sábado, 1 de abril de 2017

No le debes nada al mundo

Recientemente, tuve una conversación bastante amena con un amigo. El tema era la relación de caja/ingreso de un individuo con el mundo. Como ambos éramos pragmáticos, ambos estuvimos de acuerdo en que el mundo, en su perplejo y, a veces, brillante e inconsciente colectivo, no nos debe nada. Nacimos para una cierta cantidad de bienes raíces, en lo que respecta al mundo. Como es estar en tu hotel favorito, registrarnos, disfrutar de nuestra estancia y la salida.

Y por mundo, estoy hablando de la Madre Tierra. La Señora Tierra tiene sus propios problemas y ella no tiene tiempo para cambiarlos. Hace mucho tiempo, ella nos proporcionó las herramientas para ser fecundos y multiplicarnos. Somos un engranaje en el mecanismo mayor. Cuando nos gastemos, habrá otro engranaje para reemplazarnos. Eso es lo bello de la existencia. Hemos nacido en un universo lleno y alimentado por el fuego de las estrellas furiosas. Cuando morimos, nos unimos a la paleta cósmica.

El mundo, en el cual participamos, es un constructor: la sociedad, las ciudades, los países, las sutilezas, las formalidades, los estándares, las leyes… éstas son fabricaciones, para bien o para mal, creadas por nosotros. Un viaje en el próximo vuelo de Space X y verás que nada de esta mierda existe cuando se ve desde la órbita. Sin embargo, el observador no puede negar los beneficios de lo que hemos creado colectivamente. La sociedad civil nos dio a Sócrates y su discurso, matemáticas, física, mapas para guiarnos e historias para fundamentarnos.

Sin embargo, la verdad es que la sociedad no siempre es tan civil. Y usted no debe a la sociedad – al mundo en general – ni una maldita cosa.

Kant escribió una vez sobre el imperativo moral, que evolucionó a través de otros filósofos para convertirse en la filosofía de la derecha, o pensamientos y acciones nacidas de una  conciencia buena. Eso es algo que puedo respaldar, estos pocos modos obligatorios por los que vivir: Ser una persona buena, tratar a los demás con respeto, no hacer daño, trabajar por el mayor beneficio de todos.

Cuando se trata de los intentos de la sociedad por cuantificar y dar forma al indivíduo a nivel personal, es cuando las apuestas están cerradas. Cualquier persona, sin importar el credo o el color, el estilo de vida o el hábito, puede operar y prosperar dentro de  los imperativos mencionados. La apariencia de una persona no predice su conducta. El estilo de una persona no determina su moralidad. Dentro de nuestra pequeña parcela nos dan el regalo de la elección.

Nosotros decidimos lo que es cómodo, lo que es mejor para nosotros. 
Determinamos lo que está al alcance de nuestra realidad. 
Conformamos nuestros principios, tomamos nuestras decisiones. 
Somos los guardianes de nuestras emociones. 
No le debemos nada al mundo.

 Cada uno de nosotros, a través de nuestras relaciones y decisiones, creamos una micro sociedad propia. Las personas que incluimos se convierten en ciudadanos. Nuestras ideas y creaciones conforman la infraestructura. Formamos costumbres a través de la actividad y la rutina. La gente existe en nuestras vidas, porque las permitimos en nuestros bienes raíces, tal como nosotros existimos en las suyas. Y dependiendo de su comportamiento, de acuerdo con sus leyes, – las principales que has conformado – puedes quitar sus razones con la misma facilidad que las permitiste. Porque no hay razón para tolerarlo. Es tu felicidad. Que las follen.

Superficialmente, esto puede parecer cruel, pero la miseria y el malestar no es el peaje que usted paga para vivir una buena vida. No le debemos ni una peseta a cada persona que no esté de acuerdo con las elecciones hechas de una manera madura y sensata. Ya sea que estén relacionados por la sangre o con el tiempo, estas personas sólo tienen un imperativo: apoyarles y alentarlas en sus esfuerzos. Cuando desafían tu autonomía, ya sea através del odio o la crítica, su tiempo en su tierra ha expirado. La vida es demasiado corta para nadar contra la marea que han creado.

Da la espalda, nada y sigue adelante. La marea es tuya para obedecer. Sus palabras carecen de sentido, han nacido de algún mal funcionamiento cerebral que impide la empatía y la apertura mental. Estas personas y sus palabras no te dan forma.

La misma lección es aplicada a la sociedad en general. Los juicios y las críticas son la gran y terrible flatulencia del mundo. Es bastante cómico pensar que una sociedad mayor, con todas sus malas decisiones, echaría abajo las reglas por las cuales ellos esperan que usted se conforme. La sociedad sólo explica su perpetuación, no su felicidad. Se puede decir que no debes soportar la miseria que ofrecen.

No le debes nada. Porque, todo se reduce a la aceptación. Ésta, también es una construcción. No es una droga peligrosa que te enviará al alza y, en un minuto de aviso, te dejará caer a la tierra sin una red de seguridad.
  
La pregunta más importante que me he hecho ha sido: “¿De verdad, necesito la aceptación?” cuando finalmente me di cuenta de que mi felicidad no dependía de los deseos de los demás, tuve mi respuesta.

La aceptación sólo se convierte en un imperativo, cuando usted se acepta. Nunca permita que le cuestionen. Ignore sus juicios. Usted es su propia inmobiliaria.

Ámate a ti mismo y si el mundo no te sigue, que le dén por el culo.



 

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