jueves, 19 de septiembre de 2013

De rodillas




He conocido a unas cuantas mujeres educadas en  colegios religiosos. Existe una especie de cliché de que las mujeres educadas en tales instituciones o internados religiosos, son mucho más pícaras que las demás, como si quisieran recuperar el tiempo perdido en su época de internado. Sin embargo, lo que más me interesa es, si existe una conexión entre el adoctrinamiento católico temprano y ser sumisa. Mi experiencia se encuentra en una correlación bastante sorprendente y, a menudo, me he preguntado por qué esto debería ser así.

Por lo tanto, aunque  tengo algunos sentimientos religiosos, no soy capaz de enfatizar con las mujeres católicas con respecto a cómo ellas sienten la religión. Es un misterio para mí. Pero, creo que tengo una idea de lo que las hacen sumisas y hay algunas similitudes notables. Lo que más me llama la atención, es la semejanza de los rituales de la dominación y sumisión con respecto a todo el síndrome católico en relación al pecado, la culpabilidad, la confesión, el castigo y la expiación. Una mujer sumisa que actúa mal (¿y quién, tarde o temprano, no actúa así?) se siente mal. Ella siente que ha defraudado tanto a la persona que quiere o respeta como a sí misma. ¿Cómo pueden ser mitigados esos sentimientos de culpabilidad? Principalmente, ella sentirá la necesidad de confesar. Tal vez, no pueda salir de su tormento sin ayuda. Pero, su dominante, si es hábil, poco a poco, sabrá todo lo sucedido. De rodillas, entre lágrimas, ella admitirá las cosas que ha hecho mal. Esto, por sí mismo, no levanta la carga de culpa, pero es un primer paso necesario.

A continuación, ella espera el castigo. El Dominante no puede permitir su transgresión sin corregirla. Pacientemente, le explicará por qué lo que ella ha hecho está mal y la llevará al punto donde ella, libremente, admitirá su culpabilidad y lo soluciona de buenas maneras para corregir el error. Y, para impresionarla con la gravedad de lo que ha hecho, la lleva a su casa y la hace comprender que ella tiene que pagar por sus malos actos. Él la prescribirá un castigo, uno que le producirá más tristeza que enojo. Por lo tanto, ella puede expiar su error y sentir que ha sido perdonada. Todo vuelve a estar bien, la pizarra ha sido limpiada.

¿No es esto exactamente lo que el ritual católico de la confesión hace? El sacerdote es el dominante que guía al alma errante a través del proceso de la confesión y la expiación. Las personas religiosas tienen esto en común con las personas sumisas, que pasan mucho tiempo de rodillas, humillándose a sí mismas, adorando a alguien que es superior, al cual, han prometido obediencia. El sacerdote es el representante terrenal del gran Dominante en el cielo. Tal vez, los sacerdotes católicos ya no sean las personas autoritarias que acostumbraban a ser (para los cuales, no tienen a nadie a quien culpar como no sea a sí mismos), pero, para las mujeres jóvenes, educadas en la fé católica, el sacerdote, sin duda, sigue conservando algo de su aura, una figura a la que se le debe respeto y deferencia. El catolicismo es una forma particularmente autoritaria de religión, haciendo hincapié en el papel central del sacerdote en el proceso de llegar a Dios. Es una religión fuertemente de arriba hacia abajo, no en el sentido de un sistema democrático. Y, por supuesto, una religión regida exclusivamente por los hombres. ¿Esto resuena en la mente de las sumisas?

Tal vez, se podría ir un poco más lejos. En lo profundo de la cosmovisión cristiana, lo esencial para su fé, es la mística del sufrimiento y el sacrificio. A menudo, los santos sufrieron severamente por su fé, algunas veces, de maneras que parecen extrañas, para ser eco de imágenes de sadismo y masoquismo más identificadas con el sexo que con la religión. Uno piensa en San Sebastián atravesado por las flechas, en Santa Catalina atada a una rueda, en las imágenes de Santa Teresa en un estado de éxtasis religioso e, incluso, en la propia crucifixión de Cristo (y la flagelación y perforación con las espinas que las precedieron). Incluso, en nuestros días, hay penitentes que se auto flagelan en público en momentos religiosos puntuales o que usan cilicios en privado, de la misma manera que una mujer pudiera estar obligada a usar algo que constantemente le recuerda su sumisión…

La cuestión de si las mujeres sumisas son necesariamente masoquistas, creo que es un asunto complejo y me gustaría retornar a (he tenido conversaciones interesantes últimamente sobre esto con una mujer que no acaba de compartir mi postura. Todos los dominantes tienen que afrontar ocasionalmente esta situación, en las cuales, ella no acepta el límite de que usted tiene razón. ¡Ah, bueno, dicen que es un reto importante para usted!) Pero y, ¿si una mujer tiene tendencias masoquistas en un sentido preciso o no, si ella ha sido educada en un ambiente católico y no está impregnada en la creencia de que el sufrimiento es bueno para el alma? No es sólo el conocimiento de que la confesión y el castigo son necesarios para el perdón. Es la sensación de que la resistencia al dolor físico, en el contexto adecuado, es una verdadera prueba de obediencia y sumisión a la voluntad de otro.


1 comentario:

  1. Interesante punto, no lo había visto desde esa perspectiva... Saludos ^.^

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