por qué son las mujeres que busco.

Me excita saber que cuando empujo mi polla contra su garganta hasta que parece ahogarse, ella siente que es un objeto que utilizo para saciar mi lujuria. Me estremece enormemente a medida que lo hace y, por lo tanto, me siento siempre muy atraído por las mujeres que quieren y desean esto. Y, tal vez, haya otras mujeres que se llamenn a sí mismas sumisas (y, por lo que a mí respecta, cualquier persona tiene derecho a llamarse a sí misma lo que ella quiera. No soy de los que dicen que sea una sumisa real), pero que no sienten ese impulso para sacar su vergüenza a la superficie, ponerla al descubierto y ser explotada. Hay de todo.

sábado, 1 de marzo de 2014

Haz que traicione a mi cuerpo

Puede ser que estés pensando que soy tonta. Aunque hayamos estado juntos unas horas, incluso, puede ser que no te conozca. Tal vez, estés involucrado con alguna de mis amigas. Puede ser que no me sienta atraída por tí. Tal vez, me haya reído de tus progresos y te mandé al quinto pino de un manotazo. Puede ser que incluso me hayas presionado hasta el punto de enfadarme y te he dicho que “no me jodas” con tu mirada. Puede ser que, incluso, te haya amenazado por seguirme o fastidiarte por continuar molestándome.

Por supuesto, todo esto te parecerá divertido. Vas a hacer que me desespere por verme libre antes de que esté dicho y hecho. Vas a hacer que me duela hasta que te ruegue que me toques, me lamas, me metas los dedos, me folles y hagas que me corra hasta que no pueda moverme.

Sí, me vas a dejar flácida como una muñeca de trapo, conquistada y usada para tu placer, en un charco de sudor y semen.

Tal vez, me encontrarás en la cama durmiendo. ¿Me vas a persuadir acariciando suavemente mi espalda y atarás mis brazos y mis piernas sin despertarme? ¿Me despertaré con tu cuerpo encima del mío y empezando a luchar contra ti, sólo para darme cuenta que me has clavado y fijado en la cama, con tu muslo apretado contra mi coño y, al luchar, estoy sintiendo el  calor y la fricción de tu fuerte pierna contra los labios de mi coño y mi clítoris y sintiendo dolor en el interior de mi vientre?

¿Me despertaré, obligada a encontrar tu cara enterrada entre mis piernas, con la sensación de tu lengua, tan exquisita, acariciando mi clítoris hasta el punto que no quiera que pares? ¿Se mezclarán mis gritos de protesta con mis gemidos de placer? Cuando involuntariamente yo empiece a retorcerme y  presionando tu lengua, ¿vas a meter tus dedos en mi coño y trabajarlo expertamente, llevándome al borde y poniéndome boca abajo hasta que me vuelva loca de lujuria?

Cuando finalmente me rompas, cuando mi cuerpo ya no escuche más a mi mente, cuando empiece a llorar y las lágrimas rueden por mi cara, mientras débilmente pido: “Por favor, oh, por favor, por favor, haz que me corra, necesito correrme…” ¿Dejarás de comerte mi coño y meter los dedos en mi boca, empapada de mi deseo por tí y obligarme a lamerlos y chuparlos hasta dejarlos limpio? Quiero hacerlo con un abandono total. ¿Lo haré para agradarte o con la esperanza de que me dés lo que tan desesperadamente necesito?

¿Frotarás con el glande de tu pene, duro, arriba y abajo de mi raja empapada, primero golpeando mi clítoris y, luego, mi palpitante y húmedo agujero? ¿Harás que te pida tu polla dura y gruesa? ¿La hundirás en mi coño tan dolorosamente lenta que no pueda ni respirar o la deslizarás de golpe dentro de mí, haciéndome gritar y correrme y retorcerme fuerte contra usted?

¿Me follará con lentitud y burlándose de mí, preguntándome si su verga me sienta bien, si me gusta la manera en que en que la siento en mi coño. ¿Me dirá que sabía que yo la quería todo el tiempo, siempre, incluso cuando no lo hiciera? ¿Va a hacer que le diga, una y otra vez, lo mucho que me gusta su polla, lo mucho que me gusta la manera que me folla? ¿Cómo iba a estar tan equivocada si nunca le rechazo?

¿O me va a coger con fuerza y rápido, diciéndome que soy su puta ahora o si quiero serlo o no? ¿Le diré sí, lo soy? ¿Va a pedirme disculpas por haber pensado que no le quiero? ¿Me hará correrme una y otra vez y nunca cejará de golpear mi coño hasta que me duela de gusto, de modo que no sepa si pedirle que pare o justo que coja su polla y chorree una y otra vez hasta que sienta que el jugo de mi coño chorrea por sus testículos? ¿Va a decirme que soy una putita y que quiere cada gota de semen que tenga?

¿Va a jadear y gemir mientras se prepara para correrse, maldiciendo y tildándome con palabras soeces mientras se cargas bien y se prepara para disparar? ¿Sentiré las sacudidas y los espasmos de tu polla en mi coño, mientras pinta el interior con grandes chorros de esperma? O ¿se correrá en mi cuerpo, mi estómago, mis pechos, mi cara y me dirá que estoy hermosa con tu esperma por toda mi cara, justo de la forma que me lo merezco?

¿Me liberará de las ataduras y me dejará sucia en la cama, con mi coño enrojecido, hinchado y dolorido?

Y lo más importante… ¿Me dirá que sigue siendo mi Amo?

Le decía ella a él.

jueves, 27 de febrero de 2014

Mojada



Los dos están sobre la cama. Ella, desnuda y la mano de él, entre sus piernas. Él introduce un dedo en el interior de ella.

“Estás mojada,” le dice. “Siempre estás mojada.”

“No es culpa mía,” le contesta.

“¿Oh? ¿Y por qué es eso?”

“¿Usted sabe por qué?” ella pregunta. “Es por lo que usted me hace.”

“Hasta hace unos minutos, no he estado haciendo nada.”

Ella sabe lo que se trae entre manos. En ese pequeño y perverso juego entre los dos, donde la manipula para que cometa un error y, a continuación, tener que castigarla.

“Cuando estás conmigo, suele suceder de esta manera.”

“He estado con otras mujeres y sus coños no babean como es tu caso.”

Sus dedos se están moviendo en el interior de ella, haciendo una especie de sonido sordo. ¿Qué podría ser más vergonzoso?

“Es mi metabolismo,” dice ella.

“No es,” replica él. “¿Quieres que te diga por qué te pones tan mojada?”

Ella piensa que sabe lo que es correrse. “¿Por qué?”

“Es por lo que hay aquí,” dice él, acariciando su cabeza. “Es porque eres una puta. Una puta total y absoluta. Es por esto, por lo que tu coño está siempre empapado.”

Ella no sabe lo que decir a esto. No necesita encontrar una respuesta. Él es quien dirige la conversación.

“Es un coño rebelde, codicioso y cachondo. Creo que necesita disciplina.”

“Sí,” susurra ella.

“Abre tus piernas.”

Ella cierra sus ojos y abre sus piernas. Hay un momento de pausa, luego, él golpea fuerte su coño con la palma de la mano. Ella jadea. Él lo azota una y otra vez, y otra vez. Lo que más quiere ella ahora en el mundo, es cerrar sus piernas a cal y canto, no porque le duela, ni porque pique, sino porque es muy humillante tener su pequeño y cachondo coño siendo abofeteado, tener que estar echada allí y dejar que lo haga.

Está ahora más húmeda que nunca, pero, ¿de quién es la culpa? Ella hace que sus manos estén húmedas también. Él pone su polla en ella y, aún con la ropa puesta, empieza a penetrarla.

“La próxima vez,” dice él, “tendré que azotarte con mi cinturón.”

Con sólo pensarlo, su coño se aprieta.

domingo, 23 de febrero de 2014

Avergonzada

“Ven aquí.”

Ella camina hacia donde él está sentado, luego permanece esperando de pie. Algo ha hecho ya clic en el cerebro. La negativa no es una opción. Incluso la vacilación tampoco es una posibilidad. ¿Qué es lo que desencadena su respuesta? ¿Su tono de voz? ¿Su lenguaje corporal? Ella se ha programado ahora, como el perro de Pavlov, no salivando en la boca, sino… ¿más abajo? Es un pensamiento humillante.

“Quítate la falda.”

Ella desabrocha la cremallera y deja caer la falda al suelo.

“Ahora, las bragas.”

Ella las desliza por sus caderas y las deja caer.

“Muéstrame lo que tienes entre las piernas,” dice él.

Ella abre sus piernas, saca su pelvis hacia adelante. Es una posición incómoda. Ella sabe que esa es la idea.

“Pon tu dedo en tu coño,” le dice.

La forma en que él dice la última palabra, la levanta en seco, casi como una bofetada en su cara. Despacio, ella introduce el dedo en su interior.

“¿Estás húmeda?”

Sin mirarle, ella asiente con la cabeza.

“Saca tu dedo y huélelo.”

Ella lo sostiene en su nariz, justo el tiempo suficiente para captar una traza del olor que segrega.

“Ahora, chúpalo y lo limpias.”

Ella pone su dedo en la boca.

“¿Te gusta su sabor?” pregunta.

Ella se encoge de hombros. Realmente, no lo sabe. Puede ser que no le guste tanto como parece.

“Déjame saborearlo,” dice él.

Ella vuelve a poner su dedo en su coño. Luego, se lo ofrece. Él lo lame con delicadeza.

“Ummm,” dice. “Ahora, dáte la vuelta e inclínate.”

“Por lo menos, ahora no puede ver mi cara,” piensa ella. Porque se está ruborizando más que nunca.

“Separa tus nalgas,” le dice.

Ella puede sentir que la está mirando. Ella sabe lo que viene a continuación. Realmente, no quiere hacer esto.


“Lame tu dedo y empújalo hasta el interior de tu cachondo culito,” le dice.

jueves, 20 de febrero de 2014

La pregunta de una masoquista



“¿Cómo le tengo interesado en mí?”

 

Esta es una pregunta capciosa, sin unas respuestas claras. Puede que usted tenga que replantearse algunas de las cosas que está utilizando para hacer frente a los sádicos. Los dominantes y los sádicos podemos parecer y actuar muy similarmente y, con frecuencia, puede que usted no vea la diferencia, pero, al menos, en mi definición de las etiquetas,  existen algunas sutiles diferencias que pueden hacer que usted se pierda.

 

Tenga en cuenta que los hombres son tan complicados como las mujeres, con el agravante de que nosotros succionamos para expresar nuestras emociones. Las mujeres son atletas de la comunicación emocional; los hombres cambian los neumáticos y llevan el equipaje pesado, pero ustedes, las mujeres, tienen que hacer el trabajo pesado que es donde sobresalen.

 

La mayoría de los hombres con los que te encuentras, tienen rastros de dominación y sadismo, que son los más pronunciados. Personalmente, puedo ser dominante, pero, al final del día, lo que me satisface no es la obediencia de ella y su sumisión, sino sus respuestas emocionales y físicas a mí. Haciéndome eco de la princesa de día y de la puta por la noche. No soy dominante durante el día y sádico por la noche. Lo siento, es terriblemente simplificado, pero, bastante preciso.


Dudo que usted pueda ver mucho de la persecución masculina de la mujer que se utiliza por parte de un sádico. Un dominante puede cazar porque es, más o menos, una caricatura de un hombre alfa dando con “normalidad” un paso hacia adelante. Personalmente, pienso que un sádico es menos de una caricatura de un hombre alfa y más de alguna otra cosa, un hombre inteligente. Si un dominante es el rey, entonces, el sádico sería un mago o un obispo. Si un dominante es un caballero, entonces, el sádico es un sacerdote. Si un Dominante es un jefe de la tribu, entonces, el sádico es el chamán. Si un dominante es un escultor, entonces, el sádico es un poeta.


Es probable que un sádico, mientras la consigue, emocione mucho en la persecución, en vez de saborear el juego del gato y el ratón. Él te hará daño. Te hará daño física y, tal vez, emocionalmente y su emoción está en que eres incapaz de resistir y tu incapacidad de resistir vuelve por más. La emoción no está en cazar y matar, sino en la profunda conexión e intimidad entre el torturador y la torturada, entre el sádico y la masoquista, el dominante y la sumisa.


Yo no persigo a las mujeres. Las mujeres vienen a mí. Aunque, no sea tan arrogante como parece. Te alimentaré, te aceptaré y no puedo soportar la idea de convertir a alguien ni a nadie a esto. Usted tiene que acercarse a mí por sus propios pasos y tiene que convencerme que usted, no solamente comprende, sino que anhela ser alimentada con la misma intensidad que yo quiero alimentarla.


Busco la simbiosis. Busco a las que no se derrumban cuando hundo mis dientes en ella. Busco la fuerza, la magnificencia y la fuerza emocional y lo suficientemente potente  como para ser compartida, para que me rodee, que se envuelva a mí alrededor.


Un sádico se alimenta de las respuestas que recibe. Está en la respuesta a su tacto o a su presencia, la que ve por sí mismo. Cuando usted le responde, es cuando él se siente realmente  vivo. Es menos probable que se enamore de su sumisión y obediencia y sí de saborear su capacidad de entrega, sentir y comunicar esos sentimientos hacia él.


Sin embargo, no cometa el error de fingir. Parte de su maquillaje es una fuerte capacidad de empatía. Si se quiere, su empatía es su órgano sexual. La usa para penetrar en sus emociones y hundirse más y más en usted. También significa que él sentirá algo, cuando esté descentrado.

 

El sádico necesita que usted se sienta fuerte y brillante, tan brillantemente que su propio corazón resuene en el suyo. Que es cuando usted lo tiene. Se conecta con un sádico haciéndole sentir y usted hace que, al sentir con tanta intensidad, él se sienta atrapado en el torbellino de sus emociones.