“Adiós”
es una palabra que usamos muy a menudo para concluir algo, cerrar un ciclo, un
momento. Un período de fases de nuestras vidas. Algunos adioses son
temporales, otros son para siempre. Cuando el amor está involucrado, no siempre
es fácil. Siempre es complicado. Siempre es difícil dejarlo ir. ¿Por qué
siempre tenemos que dejarlo ir? Vivimos en un ciclo de despedidas perpetuas.
Me
gustan los “Holas.” Son un saludo y una forma sencilla de iniciar un nuevo
comienzo. Porque los “Holas” llevan a
cabo una bienvenida y transforman a su debido tiempo a ese terrible Adiós. Son
enemigos de ese arco que tiene que coexistir constantemente. El Hola está lleno
de maravillas y tiene planes por encima de todos los planes. El Adiós ha vivido
a través de esos planes y no importa qué, no importa cuán increíbles sean, cómo
la vida vaya cambiando y cuánto de tu vida se haya incrustrado en esos
momentos, el Adiós siempre se quiere desligar de esos momentos. Una lucha
constante de Holas y Adioses, un ciclo siniestro de una montaña rusa emocional
sin fin.
¿Qué
pasa si nos deshacemos de los Adioses y, en su lugar, vivimos dentro de los
Holas? Conocer el futuro es inevitable, pero no lo es. Es una variable loca con
planes propios, por lo que, en su día, se convertirá en un Adiós nunca dicho,
pero que ha estado viviendo, a su vez, continuamente en su lugar.
Vete
al cuerno “Adiós,” te diría adiós, pero sé que me encontrarás más pronto o
más tarde. Pues vas a hacer a todos los que quiero y a todo lo que me importa,
que les diga Adiós en algún momento. No me gustan las despedidas, vamos a ver
más adelante lo que usted dice en su lugar y ver si no podemos mantener la
ilusión por todo un día más. Le diré “Hola” a la ilusión y Adiós a las
tonterías. Por eso, vuelvo.