sábado, 6 de mayo de 2017

Azotada por las manos de un cirujano

Dos segundos, eso es todo. Ella tardó dos segundos en darle al cirujano su esterilizado bisturí, cuando él se lo pidió. Pero, en la sala de operaciones, donde la vida y la muerte cuelga sobre cada decisión, cada segundo, cada incisión, simplemente, no hay espacio para un error. Ella se encuentra ahora en el despacho de él siendo reprendida.

Él no sabe su nombre, incluso, después de haber estado trabajando con ella durante 192 días. A él, no le importa, es un perfeccionista y hoy, ella ha sido menos que perfecta, y su falta de concentración sería tratada en consecuencia.

“¿Qué coño te pasa? ¿Crees que es aceptable perder la concentración cuando la vida de alguien está sobre la mesa? Tienes una labor sencilla, asistirme y hacer lo que te dicen cuando te lo ordenan. Eso no significa que te pierdas en tus pensamientos sobre lo que vas a hacer este fin de semana o si tu novio va a follarte esta noche.” Él no la estaba gritando, pero su voz era alta y su tono demostraba su enojo y disgusto. Cuando se trataba de reprender a sus técnicos, no le importaba nada en ser políticamente correcto. Sabía que era intocable. Estaba clasificado entre los cinco primeros cirujanos más importantes del país y nadie iba a reprenderle por su comportamiento. Además, se metía en esto y no iba a cambiar su manera de ser para nadie.

Lagrimeando ligeramente y con una sensación extraña de estar excitada al mismo tiempo, ella le respondió con humildad.

“Lo siento, señor, me equivoqué en mi trabajo, no hay excusa y aceptaré cualquier sanción que usted considere adecuada.”

Tan pronto como ella pronunció la palabra sanción, él pudo sentir la subida de la sangre a su falo. Pudo percibir la naturaleza sumisa de ella emerger y le estaba haciendo perder la concentración, y poniéndose un poco nervioso.

Habían pasado dieciocho meses desde que la relación con su última sumisa terminó y, debido a su naturaleza de alto perfil y querer proteger a sus hijos y a su ex esposa de saber que le gustaba azotar a las mujeres, las kedadas y las reuniones y las fiestas de sesiones estaban fuera de la cuestión. Pero ahora, tenía una sumisa bella y subordinada en su despacho, dispuesta a aceptar cualquier castigo. Era un tiburón que olfateaba la sangre y lo iba a festejar muy pronto con ella.

Él se sentó. Le dijo que se sentara y, luego, se tomó cuatro minutos para anotar las cosas que quería hacerle.

En lo que solamente se puede describir como un movimiento altamente inadecuado y extremadamente poco profesional, le entregó la nota y le preguntó si ella se sentía cómoda con que le hicieran esas cosas. Su vagina se encogió al leerlo y se humedeció instantáneamente al pensar en este hombre llevando a cabo esos castigos en ella.

Ella tragó saliva y con una voz apenas audible, ella habló: “Sí, señor… aceptaré el castigo tal como usted ha descrito.”

Él cogió el papel y lo puso en su bolsillo doblándolo, y luego, le entregó otro con su dirección.

“Debes estar en mi casa a las 8,15 de esta noche. Ahora, vete de mi despacho.”

Ella dejó su despacho y una vez que cerró la puerta, tuvo que apoyarse contra la pared con la mano en su pecho. Éste latía como un tren a toda velocidad. Nunca se había sentido tan excitada como ahora. No comprendía de por qué la idea del médico de azotarla la excitaba tanto, en vez de reprenderla como sabe que debería. Todo lo que ella sabe, es que nunca ha deseado tanto una experiencia como ésta.

Ella se detuvo ante su casa alto standing, y se dirigió hacia puerta. Había llegado tres minutos antes. A través del interfono, le dijo que la puerta se desbloquearía y que entrara. Subió a la casa, aparcó y siguió por la puerta principal. Era una cosa muy hermosa, con un diseño ultra moderno. Una vez traspasada la puerta, oyó su voz indicándole que se detuviera. Lo hizo. La dijo que mirase a su izquierda. Allí había un antifaz negro sobre un estante pequeño. Le ordenó que se desnudara, y que se pusiera la venda. Ella hizo lo que le dijo.

Desnuda, vulnerable, con los ojos vendados y asustada. Éste era el momento más excitante que ella jamás había conocido y no tenía ni idea de lo que ocurrirá, pero sabe que no quiere estar en ningún otro lugar.

Mientras está temblando ligeramente, se acerca a ella, y dice: “Supongo que tu estúpido coño quiere ser castigado por no prestar atención, ¿no?”

Ella asiente con la cabeza.  Agarra un puñado de su larga y deliciosa cabellera y la conduce hacia la mesa grande de cenar, donde coge una cuerda de yute y ata sus pies separados con muchas ataduras a las patas de la mesa. A continuación, hace una doble columna atando su muñeca, y la inclina sobre la mesa, donde su estómago es presionado sobre la misma. Coge la cuerda y la anuda apretada en la otra pata de la mesa. Su culo está expuesto, sus piernas, atadas, sus brazos están extendidos delante de ella, atados juntos, sin ningún tipo de holgura para que no pudiera moverlos. Ella está atada con firmeza en ese sitio para ser azotada.

Él se inclina sobre ella, y como sádico tonto del culo que es, dice: “Ahora, perra, vas a aprender a reaccionar con rapidez cuando te diga que hagas algo. Te diga el bisturí para que esté en mi mano. Te diga que chupes mi pene, para que esté en tu boca. No pienses. Simplemente, hazlo.”

Antes de que ella tuviera una oportunidad para reaccionar a sus palabras, un cachete es entregado en su delicioso trasero. Ella gimotea. Es la primera vez que la azotan como adulta y su humedad nunca ha sido tan pronunciada. Como genio de la anatomía que es, trabaja su culo con golpes duros y viciosos de sus manos. Las mismas manos firmes que han salvado a muchas vidas, están ahora operando su trasero suave, como un cirujano y maestro verdadero, profundizando en sus pensamientos. Donde toda ella puede centrarse, es en los próximos golpes. Ella gime, ruega y grita, después de que su carne se sienta dolorida con sus azotes precisos y despiadados. Y sin precio para ella. Entonces, llora, fuerte, empapando la venda que cubre sus ojos y más tarde, pequeños regueros de sus lágrimas que residen en la mesa, por debajo de su cara.

A continuación, él desabrocha sus pantalones y saca la verga gruesa, dura y pulsante. La humedad de ella  necesita ser golpeada y quiere ser follada duramente por este bastardo que ni siquiera sabe su nombre, a pesar de que él es su desagradable jefe.

Le dice que lama sus lágrimas de la mesa, para que ella pueda saborear el gusto de su debilidad. Luego, la folla brutalmente, y sin ningún cuidado por ella, pura puta carnal que termina con él, disparando su carga sobre la parte baja de su espalda.

Él no la desata de inmediato. En su lugar, va y coge una cerveza y se sienta en la mesa. Se la bebe y se ríe de ella, mientras está tratando de recuperar sus pensamientos y al compositor. Ella está todavía llorando y respirando pesadamente. A pesar de las lágrimas, el dolor y el sufrimiento que acaba de soportar, ella se siente en sitio que siempre ha deseado estar,  por el momento, y se alegra de no haberla desatado. No sabe por qué ha estado y está disfrutando esto, pero ella es consciente que ser usada, degradada y castigada es perfecto ahora mismo. Ella se permite tener su mente en blanco y, a su vez, haber sentido el momento. Su trasero está ardiendo, amoratado y su estómago dolorido, todavía presionado contra la mesa. La cuerda mordiendo su piel y su coño palpitante le dan una profunda sensación de estar más viva que nunca, de tal manera que, después de esto, ella no será nunca la misma.

El termina su cerveza y la desata. Le ordena que se vista y que salga de su casa. Antes de que se vaya, le dice que debe venir dos noches a partir de ahora y a la misma hora.

Ella le pregunta por qué quiere volver a castigarla, si no ha cometido ningún otro error.

Él dice: “No es para castigarte por los errores que has cometido, es para entrenar a tu jodido trasero y para hacerlo en el futuro. La vida de las personas está en juego por tu estúpido coño. Voy a continuar azotándote, puesto que sus vidas dependen de ello.”

Todo lo que ella pudo decir mientras llevaba una sonrisa a su rostro, fue: “Sí, señor.”

Ella salió de la casa sintiendo como que había encontrado algo que no sabía que lo estaba echando de menos en su vida.

Él pensó para sí, después de que ella se fuera: “Jolines, ni siquiera sé el nombre de la zorra.” Le hizo sonreír. Las perras se divierten fácilmente.

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