miércoles, 3 de mayo de 2017

Lo que ella debería haber dicho

“¿Eres feliz con que te castigue?” él preguntó.

“No,” ella se las arregló con las lágrimas y el moco.

“¿Eres feliz de que sigamos?” él preguntó.

“Sí,” ella dijo.

No es lo que ella quiso decir. No es lo que debería haber dicho. Rojo es lo que debería haber dicho. O cualquier otra frase que le hubiera permitido saber que ella quería parar la sesión. Pero no lo hizo. Y, por lo tanto, la sesión continuó, mientras ella intentaba arrastrarse hacia un espacio vacío en su cabeza.

La agarró por el pelo y le echó la cabeza hacia atrás. Y cuando su rostro supo de que algo estaba profundo y visceralmente equivocado, no estaba muy segura de lo que dijo, o ella debería haber dicho. Sólo que terminó recostada sobre su pecho en la cama sollozando y asintiendo con la cabeza arriba y abajo sobre su pecho, dando síes o noes como respuestas a sus preguntas, porque no podía hablar.

Habían hablado, justo una hora antes, sobre los límites y las palabras de seguridad. Acostada junto a la piscina en la calidez del día, habían tenido una sesión la noche anterior. Habían traspasado unos nuevos límites y ambos necesitaban reasegurarse de que no habían ido demasiado lejos. Ella le dijo que, si una sesión era excesivamente dura, tendría que usar su palabra de seguridad. Él la creyó. Ella se lo creyó.

Le preguntó si estaba decepcionado, dado que no habían tenido la sesión tal como la habían hablado y planeado libremente por correo electrónico. Él explicó con detalles y en términos inequívocos de que no estaba decepcionado. Ella no podía decepcionarle. Lo importante no era marcar la caja al lado de un conjunto de actividades. Ella era la protagonista y era lo que importaba.

Y una hora más tarde, después de una intensa sesión de castigo, ella perdió el contacto con todo eso.

En retrospectiva, deberían haber negociado la sesión con más detalles. En retrospectiva, ambos cometieron errores que podrían haber sido evitados. En retrospectiva, ambos deberían haber hecho un montón de cosas. La retrospección es siempre más perspicaz.  Todo lo sabe. Mejor. Mandón. A veces, ella odia la perspectiva.

Antes habían tenido una sesión muy dura. Previamente, él la había roto. Y él volvió a unir todas sus piezas. Era el recuerdo favorito de ella. Pero, aquella primera vez fueron nuevos el uno para el otro y habían negociado con claridad y amplitud. Estuvieron centrados en explorarse el uno al otro. Tuvieron aquella sesión sin el peso de las expectativas.

Ella no se había dado cuenta, en los meses intermedios, mientras se escribían por email y hablaban por teléfono, que el desarrollo de una conexión emocional con él, le daría miedo a decepcionarlo. Y que ese temor a decepcionarle, tendría un túnel de regreso a un largo y arraigado patrón infantil, de acuerdo con la autoridad, porque se esperaba. Criada en una familia católica intensamente gobernada, creció dentro de las sombras proyectadas por el miedo. Ella hacía lo que se esperaba. No importaba si era significativo e importante. Lo interesante era lo que se esperaba. Y, aunque no era cierto, ella creció temerosa de que ser amada significaba que era cumplir con las expectativas.

Ninguno de los dos se había dado cuenta de que la conexión a larga distancia les daría una falsa sensación de seguridad sobre su capacidad de leer las necesidades del otro en los encuentros. Las sesiones online para llevar el límite más allá, echándose de menos el uno al otro, la mantenían con los pies en la tierra. Pero, la realidad virtual es difícil. Le cautivaba la sensación de que intuitivamente ella sabía lo que quería, lo que necesitaba y lo que sentía. Cuando, en realidad, era ella quien sentía esas cosas, no él.

En muchos aspectos, ella era irreconocible de la niña insegura, sin una voz que utiliza las reglas para navegar por las expectativas. Era una profesional de alto nivel y asertiva. Regañaba a la gente por vivir. Utilizaba palabras gruesas. Mucho. Se pasó muchos años entrenando para karateka, aprendiendo a estar en su cuerpo, aprendiendo cómo asaltar a otros sobre la colchoneta.

Si ella sabía cómo responder en un combate de kárate, pensaba que sabía responder al golpe de un azote fuerte. En los años que practicaba el kárate, los asaltos que ganó y perdió, le dieron una idea de cómo controlar la intensidad física. Al principio, se sentía insegura. Había muchos momentos, en los viejos tiempos, en los cuales, se perturbaba emocional y físicamente. Pero, aprendió y creció. Pensaba que se conocía a sí misma. Hasta que dejó de hacerlo.

Cuando dijo que podría usar su palabra de seguridad, no se había imaginado una situación en la que sintiera que no podría hablar.

Más tarde, cuando encontró sus palabras, hablaron mucho. Decidieron retornar a la negociación activa. Decidieron usar activamente el Sistema del Semáforo. La historia familiar de ella significa que puede pasar momentos difíciles para encontrar y usar la palabra “no.” Para ella, es algo sobre lo que tiene que trabajar, pero mientras tanto (una opción por el sí, en lugar, de por el no), basado en eufemismos del color, es una opción mejor. decir “rojo” o “amarillo” es menos complicado emocionalmente que decir “no.”

Como resultado, todavía está luchando con lo que ella debería haber dicho. Es consciente que ninguno de los dos es perfecto y ambos son un trabajo en progreso. Sin embargo, ella siente que perdió una parte de sí misma. O esa parte de ella tenía grietas y fisuras que no sabía que existían. Actualmente, está luchando porque, a veces, se siente como una mujer joven que necesita tener todo bien para que alguien la ame.

1 comentario:

  1. Todo bien siempre... el miedo es peor que el color rojo

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