jueves, 20 de enero de 2011

Sobre los azotes


Si bien creo, el dominante tiene que disfrutar de los azotes (de lo contrario, ¿qué sentido tendría?), doy por hecho y no creo que aquél tenga que disfrutar de los azotes para ser un dominante. Estoy seguro que hay dominantes que prefieren mejor otras clases de juego: por ejemplo, la negación del orgasmo, el pinzamiento de los pezones, la humillación pública, el entrenamiento de la sumisa como si fuera una mascota, etc. Cada una de esas actividades divierte y, en un momento u otro, me he comprometido  en algunas de ellas. Pero, para mí, el spanking es, por defecto, un clásico en la D/s. Algunas veces, pienso que disfruto de los azotes tanto como disfruto penetrando a una mujer. Afortunadamente, nadie me ha preguntado que elija una de las dos cosas.
¿Qué tienen los azotes que me atraen tanto? Puede ser que haya alguna razón psicológica del por qué me gustan, pero no he tenido la virtud de indagar lo suficiente en mi carácter para descubrirlo. Sin embargo, puedo pensar en varias razones objetivas. En primer lugar, tiene una gran atracción estética. No existe ninguna duda en mi mente de que el trasero de una mujer es una cosa bella (y “un disfrute eterno,” como dijo el poeta).
Raramente he visto un trasero tan cerca que no me llegara a gustar y que nunca sintiera más urgencia por azotarlo que acariciarlo, besarlo, lamerlo y, sí, también penetrarlo. Hay algo maravilloso sobre la manera cómo se mueve cuando camina (o se retuerce en la cama), y hay algo profundamente placentero en sus redondeces, la simetría de sus nalgas, la suavidad y, a su vez, la coloración de la hembra por detrás, la manera en que cambia su intachable blancura (solamente he azotado a mujeres blancas) hacia un tono profundamente más rosáceo y luego, si prosigues azotándolo suficientemente, torna al rojo e incluso al púrpura (y otros colores cuando se transforman en moratones).
Otro atractivo de los azotes es que, casi inevitablemente, el acto en sí lleva una cierta carga de humillación para quien lo recibe. Ya sea que repose sobre las rodillas, inclinada sobre una mesa o arrodillada en la cama, la mujer está en una desventaja psicológica.  No puede ser cualquier cosa, sino solo una posición subordinada si está a punto de ser azotada. No  es bueno que resulte dignificada. Reducir a una mujer a tal estado, me produce una grandísima satisfacción.
Lo que también me gusta es que con el spanking, uno recibe una respuesta detallada. Si atas a una mujer o le pones unas pinzas en los pezones, por supuesto, probablemente  se recibirá un montón de reacciones, pero no son tan sistemáticas. Cuando es azotada, se recibe una respuesta por cada una y por todas las palmadas. Necesariamente, esto no significa que ella jadee, gima o grite cada vez que la reciba. Pero, sobre todo, ella lo quiere e, incluso, su prolongado silencio es expresivo. (Algunas veces, la mujer absorbe la experiencia paso a paso. Sin embargo, eventualmente, usted oirá una respuesta, si lo está haciendo bien).
Una de las mejores cosas de los azotes es que estimula toda la zona adecuadamente. Es verdad que, en algunas mujeres, sus pezones parecen estar conectados directamente con su sexo. Al pellizcarlos, pinzarlos o morderlos, todas se humedecen instantáneamente. El spanking es algo muy sutil por sus efectos sobre la zona erógena primaria. Lo que hace, si lo haces correctamente, es conseguir que ella se calienten y este calor se extienda entre sus piernas y pronto consigan, por así decirlo, la tumescencia y la lubricación. A cualquier dominante auténtico, le encanta esto, la sensación de excitación que le está provocando el hacer algo que realmente él quiere hacer.
Otra cosa es, que los azotes se prestan por sí mismo a escenarios muy diferentes. Si le gusta el juego del rol o representar escenas de fantasías, los azotes se adaptan de forma natural, tanto si se trata de una colegiala traviesa que no ha hecho sus deberes, de una sirvienta insolente o sumisa (¿verdad, Maite?), o de una chica amable cogida “jugando” con ella misma, del castigo por la noche de las chicas del reformatorio..., bueno, podría seguir y seguir, porque creo que usted sabe de lo que estoy hablando. En cada uno y en todos estos pequeños escenarios y unas decenas más de los que podría pensar, los azotes son una parte esencial del ritual.
También existen una gran variedad de implementos que se pueden usar para aplicar  los azotes, solo me refiero a cualquiera que golpee sobre el trasero. (Personalmente, solo me gusta azotar en el culo y, algunas veces, entre las piernas. No me gusta hacerlo en la parte delantera, especialmente, en los pechos. Además, estoy convencido de que puede ser peligroso.) Así pues, existen látigos de varias clases (de una y varias colas, martinetes y así sucesivamente). Además hay floggers, correas, fustas y paletas y, por supuesto, la cane. ¡Ah, la cane! Creo que este implemento se merece un blog aparte.
La clase de spanking sobre el que he estado hablando, es cuando el dominante solamente quiere hacer que ella grite, solo para su placer. No estoy hablando sobre (como opuesto a pretender) azotes de castigo reales. Este es, tal vez, un tema para otro día. Los azotes que tengo en mente, por ahora,  son en el tipo de escenario que pudiera ser precedido por alguna de estas frases que siempre ponen mis deseos disparados, de la misma manera que mi predestinada víctima siente sus deseos disparados. Estoy pensando en unas breves órdenes, como: “Levántate la falda” o “bájate las bragas” o simplemente, “inclínate.” Qué deliciosa sensación de anticipación me produce, no hay nada como esto.

3 comentarios:

  1. Tu lenguaje sensible...delicioso, gracias.

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  2. Tratándose de tu trasero, que no conozco, no podía describirlo de otra manera...es la magia de las palabras...

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  3. Un trasero y la cane parecen ser la combinación perfecta para Ben Alí, ¿cierto?

    Cindy

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