martes, 8 de diciembre de 2015

Adiós

Empecé este blog hace casi cinco años. En unos momentos difíciles debido a la crisis y a una enfermedad grave de una persona muy cercana. En ese tiempo, he escrito miles de palabras. Mi blog ha tenido muchos amigos y me ha dado muchas satisfacciones. Como en todo lo que hago, puse mi corazón en este blog, hasta el punto de mantenerlo vivo de una manera constante. Pero, recientemente, mi vida ha cambiado. Mucho para mejor, me apresuraría a decir. No puedo decir exactamente cómo, porque eso sería inmiscuirte en mi privacidad y ésta empieza a ser de otra persona. Aparte, lo anterior ha coincidido en el tiempo con un reto profesional muy halagador que no puedo ni debo rechazar y, además, quiero darme un tiempo para vivir y disfrutar.
Como resultado de ello, creo que ya no tengo la motivación para escribir como un Dominante que discierne. Quizás, un día lo echaré de menos y vuelva otra vez a ello. O puede ser que empiece otro blog en otro sitio con un tono completamente diferente. Justo ahora, me voy a tomar un descanso largo. Dejaré mi blog abierto en este sitio para el caso de que alguien tenga curiosidad por este estilo de vida o quiera leerlo, pero yo no voy a publicar más artículos.
Quiero darles las gracias a todos mis lectores y lectoras, especialmente a aquellas personas que han publicado comentarios o que se han tomado la molestia de ponerse en contacto conmigo. Adiós y muchas gracias por vuestro tiempo.
Ben Alí

domingo, 6 de diciembre de 2015

De nuevo, compartir

He recibido en mi correo privado algunas críticas feroces sobre mi artículo anterior “Compartir.” Soy consciente de que esto no es para todo el mundo y mi consejo es que, si algunos de ustedes tienen dudas sobre ello, no lo hagan. Se requiere un alto nivel de confianza del uno en el otro, y también, cómo no, un alto nivel de confianza en sí mismo. Creo que es esencial que nadie deba sentirse presionado en lo más mínimo en este tipo de actividades.
Una de las preguntas que un lector me planteó y que me hizo pensar, fue: “¿Cómo se sentía el otro hombre? De alguna manera, siento que ha sido menospreciado o considerado de un estatus inferior, porque, en primer lugar, la mujer se ha entregado a él para el placer de su dominante…en cierto sentido, ¿está siendo utilizado y esto le molestaría?” Nunca me he visto en una situación igual, como la del “otro hombre.” Por lo tanto, no puedo estar seguro de cuál podría ser mi respuesta.
Estoy siendo tentado para ser un cínico. La mayoría de los hombres a los que se les ofreciera la oportunidad de tener relaciones sexuales sin condiciones añadidas con una mujer bonita, que es como se sirve en un plato, estarían poco dispuestos a mirarle la boca a un caballo regalado. Los hombres son lo que son y permiten pocas sutilezas éticas en el camino. Si un hombre quiere ofrecer a su chica y ella aparenta estar de acuerdo con ello, ¿cuál es el problema?
Pero, vamos a suponer que hay algunos hombres que pudieran ser sensibles a jugar a lo que es, después de todo, un papel subordinado. La dinámica central del encuentro se juega entre el Dominante y su sumisa. El otro hombre es el catalizador. Sus sentimientos al respecto sobre esto no son realmente importantes para ellos. Él está siendo utilizado por ellos para que estos puedan bajar a su propio escenario privado. La compensación por esto es que él pueda tener sexo. Lo consigue follándose a una mujer a la que de otra manera no tendría acceso.
Últimamente, mi punto de vista es que si el otro hombre puede contribuir a su placer y conseguir alguno para sí mismo, no hay perdedores. Y, ¿quién sabe en el curso de los acontecimientos qué conexiones interpersonales pudieran generarse? Pero, si usted  es tan protector de su propio estado y piensa que solamente consentiría copular cuando usted sea el centro de atención, casi con toda seguridad, compartir no sería de lo que se trate.

jueves, 3 de diciembre de 2015

Compartir

He tenido varias conversaciones con la mujer de la melena rubia sobre el compartirla con otro hombre o incluso con otros hombres. Ella tiene mucha curiosidad sobre esto y, ciertamente, no es reacia, aunque comprensiblemente se ha puesto un poco nerviosa, ya que nunca ha intentado una cosa similar. He tenido que darle un montón de explicaciones para clarificarle mi posición al respecto. En primer lugar, ella necesitaba la seguridad de que mi deseo por entregarla no es una señal de que no me preocupe por ella. Por el contrario, le dije que si  estaba dispuesta a hacer esto por mí, si ella es lo suficientemente atrevida y de mente abierta, la admiraría aún más y la apreciaría muchísimo por ello.
“La mayoría de los hombres no son así ni se sienten de esta manera,” me dijo. “Son celosos de sus mujeres y las vigilan muchísimo.”
“Afortunadamente, no soy responsable de lo que la mayoría de los hombres sienten o piensan. Sólo sé cómo yo soy,” le repliqué.
Pero, ella teme que yo hiciera tal cosa, que la considerara una puta. Por supuesto, ella sabe que en mi libro, puta es un término de honor para una mujer que le gusta el sexo tanto como a mí.  Pero, entiendo lo que ella quiere decir. Con toda seguridad, ¿sólo las mujeres sin autoestima se involucran en el sexo en grupo? Trato de explicarle que no intentaría compartirla sin que yo estuviera seguro de que ella se auto valora a sí misma en gran medida. Y solamente me gustaría prestarla a alguien que yo considerara muy digno de ella y que la apreciara.
Ella se pregunta sobre mis motivaciones. ¿Por qué quiero hacer esto? Siempre tengo problemas para explicar esto correctamente. Es solamente la manera en que estoy conectado con ella lo que me excita. He intentado muchas veces escribir sobre esto en este blog y no creo que tenga mucho más que añadir a esto. Creo que, en última instancia, tiene algo que ver con la sensación de propiedad. Como su dominante dice en la “Historia d’O,” cuando le explica a O por qué él va a permitir a otros hombres que la utilicen. Porque, para empezar, sólo se puede prestar lo que es de uno. Sexualmente, la mujer de la melena rubia me pertenece totalmente. Si la entrego a otro hombre, es una demostración de que ella es de mi propiedad por completo y sin reservas. Así es como voy a experimentarlo, y cómo ella lo sentirá también.
Aunque ella se pregunta que, si está jugando con otro hombre, ¿yo participaría? Le digo que, hasta cierto punto, podría, pero lo más probable es que simplemente me limite sólo a observar. Entonces, ella me pregunta:
“Si usted está sólo observando, ¿no se sentiría excluido?”
Le explico que observar es algo muy activo para mí. Soy una persona muy visual. Me encanta ver películas, pinturas, fotografías y, por supuesto, a mujeres guapas en la pantalla y en la vida real. Observarla con otro hombre me daría una profunda satisfacción. Yo no tendría que tomar parte, aunque podría.
Es muy probable que ella nunca llegue a entender por qué soy así, ya que ni yo mismo lo entiendo, pero ella es feliz aceptando lo que la digo. Y, aunque al principio, ella no se fiaba, ahora está intrigada. He acordado una cita con otra pareja que también están en la D/s para dentro de un mes. Sigo hablando con el dominante sobre cuál sería el escenario y quién hará qué a quién. Es divertido anticiparse.
Habrá muchas personas que piensen que soy raro, o peor. Voy a permitir que sea un pervertido y me siento orgulloso de ello. Si esto provoca una reacción negativa en algunas personas, mala suerte. No se debe escribir un blog sobre el libertinaje si usted tiene miedo a la hostilidad, como tampoco se debe leer un blog si usted es una mojigata o un mojigato. No obstante, creo que la inmensa mayoría de mis lectores comprenderán el atractivo de este tipo de cosas, incluso si deciden que no es para ellos.


viernes, 27 de noviembre de 2015

Fantasía ocasional

Ella abre la puerta y baja las escaleras. No es la primera vez que se pregunta quién ocupa el resto de la casa. ¿Vive gente en esta casa? ¿Trabajan aquí? Ella nunca ha visto a nadie.
En la parte inferior de las escaleras, ella abre otra puerta y entra. Mezclado con el aroma de las velas y el incienso que algunas personas queman, hay un ligero olor a antiséptico  que mantiene el lugar impecablemente limpio.
Se quita la ropa y se sienta en una silla de madera con las manos en su regazo, esperando pacientemente. Bueno, tan paciente como ella puede. Desde entonces, ha estado esperando que cuando se abra la puerta, de nuevo sea él. Un hombre mayor, de pelo gris y de manera cortés. Sería muy difícil decir con exactitud lo que a ella le había atraído de él. Probablemente, fuera su aire de confianza total mientras él hacía su trabajo. Y también, la sensación de que él nunca la había visto, podía ver con el fondo de la mente de ella, comprender el caldero hirviente de deseo que la había hecho venir hasta este lugar, pues sabía mejor que ella lo que esta necesitaba.
Ella se dice a sí misma que debería dejar de pensar en él, porque puede ser que no sea el que venga. La última vez que ella estuvo aquí, se había sentado sin aliento, incapaz de soportar el suspense mientras esperaba para ver si el hombre mayor vendría por ella otra vez. Y luego, sufrió una oleada de decepción cuando la puerta se abrió para revelar otro hombre, mucho más joven. No es que este otro hombre no tuviera una cierta habilidad en lo que hacía. Y no hubo ninguna posibilidad de que ella pudiera rechazarlo. Ese era el trato, que aceptó sin vacilar para venir y del que no podía volverse atrás y eso era parte de lo que lo hizo tan excitante. El saber que ella no podía negarse, sin importar de quién se tratara, tuvo un efecto poderosamente estimulante en su imaginación.
De todos modos, sentada ahora aquí, ella deseaba fervientemente que pudiera ser el hombre mayor una vez más. Con seguridad, ¿él había disfrutado de la experiencia? ¿Es posible que él quisiera volver para encontrarla de nuevo? Pero ni la sumisa ni el dominante podrían estipular quién pudiera ser su pareja. Sólo se podía hacer una cita  a ciegas y volver a la esperanza. Incluso esto, no es algo que suceda muy a menudo. La gente que se dirige al lugar, personas sombrías y sin nombres, sólo una dirección de correo electrónico y una cuenta bancaria, vigilan cuidadosamente el uso de sus instalaciones. Nadie podría visitarla más de una vez al mes.
En los últimos dos meses, a pesar de su decepción, ella había estado esperando con desesperación a ese hombre nuevo, el hombre que la había motivado. Su cuerpo estaba dolorido por el beso de su látigo. Ella anhelaba la crueldad de su toque, la sensación sobre su cuerpo desnudo de esas manos que le habían hecho infaliblemente a ella lo que era tan perfecto, había hecho que su cuerpo se estremeciera y retorciera, la había hecho gritar y, cuando terminó, llorar de gratitud.
Ella sabe que pensar en él, sólo puede servir para que cualquier punzada de decepción sea mucho más nítida. Pero no puede dejar de recordar, cómo cuando él había entrado, no había pronunciado ni una palabra, solamente permaneció de pie delante de ella mientras ésta se sentaba. Luego, puso su mano bajo su barbilla y levantó su cara para que le mirase. Sus ojos marrones mirándola profundamente. Y luego, sin avisar, abofeteó su cara. Tres golpes punzantes y ella gritó, más por la sorpresa que por el dolor. Y la agarró por el pelo y medio la levantó de la silla, arrastrándola hacia el banco que estaba en el centro de la habitación. El banco,  acolchado en la parte superior y las correas de cuero en cada ángulo para atar las muñecas y los tobillos.
Durante la hora siguiente, ella descubrió lo que había estado esperando al venir aquí durante estos meses. Por fin, había sido justo y, de hecho, perfecto. Pero después, el hombre se marchó de la misma manera que había llegado, sin decir una palabra. Sin dejar ni una huella. Y sin embargo, ahora se siente esperanzada, sin atreverse a esperar que él vuelva otra vez.

viernes, 20 de noviembre de 2015

Piercing

Una vez, le dije a una sumisa que me gustaría hacerle una marca o, en su lugar, un piercing. Hablé mucho con ella sobre esto y, ciertamente, tenía muchas ganas de saber su respuesta, lo que sentía sobre lo que sería un proceso muy íntimo, por no decir invasivo. Pero, desde el principio, no la dejé la menor duda de que la decisión la había tomado y la llevaría a cabo de acuerdo con mis deseos. Si un dominante no puede tener a su sumisa con un piercing de la manera que él quiere, ¿qué problema hay con esto?
Mi decisión era por un piercing horizontal en la capucha de su clítoris. Hice algunas indagaciones y este era el que más se ajustaba a mi fantasía desde hacía mucho tiempo y quería que lo tuviera la mujer que fuera mi sumisa. Físicamente, ella era adecuada para esto. No voy a entrar en detalles, pero algunas mujeres son de una manera y otras, de otra manera y ella es justo de la manera correcta para esto. Además, está cercana a mi fantasía.
¿Y qué es eso? Una mujer desnuda permanece quieta, con los brazos detrás de la espalda, las piernas separadas, su ingle empuja hacia adelante. El dominante lleva una cadena de plata con una pinza en el otro extremo, que se engancha al aro que está por encima de su clítoris. Él tira suavemente para ver si está seguro. Luego, se pone en marcha por la habitación llevándola por la cadena. Si en algún momento, se muestra reacia a ir hacia donde la dirige, o para hacer lo que él diga, tira de la cadena hasta tensarla, lo cual desencadena una obediencia instantánea. Finalmente, cuando él ha llegado a su punto, tal vez, ate la cadena al extremo de un radiador u otro punto fijo (lo ideal sería estar en una mazmorra con argollas de hierro incrustados en la pared, pero seamos realistas). Él ha atado las manos detrás de su espalda y, por lo tanto, está perfectamente posicionada para ser usada o abusada de la manera que él quiera.
En caso de que usted se esté preguntando si ella desea esto en gran manera (al menos, el piercing, todavía no lo habíamos hablado en detalles, lo cual la podría mentalizar). El mero hecho de pensarlo ya hacía que se humedeciera. Esto no quiere decir que no se sintiera extremadamente preocupada. Incluso, tal vez pudiera ser que ella tuviera un brote de sudor frío durante la noche al pensar en el dolor, la vergüenza o lo que fuere (por supuesto, yo estaría a su lado mientras se lo hacían y, sin dudar, haría algunas fotos). Pero, en el fondo, no percibía que ella tuviera mucho miedo.
“No tendrás más remedio que exponerte a que te lo hagan,” le dije.

lunes, 16 de noviembre de 2015

Amordazada

La mujer de la melena castaña tenía puesta una mordaza de bola en su boca, de color roja con una correa negra. Al principio, la correa estaba lo suficientemente apretada. Por lo tanto, al estar con abrochada con firmeza, rellena su boca. No pasará mucho tiempo antes de que ella empiece a babear. Hablo con ella. Sé que es mi parte sádica. Ella no puede responder a ninguna de mis preguntas, solo hacer ruido murmurando. Puedo decir lo humillante que es para ella, y esto me gusta.
El babeo continúa. Eso también es humillante. Es como si ella fuera de nuevo un bebé. Sin palabras, reducida a la incoherencia, babeando por la boca. La saliva gotea por la parte inferior de la bola roja. Supongo que ella también se siente como un objeto, un juguete sexual. Tal vez, existiendo solo para jugar con ella, dado que no tiene voz propia. Cuando no podemos hablar, sentimos que nuestra identidad ha sido quitada, no tenemos sentido de nosotros mismos, ya que si no podemos expresar nuestro yo, ¿dónde está?
En realidad, la mordaza dilata la boca abierta. No es doloroso, sino un poco incómodo. No es que no pueda olvidar que la lleva puesta. Me gusta mucho ver cómo la lleva y hago que la mantenga durante mucho tiempo. Cuando, por fin, permito que se la quite, ella pone su mano en la mandíbula para frotarla con suavidad. Le hago una pregunta. No entiendo su respuesta. Le pregunto de nuevo. Nada más que una mirada. A pesar de que sea eliminado el elemento físico para hablar, ella no puede hablar. Se ha ido al subespacio en el mismo momento que se quitó la mordaza. No me esperaba esto. Estoy fascinado. No puedo esperar a volver a hacerlo.

sábado, 14 de noviembre de 2015

Vanidad

 Ella estaba en su webcam.
“Quítate las ropas,” le digo.
Ella ha oído con mucha frecuencia esa expresión y no lo dudó. Cuando estuvo desnuda, le dije que se arrodillara en posición de sumisa: Las rodillas ligeramente separadas, las manos estiradas hacia adelante, la cara contra el suelo, la espalda arqueada y el culo levantado. Le dije que se mantuviera en esa posición en silencio durante cinco minutos.
Ella hizo una mueca. Yo sabía que esto no le gustaba y que, por supuesto, hizo de que yo estuviera más decidido a que lo hiciera.
“Mientras te arrodillas, le dije, piensa sobre tu sumisión y lo que significa.”
Ella se puso en posición y me senté mirando sin decir nada hasta que el tiempo se hubo terminado. Entonces, le ordené que se pusiera de nuevo sus ropas y que se sentara en el sofá.
“Ahora,” dije, “Quiero saber para lo que esa cara estaba a punto.”
“¿Qué cara?” ella dijo.
Afirmó no saber lo que yo quería decir. Le dije que yo sabía que a ella no le gustaba arrodillarse para mí de esa manera. Le dije que era bueno para ella hacer cosas que no le gustaban. Así fue como pude probar su sumisión. Si ella sólo hacía las cosas que le gustaban, era demasiado fácil.
Ella lo entendió. Entonces, ¿por qué resistirse? Lo pensó mucho y en profundidad, tratando de analizar sus sentimientos.
“Díme la verdad,” le dije. “No voy a ser transversal, no voy a juzgarte. Sólo quiero saber.” Finalmente, dijo que era el orgullo. Le pedí que se explicara.
Creo que el orgullo no era la palabra correcta. Creo que era una descripción más precisa de sus sentimientos, mientras ella pasaba a describirlos, sería la vanidad. Es bastante común entre las mujeres sumisas. Bastante común entre todo tipo de personas, supongo, incluyendo a los hombres. Lo que dijo fue que, cuando ella está desnuda como ahora y tiene que sufrir la mirada de mis ojos sobre su cuerpo, observándola con atención, teniéndola sobre su cuerpo, ella llega a temer que es menos perfecta y que voy a encontrar defectos, que descubriré que ella no es tan atractiva como yo pensaba. Ella quiere ser exactamente lo que quiero que una mujer sea y que tiene miedo de ser humana. Por lo tanto, se queda corta.
Por supuesto que me pasé mucho tiempo asegurándole que la encuentro muy guapa, muy sexy, que la quiero mucho, que no hay nada en ella que yo cambiara. Pero, aunque sé que esto es cierto, no es fácil convencerla.
También, le dije que quería que ella se arrodillara en posición sumisa no para que yo pudiera inspeccionar su cuerpo buscando imperfecciones, sino porque era una visión visible de su sumisión. Intelectualmente, ella entiende esto y, aún así, no le gusta. Es extraño, porque ella ha hecho cosas sexuales mucho más explícitas para mí ante la webcam, cosas que la exponen mucho más que esta posición. Tal vez, cosas menos dignas y, sin embargo, esta es la única en la que ella se encoge de hombros.
Poco después, cuando ella estaba sentada hacia atrás en el sofá, vestida de nuevo, le dije que pusiera su mano en sus bragas y me dijera lo que había encontrado. Ella mostró sus dedos que estaban mojados y resbaladizos. No era la primera vez que su mente estaba reaccionando de una manera y su cuerpo de otra.

jueves, 12 de noviembre de 2015

Belle de Jour

Las películas sobre la D/s suelen ser decepcionantes. El film de la “Historia d’O” no logra captar por completo la atmósfera única generada en el libro. En la de “Nueve semanas y media,” es algo bastante débil. La suave D/s excita a la gente vainilla. “La Secretaria” tiene sus momentos, pero hay en ella demasiadas cosas raras (por ejemplo, las autolesiones) para que sea realmente satisfactoria. Pero, hay una película que creo que todos los dominantes y sumisas la disfrutarían.
Es el film de Luís Buñuel, “Belle de Jour.” Producida en 1967, me acaba de llegar una nueva reedición en DVD. Cuenta la historia de Séverine, una respetable mujer burguesa casada con un médico rico. Él es guapo, pero poco expresivo y su vida sexual es prácticamente inexistente. En cambio, ella fantasea. En una secuencia, su marido (ahora transformado en un tipo dominante) la ha llevado en un coche de caballos a un bosque. Allí es atada por los cocheros y azotada, mientras su esposo mira. Luego, le dice a uno de los cocheros que la viole. En otra fantasía, ella está atada con un vestido blanco y largo y le arrojan barro mientras sufre una corriente de insultos: “Vagabunda, puta, zorra, etc.”
Una amiga le habla a Séverine acerca de una amiga mutua que se ha convertido en prostituta. Su curiosidad se agita. Ella descubre la dirección de un burdel y va allí para ofrecer sus servicios. Por lo tanto, su marido no deberá verla salir. Ella dice que sólo “trabajará” por las tardes. De ahí su nombre, Belle de Jour. La madame del burdel pronto descubre que a Séverine le gusta lo bruto y es iniciada por un tipo que le abofetea la cara, la empuja en la cama y la folla con dureza.
Algunas de las escenas son divertidas. Hay un hombre asiático que tiene una caja misteriosa. Cuando la abre hay un zumbido fuerte y ruidoso y todo lo que existe en su interior fascina a Séverine, pero a nosotros, el público, nunca le dice lo que contiene la caja. (Naturalmente, esta escena me vino a la mente cuando mi artículo anterior provocó una petición de la mujer de la melena rubia para que revelase lo que había dentro de la caja que le envié. Como Buñuel, voy a molestarles, lectores o lectoras. Ustedes tendrán que adivinarlo. Todo lo que voy a decirles es que no se va producir ningún zumbido cuando la ella la abra).
El reclamo del burdel a Séverine (interpretado por la frialdad hermosa de Catherine Deneuve) es que toda opción se retira de ella. Simplemente, tiene que hacer lo que le diga cualquier cliente que requiera sus servicios. Ella ansía degradación y humillación. El cliente, después de haber pagado, la “posee” y ante la idea de tener que actuar de acuerdo con sus propias fantasías de ser abusada y profanada, Séverine es completamente sumisa. Ella no puede cambiar. En otra escena divertida, le dicen que se adapte a las exigencias del cliente, un ginecólogo rico que quiere vestirse como un criado y ser abusado por su empleadora aristocrática. Séverine no puede hacer el papel y tiene que ser sustituida por otra chica.
Buñuel era un surrealista. Él estaba interesado en sueños y fantasías al igual que Freud y los psicoanalistas. Pero, mientras que ellos querían curar a los pacientes que sufrían de perversiones “anormales” y neurosis, Buñuel quería explotar el subconsciente en interés de la creatividad. Al final de la película (aunque es una broma ambigua) Séverine no ha trabajado a través de sus fantasías sexuales para liberarse de ellas. Como una buena sumisa, ella continúa intentando y poniéndolas en práctica.

lunes, 9 de noviembre de 2015

Una lección de paciencia

Le envié una caja a la mujer de la melena rubia por su cumpleaños. Tardó mucho en llegar (ella estaba muy lejos). Al final, la recibió y estaba muy emocionada.
“¿Puedo abrirla?” me preguntó.
Lo estuve pensando durante un rato. “No,” dije. “No todavía.”
Su cara cambió de color. “¿Por qué no? Oh, por favor, por favor.”
“No,” le dije inflexible. Ella había puesto cara de puchero, a pesar de que poner mala cara no está permitido. Ella me miró fijamente. Creo que no podía creer lo que estaba oyendo.
“Debes esperar todo el día de hoy,” le dije.
“Pero, ¿por qué? He estado esperando ya mucho tiempo.”
“Pues, un par de horas más no te va a hacer daño.”
Silencio. Pude sentir su resentimiento. Ella se había venido abajo, más de lo que la había visto anteriormente.
“Crees que soy malo, ¿verdad?” le dije.
Silencio. “Creo que vamos a tomar esto como un sí.”
“Me explico,” dije. “Las mujeres sumisas no siempre pueden tener lo que quieren o bien, que ellas no pueden tenerlo sólo cuando lo quieren. La paciencia es una virtud.”
Ella había oído esto antes. Pero no estoy convencido de que lo crea. ¿Qué mujer sumisa lo hace?
“Estoy haciéndote esperar porque puedo. Es una prueba de tu sumisión. Algunas veces necesitas sentir mi mano firme en tu nuca, por así decirlo,” le dije.
Ella se siente agraviada.
“La sumisión y la dominación trata sobre el poder. Tú me has dado el poder para hacer lo que me plazca. Y lo que yo quiero hacer ahora, es que esperes, a pesar de que no te gusta. Sobre todo porque no te gusta.”
“¿Por favor?” ella me rogó. Creo que piensa que soy de toque suave y que siempre se lo concederé si ella parece lo suficientemente desesperada.
Asiente con la cabeza.
“Tú confías en mí para hacer lo que es mejor para tí, ¿no?”
“Es mi creencia de que lo que es mejor para tí, es hacer lo que te diga y no protestar. No me gusta poner mala, ya lo sabes,” insistí.
Ella parecía estar a punto de llorar. Pero no me iba a conmover. Las cosas continuaron en esta línea durante mucho más tiempo, explicándole el por qué ser paciente era bueno para ella. “Las mujeres sumisas necesitan someterse,” dije. “Esto significa hacer lo que le diga. Así de simple, ¿no?”
Creo que con el tiempo, mi mensaje le llegará y ella conseguiría ser más ecuánime, una vez que pudiera comprobar que no cambiaré mi manera de pensar.
“A veces, quiero que hagas cosas sexuales para mí y algunas de ellas son cosas que tú no elegirías hacer por tí misma, pero las haces de todas las maneras y es gratificante que sean hechas, ¿no?”
Ella reconoció esto.
“Y algunas veces, hago cumplir mi voluntad en formas que no sean sexuales, como lo de hoy.”
“Sí,” ella dijo.
Pero, yo lo debería haber sabido mejor. Todo es siempre sexual entre nosotros. Justo antes de que ella cerrara la sesión con la webcam, me dijo que su coño estaba empapado. Y entonces, descubrí que mi polla estaba también humedecida. ¿Por qué ninguno de nosotros se había sorprendido?

sábado, 7 de noviembre de 2015

¿Sin límites?

Parece que aquí he avivado un avispero. No obstante, bienvenido al compromiso constructivo y no me importa la gente que esté en desacuerdo conmigo (bueno, de acuerdo. A los dominantes no les gusta esto mucho, pero se dan cuenta de que si  exponen sus opiniones por ahí, la gente tiene el derecho a oponerse). Pero, siento la necesidad de defenderme.
En primer lugar, diré que algunas veces puedo parecer prescriptivo, en especial, cuando me dejo llevar. Pero, en realidad, este blog no es un manual de cómo hacer o practicar la D/s. Es una recopilación de algunas cosas que he hecho, siento y lo que pienso al respecto. Tal vez, debiera hacer una advertencia: “No hay ningún ser humano que haya sido perjudicado por los escritos de este blog o, si alguien se ha sentido ofendido, sinceramente nunca lo intenté.” Es más, creo que si usted lee el blog en su conjunto, está bastante claro que no soy un psicópata y que no abogo por abusar de las mujeres, sin importar cuán sumisa sean. Lo que siempre he dejado claro, es que las relaciones D/s son como cualquier otro tipo de relaciones humanas. Deben basarse en el respeto humano, la comprensión, la sensibilidad, dar sin pensar en recibir y el cuidado amoroso. No se trata de que una persona disfrute a costa de la otra.
Fundamentalmente, se trata de la confianza. Ahora bien, reconozco que ésta no se puede restablecer de inmediato. Tiene que crecer y lo que, tal vez, por el tipo de relación que se está creando, sería una buena idea tener una palabra de seguridad y establecer unos límites elevados. Pero, la esencia de mi relación con una mujer sumisa siempre ha sido que ella confíe en mí de una manera totalmente implícita. Que tenga asumido que nunca voy a hacerle daño. Y porque ella confía en mí, esté dispuesta a prescindir de varios accesorios, como la palabra de seguridad.
Al hacer esto, ella piensa en el riesgo. Tiene muy claro que hay ciertas cosas que ella realmente no quiere y, al principio, siempre he aceptado que fueran límites infranqueables para ella. Pero nosotros siempre hemos ido mucho más allá de ellos. Ella sabía que yo sé cómo siente, pero también sabía que no había ninguna garantía.
Creo que es muy común descubrir que, después de mucha experiencia acumulada con la D/s, las cosas que se pensaban que estaban totalmente fuera de los límites, se vuelven tolerables o, incluso, excitantes. Una de las principales emociones tanto para el dominante como para la sumisa, es encontrar un área de actividad que, al principio, parece un tabú totalmente inaceptable y debe ser presionada lo más que se pueda para romper gradualmente las barreras erigidas por la vergüenza o el miedo.
Pongo un ejemplo. Una vez tuve una relación online con una sumisa que estaba en otro país muy lejano. En cuanto a la cuestión del consentimiento, especialmente con respecto a una relación D/s a distancia, no era obvio, dado que la mujer sumisa y yo no estábamos en el mismo espacio. Y, al contrario, ¿por qué ella necesitó enviarme una foto? De hecho, estábamos separados por unos miles de kilómetros y la tortura de sus pezones se llevaba a cabo a través de la webcam. Por lo tanto, aunque yo rechazaba su permiso para quitarse las pinzas, de hecho, podría habérselas quitado en el momento que ella quisiera. Pero, aunque en cierta manera, ella lo deseaba, por otra parte, no lo hizo. Así es como funciona la D/s. Y ella me autorizó a decir en su día que, en el momento que me rogaba el permiso para que se quitara las pinzas y yo se lo negaba, le dije que, a la vista de lo visto, ella iba a tener más límites difíciles. Ese momento fue increíblemente excitante para ella.
Una lectora me ha dicho que es posible una sumisión total sin miedo. Bueno, tal vez, el miedo sea la palabra errónea, pero no veo cómo puedes tener una sumisión total dentro de la D/s sin sentir de que estás siendo presionada, estirada y de que hay algo en juego. Si la sumisa siempre acepta con entusiasmo hacer lo que el dominante quiere, entonces, no veo dónde encaja la dominación. ¿Dónde está el intercambio de poder que es la esencia de una relación D/s? El dominante dice: “Chupa mi polla.” La sumisa se pone de rodillas con una sonrisa feliz y la chupa a sus anchas y a lo largo, con gran alegría para ella. Le sabe muy bien. Pero, esto me parece más como sexo vainilla que de la D/s. Lo que yo busco, y lo que la mujer sumisa que está conmigo responde, es algo mucho más afilado.
En cuanto, a por qué me emocioné cuando vi la foto, bueno, me sentí como que le había hecho mucho daño. Me quedé impresionado por su fortaleza y sentí una conexión muy fuerte con ella.

miércoles, 4 de noviembre de 2015

Sin límites

La mujer de la melena castaña era un dolor extremo. Me había dicho que quería ver lo peor que hay en mí, descubrir de lo que soy capaz. Por lo tanto, le duele, le duele mucho. Y mientras ella estaba sufriendo, gimiendo y retorciéndose, tuvimos una conversación muy interesante sobre la palabra de seguridad.
“No tengo ninguna,” dijo ella.
“Eso es verdad,” dije.
“Para ser franco, realmente, no creo en ellas.”
“Pero, ¿qué pasaría si usted empieza a llevarme hacía mis límites más extremos?”
“No has conseguido traspasar ningún límite extremo,” le dije.
 “¿Puedo quitarme ahora las pinzas, por favor?”
“No,” respondí.
Ella parecía sorprendida (e incluso con el dolor). Me afirmó que yo no estaba de acuerdo con hacer ciertas cosas. Le contesté negativamente diciéndole que no estaba de acuerdo en que hiciera cualquier cosa.
“No he aceptado nada. No es lógico que yo las haga,” dijo ella.
“Sólo me limito a señalar lo que dices.” (Entonces, le dije que tirara más fuerte de las pinzas, que hiciera que le dolieran más. A ella, se le puso la cara enrojecida).
Al ser un hombre razonable, déjame explicarme.
“Tú eres mi sumisa, ¿verdad?”
“Sí.”
“Eso significa que siempre harás lo que yo diga. Tú ha acordado no volver a decirme no.”
“De acuerdo,” ella dijo.
“La sumisa que traza una línea y dice que no, en absoluto es sumisa,” le dije.
“Lo que yo quiero es tu capitulación total.”
Ella se lamentó de que había cosas que no podía hacer.
“No,” dije.
“Hay algunas cosas que usted piensa que no puede hacer. O cosas que no quiere hacer. Pero, si yo las quiero, usted las hará. Eso es de lo que trata la sumisión. Se trata de darlas o hacerlas, no de negociarlas.”
Ella considera esto (todo el rato jadeando con el dolor y luego, me pregunta otra vez si podía quitarse las pinzas.
“No,” le respondí con firmeza.
“Bueno, está bien,” me dijo, “pero da miedo.”
“Por supuesto, que da miedo,” le dije. “Una sumisa que no es un poco miedosa, en absoluto es sumisa. ¿Tenía O palabra de seguridad? ¿Tenía ella límites duros?”
“El tema es,” dije, “volver a mi argumento (e insistir en que ella le dé otra vuelta a las pinzas), usted tiene que confiar en mí. ¿No he dicho repetidamente que, aunque voy a hacerte daño (y voy a hacerte más daño en un minuto), nunca voy a hacerte daño? No voy a obligarte a hacer nada que te haga daño, física o mentalmente. Pero esta es toda la garantía que llegarás a conseguir. Si no puedes confiar en mí, no te sometas.”
Creo que ahora ella acepta esto. Pero ha sido un poco traumatizante descubrir lo que ha expuesto por sí misma. Ella tenía un poco de buen gusto anoche y me envió una foto para que pudiera ver las marcas que las pinzas habían hecho en sus pezones. Hice una mueca y le agradecí el envío de la foto. Lo peor está por venir.

lunes, 2 de noviembre de 2015

Agarrarla

Cuando la agarro por el pelo, necesariamente no estoy buscando hacerle daño de esa manera. Es más probable que sea para conseguir controlarla. Nada parece llamar su atención tan bien como sentirse cogida con firmeza por su media melena rubia. Por supuesto que si yo quiero hacerle ver algo con un énfasis especial, le daré a su pelo un retorsión, o tal vez, le tire bruscamente. Pero sobre todo, es más que suficiente mantenerlo apretado, si quiero asegurarme su complicidad.
Yo querría mantenerla todavía cogida por el pelo, mientras la guio hacia una cierta dirección, por ejemplo, para colocarla de rodillas en el borde de la cama. Y es la mejor manera de conseguir la posición correcta de su cabeza para hacerme una felación. Yo estoy de pie ante ella, mientras está de rodillas y le tiro de su pelo para hacer que su rostro se incline hacia arriba en el ángulo correcto.
Algunas veces, quiero hacerle un poco de daño. Me gusta abofetear su cara. Hacerlo con la eficacia y seguridad de que ella necesita su cara en la posición correcta y necesitas mantenerla quieta. Si ella se estremece, usted podría terminar golpeando la nariz o en algún lugar torpemente. Lo que usted quiere, es darle una bofetada en la parte carnosa de su mejilla. Así pues, si usted tiene una mano agarrando su pelo, tiene que asegurarse de que su cara permanece en el mismo nivel. Nunca la abofeteo con mucha fuerza, la justa para que le pique un poco. Algunas mujeres odian esto. Sólo lo hago porque sé que ella responde muy bien. Le gusta sentirse agarrada con fuerza por mí y sentir el escozor en su mejilla. Sólo entonces, ella estará lista para cualquier cosa.
Algunas veces tengo que poner su pelo recogido como una cola de caballo o  en trenza. Entonces, cuando la penetro desde atrás, a lo perrito (he comprobado que es la posición favorita para muchas mujeres), puedo tener su pelo agarrado como un control adicional o darle un tirón, si me apetece un poco de sexo duro.
Todo lo cual ocurre como parte de una manera de explicar del por qué siempre prefiero el pelo largo al corto.

sábado, 31 de octubre de 2015

Trepar desde abajo

Recientemente, una lectora me preguntó: “Si una mujer declinaba el orgasmo que su Dominante le ofrecía, ¿en realidad, no era culpable de trepar desde abajo hacia arriba?” Me apresuro a decir que nunca le permitiría que lo declinara, en caso de que yo insistiera que se corriera. Pero, esto no sería nada más que una invitación. Ella tendría el derecho a decir que no.
Sin embargo, creo que a este concepto de trepar desde la sumisión, se le concede más importancia de la que se merece. Después de todo, ¿un dominante no desea saber cuáles son las preferencias de su sumisa? ¿Cómo se puede controlar a una mujer sin que se sepa lo que está pasando por su cabeza? Y si ella prefiriera tener una cosa en vez de otra, eso es información útil. Esto no quiere decir que usted le conceda sus deseos. Por el contrario, puedes recibir un placer muy especial al denegarlos.
Es verdad que la mujeres sumisa, con frecuencia, demuestra ingenuidad al enmarcar sus peticiones de una manera muy especial para manipular a su dominante, desplegando una gran destreza al plantear una idea en la mente de su dominante sin aparentar que lo está haciendo. Llamar la atención con la bonita apariencia de una mujer atada con una pose estética o con lágrimas en los ojos ante la amenaza de un látigo no es una pista muy sutil. Pero, alertar al dominante con la existencia de un blog de sumisa en el que se describen ciertas prácticas  (que la sumisa puede estar ansiosa de experimentar) puede ser disfrazado como un mero medio desinteresado de aumentar el placer del dominante al leerlo. Al preguntar al dominante con una expresión de mantequilla derretida en su boca y con su mejor de voz de niña inocente, tanto como si el dominante nunca haya hecho esto o aquello a una mujer que pudiera eludir la acusación de trepar desde abajo. ¿Quién podría decir que una pregunta tan inocente no muestre ningún deseo por parte de la sumisa de someterse a una experiencia tan única? Ella sólo está tratando de estar mejor informada de la historia o gama de intereses más allá de su dominante.
El dominante aprende de la experiencia de cómo detectar tales intentos primarios o inteligentes para plantar las ideas en su cabeza. Las ve más divertidas que molestas. Me parece que esos dominantes que vuelan de rabia si su sumisa revela cualquiera de sus preferencias, sólo están poniendo al descubierto su falta de confianza en su dominio. Si yo pensara que una mujer estuviera tratando de conseguir algo que ella quisiera y por qué, me inclinaría por sacarla fuera y que me dijera con todos los detalles exactamente lo que ella deseaba para y por qué. Su vergüenza por tener que confesarlo sería placentera por sí mismo. Y cuando la verdad hubiera salido, me gustaría conseguir más placer bromeando con ella. “¿En serio? ¿Quieres que yo haga eso? ¡Qué puta más desvergonzada eres! ¿No sabes que solo las mujeres malas hacen tales cosas? ¿Eres una chica sucia? Muy bien. Pero las chicas sucias deben ser castigadas, no perdonadas. ¿Estás dispuesta a ser castigada?” Y así sucesivamente.
Si una mujer revela constantemente un deseo por actos que no le benefician a usted o que los encuentra positivamente desagradables, entonces, por supuesto, usted tiene un problema. Uno que es mucho más grave que el tema de trepar desde abajo. Usted y su sumisa tienen una incompatibilidad fundamental. Ella ha elegido el peor camino al someterse a usted y no creo que exista otra cura para ellos que la separar los caminos.

viernes, 30 de octubre de 2015

De nuevo, sin dolor

(He aquí otro escenario que escribí para esa mujer como un ejemplo de ejercer el control sin dolor).
¿Crees que ella es bonita?” le pregunta.
“Sí, mucho,” dice el otro hombre.
“¿Te gustaría ver más de ella?”
“Me gustaría,” le responde.
“De acuerdo,” le dice a la chica, “quítate las bragas, súbete la falda y échate de espalda sobre la mesita de café.”
Ella se le queda mirando. No puede creer lo que está oyendo.
“Estoy esperando,” dice con esa voz severa que él suele usar cuando está enfadado. A ella, no le gusta esa voz. No es que ella tenga miedo, más bien, que odia incurrir en su desaprobación. Así pues, ella se encoge de hombros, como diciendo: “De acuerdo, usted es el jefe. Si usted está seguro de lo que quiere.”
Ella mete sus manos por debajo de su falda, tira de sus bragas hasta los tobillos y las saca. Tratando de no mirar al otro hombre, ella se recuesta de espalda sobre la mesita baja de café y levanta su falda. Ambos hombres se quedan mirando su entrepierna, recién afeitada esa misma mañana.
“¿Qué piensas?” él pregunta.
“Hermosa,” dice el otro hombre.
“Ella tiene un buen coño,” dice. “Bien desarrollado. No es solo una rajita estrecha como las chicas, como tienen las niñas.”
Él se inclina hacia abajo y aprieta los labios de su coño, tirando de ellos. Ella se sonroja de un color rojo brillante. Ambos hombres se inclinan sobre ella, mirando fijamente, mientras él tira de sus labios de un lado a otro, mostrando al hombre el interior de su vagina.
“Introduce tu dedo,” le dice al hombre, “y díme cuán mojado está.”
El hombre inserta su dedo hasta el fondo, y luego lo gira en su interior. Ella sabe que está goteando de humedad. Se siente avergonzada por esto y de estar tan expuesta a un extraño, pero su cuerpo traiciona a otra sensación, además de la vergüenza.
“¿Siempre estás así de húmeda?” el hombre pregunta.
“Me temo que sí,” él replica. “Un poco puta.”
“¿La ha castigado alguna vez por estar tan cachonda?” El hombre pregunta.
“A veces, tengo que hacerlo,” él dice. “De lo contrario, se descontrolaría.”
“¿Puedo preguntarte una cosa?” El hombre dice.
“Claro que sí.”
“¿Podemos mirarle ahora su culo?”
Instintivamente, ella aprieta fuertemente sus nalgas. “No, por favor, cualquier cosa menos eso. ¿Por favor?” Pero, ella no se atreve a hablar. Sabe bien que no debe negarse.
“Gírate,” él la dice. “Ponte a cuatro patas y arquea tu espalda para que podamos examinar tu lindo culito. Separa tus nalgas. Voy a dejar que el dedo de este caballero se introduzca ahí, para que pueda ver que tienes un conjunto perfecto. Y luego, uno de nosotros dos te va a utilizar.”
Ella se sonroja más que nunca. Puede sentir los ojos de los hombres hurgándola, introduciéndose en sus sitios más secretos. “Por favor, por favor, pase lo que pase, no vaya a permitir que este hombre me penetre por el culo”, ella rezaba.



miércoles, 28 de octubre de 2015

Dolor en el pezón

Algunas mujeres sumisas descubren que el dolor en los pezones es una experiencia muy intensa. Es como si el dolor fuera directamente al cerebro y, desde ahí, baje de inmediato a la vagina, que duele y babea incesantemente. El dolor en los pezones está muy focalizado, es muy agudo y puntual, por así decirlo. Algunas mujeres pueden recibir un dolor muy intenso. No es exagerado decir que esa es adicta a esta forma de sumisión, hasta el punto en que algunas veces, ella lo pedirá. Ignorando incansablemente cualquier estenosis contra el trepar desde abajo.
“Ten cuidado con lo que pidas,” no tengo costumbre de dar, pero ella no puede evitarlo. És como una droga. Tanto es así que, tengo que protegerla de sí misma tomando la decisión de cuándo parar. A menudo, el dolor la lanza al subespacio y ella va  a flotar allí felizmente. Obviamente, por la angustia que está sufriendo.
Por supuesto, esto no quiere decir que a ella no le gusten también unos azotes. Es raro imaginarse a una sumisa que no le guste. Pero, creo que, para algunas sumisas, no es tanto el dolor como los aspectos psicológicos. Es tan reconfortante como humillante, el ser puesta sobre las rodillas de él, tener las bragas bajadas y su culo al descubierto. Reconfortante, porque la propia cercanía de su cuerpo, sus caderas y vientre presionando contra él, la hace sentir con los pies en la tierra y centrada, la hace sentirse donde tiene que estar. Y el golpe pesado y sordo de su mano contra la piel desnuda es tranquilizador, sin importar lo mucho que pique o duela.
Realmente, lo es tocarla de una manera más directa e íntima. También es humillante, porque no es una postura compatible con la preservación de su dignidad. Inevitablemente percibe la sensación de ser una niña pequeña, cuando es inclinada sobre su rodilla. Su estado es muy claro, es su lugar en el esquema de las cosas.
Soy muy consciente de que el dolor sobre el trasero puede llevar también a una mujer al subespacio. Es por eso que para esa mujer, los efectos no son tan inmediatos y poderosos como tenerla con los pezones torturados. Tal vez, algunas de mis lectoras sumisas se pregunten qué estará pensando el dominante mientras está haciéndole daño. No estoy muy seguro de que pensar sea la palabra correcta. Sé que mi polla se pone dura, pero decir que un hombre está pensando con su pene, normalmente no se entiende como un cumplido. Sé que consigo una sensación embriagadora de mi poder. El conocimiento de que puedo hacer esto, que puedo hacerla sufrir para mí, es tan gratificante como excitante. También sé que quiero hacer esto por ella, no sólo a ella.
Disfruto alimentando su anhelo, disfruto al saber que ella desea esto muchísimo. Es bueno darle placer. Pero, también lo puedo denegar, pues tengo un lado cruel. Mientras elevo el nivel de dolor hasta niveles insoportables (pero nunca del todo), mi lado sádico me insta a ser más insistente. Quiero ver cómo se retuerce y oírla gritar. No puedo decir por qué me gusta esto. Pero sé que es algo que está en mí y está estrechamente relacionado con mis impulsos sexuales más profundos.
Un día, vamos a llegar a un punto donde ella realmente, no pueda aguantar más. No estoy seguro de que hayamos llegado allí todavía. Por lo tanto, lo peor está por venir.
“¡Pobre mujer!”

domingo, 25 de octubre de 2015

Segura

A veces, tarde en la noche, acostada sola en su cama con su mano entre sus muslos para mayor comodidad, a ella, le gusta asustarse a sí misma pensando en los hombres malos. Los hombres que tienen solamente una cosa en sus mentes, los hombres que no se preocupan mucho si a ella le gusta esa cosa o no, los hombres que van a tener su propia manera de hacer.
No es su culpa. Ella ha sido inducida a esto, ha aceptado las promesas que se habían roto, confiaba en la gente cuando debería haberlo sabido mejor. Tal vez, ella tenga la culpa por no ser mucho más cuidadosa, pero no puede ser culpa de ella que esos hombres sean tan crueles. Ella no se merece ser tratada tan malamente.
Ella se encuentra en una habitación con varios hombres. Ellos han estado bebiendo. No tienen ganas de divertirse, su tipo de diversión. El tipo de diversión que pueden tener con una pequeña puta, a la cual no le preocupa y no tienen ninguna responsabilidad sobre ella.
“Desnúdate,” le dice un hombre.
Ella está allí congelada.
“Puedes quitarte las ropas o te las quitaré yo,” él dice. “Y entonces, no tendrás nada que ponerte cuando te las tire a la calle en medio de la noche.”
Ahora, ella tiene miedo. Empieza a desnudarse despacio.
“Dáte prisa,” le dice el hombre. La coge por los pelos y le abofetea la cara.
Cuando ella está desnuda, intenta cubrirse con sus manos. Él se las coge bruscamente, sujetándola con sus brazos por detrás de su espalda.
“Ella es muy linda,” dice uno de ellos.
“¿Qué piensan ustedes, chicos?” les pregunta a sus compañeros.
“Buenas tetas,” dice otro.
“Vamos a ver su culo,” dice un tercero. El hombre que la está sujetando la gira para que ellos puedan  separar las nalgas de su trasero.
“Voy a conseguir tajada de esto,” un hombre dice e introduce sus dedos. Ella gime, le duele.
Uno de los hombres retuerce sus pezones. “Veo lo grandes que son,” dice.
En su cama caliente, suave y segura, su mano está ahora trabajando entre sus piernas. Ella piensa que la están maltratando, presionando de esta manera o en sus dedos insistentes, inquisitivos y penetrantes.
“De acuerdo, pequeña puta,” dice el hombre que la tiene retenida. “Es hora de chupar la polla.”
La presiona para que se ponga de rodillas y desabroche la cremallera. Luego, fuerza su cabeza hacia abajo metiendo la verga en su boca. Es grande y dura. Casi la ahoga. Él folla su boca durante un rato. Luego, la saca.
“Mi turno,” dice otro hombre.
Una vez más, ella es forzada a inclinarse hacia su polla. A su vez, es obligada a chuparlas todas, una por una. Uno de los hombres eyacula, llenando su boca con semen. Ella escupe y se le derrama por la barbilla.
“Pequeña putita,” dice el hombre. Este le da una bofetada en la cara.
La mano de ella está todavía entre sus piernas. La tiene así durante todo el tiempo. Nunca le dirá a nadie que ella tiene estos pensamientos. Nadie los comprendería. Pensarían de ella que es una puta cachonda. Por lo cual, ya lo sabrían. Pero, mientras ella se frota su clítoris, piensa en ser follada por el primer hombre, más o menos, por detrás, ya que ella está inclinada sobre la mesa. Y luego, hay otro hombre, al volver la cara hacia él, forzando una polla en su boca una vez más, mientras ella es follada.
Antes de que el otro hombre, la coja, él la azota con su cinturón, mientras otros dos hombres la mantienen presionada hacia abajo. Luego, él la penetra por su culo. Le duele, pero no le importa. Ella es violada de nuevo una y otra vez. Su boca, su coño y su culo. Algunos de los hombres lo quieren dos o tres veces. Por fin, salen de ella. Su cara manchada de semen y lágrimas, manchada su cara de pintalabios y rímel. Tal vez, antes de que hayan terminado con ella, le hacen las cosas peores para profanarla. Pero a menudo, antes de que eso suceda, ella se ha corrido en su cama y sus muslos se han cerrado alrededor de su mano, apretando y temblando.

sábado, 24 de octubre de 2015

Empatía

En un comentario sobre mi artículo “No pares,” una anónima me preguntaba si yo era realmente un dominante, porque conozco muy bien la mente de la sumisa. Siempre es muy agradable recibir cumplidos y no me imagino que ella cuestionara muy seriamente mi estatus como Dominante. Pero, ello me hizo pensar.
En primer lugar, tengo que decir que todo lo que sé sobre cómo piensan las sumisas provienen, en gran parte, de mis relaciones con ellas. El hablar con ellas intensamente sobre sus experiencias me ha proporcionado muchas ojeadas en el misterio que es una mujer sumisa y estoy muy agradecido a todas y cada una de las mujeres que han estado dispuestas a explorar la D/s conmigo. Su voluntad, no solo de responder, sino de articular sus respuestas han sido invaluable.
Pero, tal vez, podamos ir más lejos. ¿Cualquiera de nosotros somos totalmente hombre o mujer en un cien por cien? ¿Gay o heterosexual? ¿Dominante o sumisa?
Tal vez, en cada dominante, haya alguna traza de sumisión. No voy a ir tan lejos como para decir que, así como que cada hombre gordo es un hombre delgado que trata de salir de la obesidad (como George Sand alegaba). Por lo tanto, en cada hombre dominante hay una sumisa esforzándose por liberarse. Sin embargo, ¿podría estar enterrado profundamente algún impulso débil de sumisa? Y para ser honesto, señoras, ¿usted nunca ha echado un vistazo a una foto de un hombre atado e indefenso o ha tenido un pensamiento de coger una fusta y darle un fustazo, si usted se atreviera? 

jueves, 22 de octubre de 2015

Placeres diferidos

La otra noche, después de que nosotros hubiéramos estado jugando con las webcams, le ofrecí a la mujer de los ojos verdes un orgasmo.
“Puedes correrte, si lo deseas,” le dije.
Y ella se negó. Esta es una mujer que necesita correrse mucho. Esta es una mujer que, cuando recientemente, le denegué sus orgasmos durante toda una semana, me rogó y suplicó que se los permitiera. Se quejó constantemente que si no se corría, se volvería loca. Y ahora, ella estaba rechazando uno libremente. ¿Por qué?
Ella explicó su razonamiento. Tenía unas vacaciones por delante y sabía lo que significaba tener una oportunidad para jugar conmigo muy intensamente. Ella quería que su deseo se pusiera a punto y se perfilaba para esto, no demasiado obsesionada por el deseo de correrse. Si ella no orgasma durante un tiempo, su necesidad se hace febril. Y, por lo tanto, si no hay una posibilidad de satisfacer sus necesidades con sesiones prolongadas con su Amo, entonces, ella alimentará su deseo con el fin de aumentar su placer.
Esto suena como el equivalente sexual de la ética del trabajo protestante, esa característica de la antigua sociedad capitalista occidental mediante la cual un buen burgués haría de marido sin recursos e invertiría para el futuro. La gratificación instantánea era diferida con el fin de amasar el capital que daría lugar a una mayor prosperidad a largo plazo. (Lo que el capitalismo es ahora, no parece que tenga mucho sentido, más como un crimen rápido, pero supongo que esto es otra historia).
Por supuesto, al ser su dominante, yo podría haber insistido en que ella se corriera, tanto si lo quería como si no, y me hizo considerar esta opción. Es placentero observar cómo ella se corre por la pantalla, ver su intensa concentración en su cara mientras el orgasmo se va generando para oír los pequeños ruidos que ella hace mientras se va acercando y luego, ver su cuerpo temblar con el espasmo del éxtasis. Por otra parte, hay mucho más placer al posponerlo que, si yo sé que la va a poner más caliente, más dispuesta a hacer las cosas que tengo en mi mente para la próxima vez que juguemos.
Contra más calienta ella esté, más puedo conseguir de ella, mejor puedo cogerla. Puedo fijarla en el nivel de dolor que ella tiene que soportar o la cantidad de humillación que ella debe sufrir. Al ser una mujer muy sexual, ella nunca está en un estado mental donde no quiera correrse. Interesarla en algún tipo de actividad sexual, es el trabajo de un momento. Y ella no es como un hombre que, cuando ha eyaculado, preferirá pasar la próxima hora viendo un partido de fútbol en la televisión antes que ser seducido por más juego sexual. Ella siempre está preparada para más y, al parecer, siempre mojada. ¿O es que el mero intento de poner las manos entre sus piernas y comprobar el estado de su coño, por sí mismo provoca un flujo inmediato de sus jugos? De cualquier manera, ella está preparada.
De todos modos, si ella se ha mantenido en el límite, constantemente excitada y nunca satisfecha, entonces, uno puede conseguir resultados más notables como, por ejemplo, poniendo las pinzas implacables y particularmente perversas en sus pezones. Por lo tanto, yo no la forzaría a que ella se corra. Y la próxima vez que ella quiera, tendrá un orgasmo más grande, más fuerte y más largo. Pero, tal vez, ella no va a conseguir ni siquiera uno. Quizás, la próxima vez voy a ser el encargado de hacerla esperar. Dos podrán jugar en ese juego.

martes, 20 de octubre de 2015

El subespacio

Tuve una sesión en la webcam con la chica rubia de ojos verdes. Comenzó con algunas pinzas para la ropa en los labios de su vagina. Ella dijo que no le dolía mucho. Ni incluso, cuando le dije que se pusiera una también en su clítoris. Medimos el dolor en una escala de 1 – 10, donde 10 es insoportable. Ella clasificó a las pinzas sólo en el 4. Pero, como cualquier mujer sumisa sabe, lo que no puede comenzar haciendo daño, puede lastimar mucho después de un tiempo. El dolor se construye lenta, pero inexorablemente.
Hablé con ella intensamente, centrándola en sus sensaciones y en lo que yo quería de ella. Le dije lo mucho que yo valoraba su dolor. Le dije que contra más estuviera sufriendo, más me estaba complaciendo. Quiero que ella me ofrezca más y más de su dolor, quiero que se esfuerce por darme tanto como ella pueda. Que no se contenga. Su dolor es mi placer y, por lo tanto, su placer también.
Le dije que ella necesitaba ahora algo más fuerte. Le ordené que se pusiera las pinzas de mariposa en sus pezones. Le dije que tirara de la cadena que las conecta. Que tirara más fuerte. Mucho más fuerte. Observaba la mueca en su rostro y oía sus gritos de asombro.
“Ahora gira las pinzas,” le dije.
Ella respiraba con dificultad. Sus pezones estaban rojizos y, por lo tanto, también su coño. Le dije cuán hermosa era y lo querida que era para mí. Y le dije que mi crueldad hacia ella, era una manera de mostrarle mi bondad, porque sabía lo mucho que ella necesitaba esa crueldad, necesaria para ofrecerme su dolor. Necesitaba ser llevada a las profundidades.
Y le dije que tirara de las pinzas hasta que llegara a juntar sus pezones lo más que pudiera. Es una angustia exquisita hacer esto, pero ella lo consiguió. Le dije lo buena que era, que yo me sentía muy orgulloso de ella. Le dije que me pidiera de nuevo que se pusiera las pinzas otra vez. Luego, le dije que se las quitara y que se las volviera a poner de nuevo. Ella se internó en el subespacio. Le hice una pregunta y no creo que ella la oyera. Le pregunté de nuevo y todo lo que recibí fue un murmullo confuso. Ella había ido a un lugar donde el pensamiento racional se había quedado atrás. Todo lo que ella sabía era de dolor, lo exquisito que era y cuánto ella lo necesitaba. ¿Cuánto más necesitaba ella? Ella nunca antes había estado allí.
Eventualmente, le hablé en voz baja y la consolé y le di un pequeño capricho. Y hablamos de lo que era el subespacio. Me dijo y le pareció que era sorprendente, que era mucho mejor que un orgasmo. No supo decirme exactamente por qué. Es un lugar que está más allá de las palabras, pero tú no sabes cuándo estás allí. Es un lugar como ningún otro, una experiencia como ninguna otra. Aparentemente.
Yo no he estado en el subespacio del dominante, si es que existe tal cosa. Yo estaba muy consciente, mirándola atentamente, disfrutando de su sufrimiento y de su control. Esto también es una experiencia maravillosa.

domingo, 18 de octubre de 2015

No pares

El temor secreto de las mujeres sumisas es que el dominante no pueda tener la fuerza mental para seguir adelante hasta el punto en el que ella no pueda recibir más. Ésta tiene miedo de que él pueda echarse atrás demasiado pronto. Ella le escogió para que fuera su dominante porque es un buen hombre. Después de todo, es una relación como cualquier otra. Ella quiere a alguien que sea simpático, amable y cariñoso. ¿Quién no quiere que una pareja sea así? Pero, ¿puede un buen tipo ser realmente estricto, el dominante implacable que tanto ansía, que es indiferente a sus gemidos, a sus medio reprimidas súplicas de piedad, que es implacable ante su sometimiento al dolor y a la humillación?
Lo que la mujer sumisa necesita, es ser dominada y entregarse. Ella quiere ser despojada de todo vestigio de resistencia. No quiere un dominante que sólo se apiade de ella porque su trasero esté buscando un poco de color rosa o porque ella chille cuando le ponga las pinzas. Mientras el dolor aumenta, la tensión se forja en su mente. El dolor se aproxima gradualmente al punto donde se hace insoportable. De pronto, ella quiere parar. Y, sin embargo, y este es el verdadero misterio de la sumisión, ella no quiere que se detenga. Ésta quiere ver cuánto más puede recibir.  Quiere ese tipo de dominante que pueda decirle, uno o dos minutos después de que él la haya permitido quitarse las pinzas, en ese mismo punto, cuando ella piensa que pudiera desmayarse de dolor: “Y ahora, ponlas de nuevo. Hazlo.” Por eso, ella necesita un dominante cuyo deseo de causarle dolor en última instancia, resulte más fuerte que su deseo de sufrirlo.
Por supuesto, si usted no es una masoquista estricta, puede leer, en vez de dolor, humillación, objetificación y cualquier otro tipo de control. No importa lo que el dominante se movilice para asegurar que su voluntad sea obedecida. El punto es justo el mismo. Ella tiene que sentirse segura de que él no se dará por vencido, que él no va a permitírselo a la ligera.
Cuando en la fría luz del día, ella contempla todas las implicaciones de esto, se asusta de sí misma. Con toda seguridad, realmente no quiere esto. Ella necesita una palabra de seguridad, necesita una lista de límites duros claramente comprensibles, ella necesita sentir que se puede achicar si se pone demasiado dura. Pero, hay un rincón de su cerebro donde esto no es lo que ella quiere en absoluto. El pensar que él pudiera tener el poder y el deseo de presionarla más allá de lo que ella puede soportar, hace que su cabeza se sumerja, se le hace un nudo en el coño y babea. ¿Finalmente, ella ha encontrado a su pareja? Por favor, ella ruega: “Evítame de un dominante amable. Después de que todo se acabe, yo quiero sus besos y caricias y palabras tranquilizadoras. Pero, por ahora, quiero sondear la profundidad de su crueldad. Haz que se adamantine.”

sábado, 17 de octubre de 2015

Sin dolor

Una sumisa rubia quería saber qué tipo de escenario yo podría construir si ella no quisiera dolor, que sólo quisiera ser controlada, objetificada o humillada. Así que le escribí esta pequeña fantasía. Por supuesto, ella está segura de que esto no va a suceder nunca, pero, me pregunto, ¿cómo puede ella estar tan segura…?
“Dáme tu bolso,” le dice.
Ellos están sentados en la parte posterior de un bar. Las luces son tenues. Ella mira desconcertada, pero las manos sobre su bolso. Él lo desvalija y saca todo el dinero y sus tarjetas de crédito, luego sus manos le entregan el bolso.
“¿Eres mi puta?” pregunta. “¿Eres mi zorra?”
Ella mira por debajo de la mesa. “Sí, señor,” le responde.
“Bien,” dice. “Ahora escucha con atención. Vas a hacer exactamente lo que te digo. No hay peros, sin dudarlo. ¿Lo entiendes?”
Ella mira nerviosa, pero asiente con la cabeza.
“¿Ves a esos dos hombres de pie en el bar? Los dos son jóvenes y ambos llevan vaqueros.”
Ella vuelve a mirar. “De acuerdo.”
“Cuando te diga, quiero que te levantes y vayas despacio hacia donde ellos están. Están en la barra. Mírales como si estuvieras interesada. Estoy seguro de que te hablarán.”
“¿Qué les digo?”
Habla con ellos un poco. Tal vez, puedan invitarte a una copa. Luego, después de un rato, les dirás que te ayuden en un apuesta que has hecho.”
“¿Una apuesta?”
“Díles que un amigo ha apostado a que no podrás conseguir que te den dinero a cambio de chuparles sus pollas.”
“Qué? No puedo hacer eso.”
“¿Qué he dicho yo? Nada de preguntas, nada de dudas. ¿Eres mi sumisa o no?”
“Sí, pero…”
“Dije sin peros.”
Ella se queda en silencio. “Tú les ofreces salir fuera con ellos a un callejón oscuro, juntos o uno tras otro. Trata de sacarle 10 euros a cada uno. No lo hagas por nada. Sedúcelos. Diles que no lo olvidarán. Diles que eres buena. Lo cual eres,” él dice.
Ella no dice nada. Él observa que ella está pensando sobre si puede hacer esto.
Te estaré esperando aquí. La demostración de que lo has hecho, será que vuelvas con algo de dinero.”
“¿Qué pasa si ellos no quieren pagar?” ella dice.
“Haz lo suficiente para que quieran pagarte. Sabes cómo. No me decepciones.”
Ella duda durante un buen rato. Luego, ella respira profundamente y consigue que se ponga de pie. “¿Usted está seguro de que quiere esto?” ella pregunta.
“Sí,” él dice. “Lo quiero. Excepto una cosa. No te lo tragues. Escúpelo. Ahora ve y sé una buena chica para mí.”