jueves, 9 de febrero de 2012

En el rincón.- 1

Yo nunca la aviso. Empiezo a quitarle las ropas, de hecho, de una manera rápida. Girándola sobre sí misma y, de esta manera, corro las cremalleras, botones y corchetes. Me encanta desnudarla mientras todavía estoy vestido. Creo que a ella también le gusta. Es su pasaporte instantáneo hacia la tierra del subespacio. Estar desnuda en frente de alguien, más que estando vestida, es muy difícil no sentirse sexualmente subordinada a su merced.
Le digo que permanezca de pie en el rincón de la habitación mientras voy y busco los tres implementos que necesito. El primero es un par de esposas para los dedos. Me gustan muchísimo. Son pulcras y elegantes. Tengo también un par de esposas para las muñecas y, algunas veces, son el elemento correcto, pero, siendo honesto, son un poco bastas. También tengo algunas esposas de cuero, que son mucho más estéticas. Son también mejores para trabajos de larga duración, especialmente para atarla como una cerda. Las esposas pueden irritar después de un tiempo, mientras que las esposas de cuero son bastante cómodas. (Siempre siento que es un error causar daño o molestias por accidente. Si a ella le va a doler, tienes que procurar que sea el tipo de dolor que la excita, no el dolor persistente y torpe de las esposas que están demasiado apretadas).
Por lo tanto, yo le pongo las manos a su espalda y la pequeña esposa de acero se la pongo alrededor de su pulgar y así la tengo asegurada. Luego viene la mordaza. Realmente, a ella, esto no le gusta en absoluto y no hay duda que su disgusto me provoca. No creo que esto sea una contradicción con el párrafo anterior. Algunas veces, es bueno insistir en algo que te gusta mucho, por mucho que a ella no le guste.  Dice que, después de un tiempo, su mandíbula le duele. Tal vez, la mordaza sea un poco grande. Pero, sin duda, hace el trabajo. Es una pelota de caucho negro sujeta en su sitio por una correa de cuero alrededor de su cabeza. Me gusta el aspecto. Me gusta incluso más de lo que parece. Sé que es humillante. Algunas veces cuando la lleva, deliberadamente, le pregunto algo y en vez de responderme  con un movimiento de cabeza, lo que sale de su boca es un murmullo inarticulado. Es difícil para una mujer estar de pie y mantener su dignidad en una situación como esa. Ella dice que no le gusta porque la hace babear. Esto es por lo que me resulta tan emocionante, ver la saliva chorreando por su barbilla. De nuevo, más humillación. Y, por supuesto, sé que ella me está contando toda la historia. Porque, no es solo que esté babeando por la boca. Como un obsequio para mí, su coño también está babeando en abundancia.
En tercer lugar, viene su collar. Es grande y pesado, de cuero negro, con tachones de acero. Me ha rogado que nunca la obligue a llevarlo en público, pero tengo la intención de que sea eventualmente. Y aunque, dice que le teme, le fascina.
Le abrocho la hebilla y ahora, ya está lista. ¿Para qué? Todavía estoy en ese delicioso estado de no ordenar mi mente. ¿Soy hoy el Sr. Elegante o el Sr. Repugnante? Estoy justo detrás de ella, hacia un lado, muy cerca.
“¿Vas a ser una buena chica?” Pregunto. No es que ella tenga ahora muchas opciones.
Ella asiente con la cabeza.                
Poco a poco, acaricio la parte posterior de su cuello. Deslizo suavemente las uñas de mis dedos por su espalda, por la hendidura de sus nalgas y por su espalda de nuevo. Paseo mi mano alrededor de su pezón y pellizco con suavidad su pezón derecho.
“La última vez fue cruel, ¿verdad?”
Lo afirma con su cabeza.
“¡Qué moratones! Pobre mujer.” Miro hacia abajo. “Pero, ahora han desaparecido,” digo.
Pongo mi mano en su culo y lo pellizco.
“Tal vez, sea hora de algo más,” digo.
Ella mira hacia la pared.
Me inclino hacia adelante y le susurro al oído: “Creo que piensas que la última vez llegué a tu límite. Pero, no estoy seguro que sea verdad.”
Ella tiembla ligeramente.
“Me agradaría llevarte más allá de tus límites,” le digo. “Quieres agradarme, ¿verdad?”
Ella vacila, luego lentamente asiente con la cabeza.
“Cuando te he marcado, siempre parecías deliciosa,” digo. “La próxima vez será peor. Y puedo prometerte que habrá una próxima vez.”
Ella mira a su alrededor, echándome una mirada sincera, implorando.
“Ponte de cara a la pared,” le digo.
He decidido ir suave en este momento. Bueno, en cierto modo. Pongo mi mano entre sus piernas. Acaricio su sexo, apretando los labios, tirando de ellos, presionándolos, y luego, insidiosamente, deslizando un dedo entre ellos hacia su interior. Ella gruñe.
“Estás ya demasiado húmeda,” digo, apretando su sexo duro. “¡Esta pequeña puta!”
Extiendo un poco de sus copiosos flujos en su clítoris y poco a poco lo rodeo con mi dedo.
“Creo que la lección de hoy será sobre la paciencia,” digo.
Continúo deslizando mi dedo sobre su clítoris. Ella se retuerce un poco.
“No te muevas,” le digo.
Mi otra mano trabaja durante un tiempo en sus pechos, apretando, pellizcando, primero en uno, luego en otro. Clavo mi uña en el pequeño botón de su pezón. Ella corta su respiración.
“Shhh,” digo.
Todavía estoy acariciando su clítoris con mi mano derecha. Muevo mi otra mano hasta su culo, lo aprieto con fuerza y luego, deslizo mi mano entre sus piernas una vez más. Empujo un dedo hacia el interior de su coño, a continuación, tiro del mismo, mojado y resbaladizo. Cuidadosamente, lo deslizo hacia el interior de su culo.
“¡Qué buena mujer eres!” digo.
Inclino mi cabeza y beso su oído. Sé que ella no puede mantenerse quieta cuando hago esto. Quito mi mano de su clítoris y la agarro sus pelos, se los retuerzo fuertemente para que no pueda mover su cabeza. Introduzco mi lengua en su oído. Un murmullo incoherente sale por detrás de la mordaza. Empiezo a murmurarle cosas al oído, palabras groseras, medio dirigidas a sus fantasías más secretas, fragmentos de cosas que le he hecho en el pasado. La estoy llamando por sus nombres. “Puta” es el menos significativo de ellos. Ahora tengo metido dos dedos en su culo.
“Voy a poner de nuevo mi dedo en tu pequeño y codicioso clítoris,” le susurro. “Si eres muy, muy buena, podría seguir hasta que te corras. Pero, si oigo el más leve sonido o si te retuerces, me detendré. Y luego, no conseguirás correrte durante mucho tiempo. ¿Comprendes?”
Ella asiente con la cabeza. No estoy seguro de que realmente crea que seré tan bueno como mis palabras, pero seré tan estricto como digo. Tal vez, ella piense que cuando llegue a estar a punto y esté al borde del orgasmo y deje escapar un simple gemido y empiece a temblar, no seré lo suficientemente cruel para pararme. Pero, ella debe conocerme muy bien, por ahora.


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