viernes, 30 de octubre de 2015

De nuevo, sin dolor

(He aquí otro escenario que escribí para esa mujer como un ejemplo de ejercer el control sin dolor).
¿Crees que ella es bonita?” le pregunta.
“Sí, mucho,” dice el otro hombre.
“¿Te gustaría ver más de ella?”
“Me gustaría,” le responde.
“De acuerdo,” le dice a la chica, “quítate las bragas, súbete la falda y échate de espalda sobre la mesita de café.”
Ella se le queda mirando. No puede creer lo que está oyendo.
“Estoy esperando,” dice con esa voz severa que él suele usar cuando está enfadado. A ella, no le gusta esa voz. No es que ella tenga miedo, más bien, que odia incurrir en su desaprobación. Así pues, ella se encoge de hombros, como diciendo: “De acuerdo, usted es el jefe. Si usted está seguro de lo que quiere.”
Ella mete sus manos por debajo de su falda, tira de sus bragas hasta los tobillos y las saca. Tratando de no mirar al otro hombre, ella se recuesta de espalda sobre la mesita baja de café y levanta su falda. Ambos hombres se quedan mirando su entrepierna, recién afeitada esa misma mañana.
“¿Qué piensas?” él pregunta.
“Hermosa,” dice el otro hombre.
“Ella tiene un buen coño,” dice. “Bien desarrollado. No es solo una rajita estrecha como las chicas, como tienen las niñas.”
Él se inclina hacia abajo y aprieta los labios de su coño, tirando de ellos. Ella se sonroja de un color rojo brillante. Ambos hombres se inclinan sobre ella, mirando fijamente, mientras él tira de sus labios de un lado a otro, mostrando al hombre el interior de su vagina.
“Introduce tu dedo,” le dice al hombre, “y díme cuán mojado está.”
El hombre inserta su dedo hasta el fondo, y luego lo gira en su interior. Ella sabe que está goteando de humedad. Se siente avergonzada por esto y de estar tan expuesta a un extraño, pero su cuerpo traiciona a otra sensación, además de la vergüenza.
“¿Siempre estás así de húmeda?” el hombre pregunta.
“Me temo que sí,” él replica. “Un poco puta.”
“¿La ha castigado alguna vez por estar tan cachonda?” El hombre pregunta.
“A veces, tengo que hacerlo,” él dice. “De lo contrario, se descontrolaría.”
“¿Puedo preguntarte una cosa?” El hombre dice.
“Claro que sí.”
“¿Podemos mirarle ahora su culo?”
Instintivamente, ella aprieta fuertemente sus nalgas. “No, por favor, cualquier cosa menos eso. ¿Por favor?” Pero, ella no se atreve a hablar. Sabe bien que no debe negarse.
“Gírate,” él la dice. “Ponte a cuatro patas y arquea tu espalda para que podamos examinar tu lindo culito. Separa tus nalgas. Voy a dejar que el dedo de este caballero se introduzca ahí, para que pueda ver que tienes un conjunto perfecto. Y luego, uno de nosotros dos te va a utilizar.”
Ella se sonroja más que nunca. Puede sentir los ojos de los hombres hurgándola, introduciéndose en sus sitios más secretos. “Por favor, por favor, pase lo que pase, no vaya a permitir que este hombre me penetre por el culo”, ella rezaba.



1 comentario:

  1. ¡¡No es justo!! A veces tiene que darnos un poco más de la historia, de ese paisaje que nos describe.

    Mi imaginación se vuelve loca, no tiene donde aterrizar, muchos finales alternativos.

    Aunque comprendo cual es el objetivo.

    Cindy

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